Pobrezas religiosas de Donald Trump a la sombra del ‘Acuerdo de Paz’

ACN

Mientras el mundo celebra la firma de un acuerdo histórico entre Israel y Hamás, las declaraciones del presidente estadounidense sobre su salvación eterna revelan una agitación espiritual persistente y revelan la confusión de un hombre dividido entre el éxito político y la búsqueda metafísica.

Mientras el mundo celebra el acuerdo de paz firmado entre Israel y Hamás, fruto de intensas negociaciones lideradas por la administración Trump, el presidente estadounidense nos ha vuelto a sorprender con desconcertantes declaraciones sobre su propio destino eterno.

Entrevistado a bordo del Air Force One, Donald Trump confesó que no creía que «hay nada que me lleve al cielo». 

La declaración, pronunciada con el tono ambiguo de un hombre que oscila entre el humor y la sinceridad, desató de inmediato numerosos comentarios en círculos religiosos y políticos. Ilustra una tensión recurrente en el presidente:

  • su deseo de presentarse como defensor de la fe cristiana,
  • al tiempo que expresa una concepción profundamente secularizada de la salvación.

Donald Trump se declara cristiano y afirma su apego a la Biblia. Ha hecho reiteradamente de la defensa de la libertad religiosa un pilar de su acción política.

Sin embargo, tras las declaraciones simbólicas, sus recientes comentarios revelan una comprensión frágil de los fundamentos de la fe cristiana.

Tan recientemente como en agosto pasado, vinculó su eventual salvación a su capacidad de «salvar 7.000 vidas a la semana» mediante acuerdos diplomáticos.

La idea de que las obras políticas
pueden garantizar la entrada al cielo
delata un enfoque más humanista que teológico,
un razonamiento típicamente moralista
muy alejado de la concepción cristiana
de la salvación basada en la gracia de Jesucristo
y la conversión interior.

Para muchos observadores católicos,
estas palabras subrayan
la deriva de un cierto cristianismo americano,
donde el éxito y la eficiencia
se convierten en signos de bendición divina,
en detrimento de la fe viva y de los sacramentos.

Geopolíticamente, el acuerdo de paz firmado este fin de semana marca un punto de inflexión crucial. Pone fin a una guerra fratricida entre Israel y Hamás que ha costado miles de vidas. Los ministros de Asuntos Exteriores lo celebran como un avance diplomático, pero Donald Trump parece verlo como algo más, un intento de equilibrar la balanza de su propio juicio. 

«He mejorado mucho la vida de mucha gente», dijo a bordo del Air Force One, como para justificar sus logros terrenales ante el cielo. Esta frase, cargada de una mezcla de orgullo y angustia, suena casi como una confesión pública, la de un hombre consciente del peso moral de su poder, pero aún lejos de la verdadera conversión.

Recordemos que la salvación
no se alcanza con éxitos humanos,
ni siquiera diplomáticos,
sino que se recibe
con humildad y arrepentimiento.
Los cristianos no se salvan
por sus acuerdos de paz,
sino por la paz de Cristo
recibida en la fe.

Donald Trump sigue siendo un hombre con un perfil paradójico, un constructor audaz, un estratega político extraordinario, pero a menudo en desacuerdo con la coherencia espiritual que exige la fe cristiana.

Sus iniciativas internacionales, a veces motivadas por un sincero deseo de bien, también parecen estar impulsadas por una búsqueda personal del sentido último de su vida y su responsabilidad moral.

El acuerdo de paz que acaba de firmar bien podría pasar a la historia como un éxito diplomático, pero para Trump, el desafío reside en otra cosa: aprender que la verdadera paz, la que abre las puertas del cielo, no se negocia entre hombres, se recibe de Dios.

Por FABIEN FERTAL.

MARTES 14 DE OCTUBRE DE 2025.

TCH.

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