Hoy escuchamos en el Evangelio la segunda parábola que enmarca el rechazo del pueblo a Jesús. Jesús sigue en el atrio del templo, sus interlocutores son los dirigentes religiosos del pueblo judío (sumos sacerdotes y ancianos del pueblo). Les narra una parábola situada en el ambiente del campo; al hablarles de un propietario, se refiere a Dios, quien prepara su viña, es decir el pueblo elegido por Él, y la renta a unos trabajadores, o sea a los dirigentes religiosos, ya que él saldría de viaje.
La narración cuenta todo lo que hace el propietario para con su viña: “la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre para el vigilante”. Muestra todos los cuidados que Dios ha tenido. Los arrendatarios no cumplen con lo acordado, se niegan a entregar la cosecha. Aquellos desalmados son capaces de dar muerte a los que van a recoger la parte que les correspondía; el dueño no desiste, quiere lo acordado y manda más emisarios, que corren con la misma suerte. Jesús no da un juicio, invita para que sus oyentes tomen parte en el relato y saquen sus conclusiones, los cuestiona: “Díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo ¿qué hará con esos viñadores?”; quiere que ellos mismos den un juicio. Al responder, están dando su propia condenación; los viñadores han cometido un crimen detestable y se han hecho merecedores del peor castigo.
La parábola nos coloca en el punto más candente entre Jesús y los dirigentes religiosos. Muchos de ellos consideraban que la salvación de Israel era la única meta de la historia. Jesús cuestionó duramente esta manera de pensar, por superficial y excluyente. Para Él, el Reino de Dios está abierto a todos los seres humanos de buena voluntad, o sea, a todas las personas que tengan como valor primero de su vida el Amor y la Justicia. Así pues, nos queda claro que Israel ya no será más el lugar exclusivo de la salvación; la salvación se abre a todo el mundo, extranjeros y paganos; todo aquel que abre su corazón al mensaje de Jesús.
La respuesta es clara y la inconformidad es: Que no entregan los frutos a su tiempo y la actitud que tienen con los enviados del dueño de la viña, se apropian de la viña y de sus frutos; se creen dueños y no administradores. No podemos quedarnos en hacer una crítica a los dirigentes del pueblo judío y anclar la parábola en aquel tiempo. La parábola debe llevarnos también a reflexionar si en nuestro cristianismo se está trabajando en la viña, de qué manera se trabaja y si está dando frutos. Somos la nueva viña del Señor, pero la exigencia es la misma, producir frutos; somos arrendatarios y no dueños.
En nuestro mundo, marcado por el materialismo, centrado en adquirir bienes materiales, poco a poco le hemos ido dando la espalda a Dios. Seguimos sin escuchar las voces que nos conducen a humanizarnos; es esencial hacer un alto en la vida y reflexionar: ¿Qué estamos haciendo con la viña que Dios nos dejó? El Papa Francisco nos dejó una encíclica importante que nos habla del amor al prójimo: “Fratelli tutti”. ¿En verdad nos vemos como hermanos? El Papa va más allá todavía y nos invita al cuidado de la casa común, pensemos:
¿Nos importa la ecología?. Vemos cómo la ambición y la corrupción se dan la mano en la actitud de los viñadores homicidas. Todo ello es fuente de procesos deshumanizantes, que abren heridas en tantos rostros humanos: la pobreza, las injusticias, las marginaciones… Presencias del dolor y del sufrimiento, causados por los poderosos de turno. La persona humana no cuenta, se convierte en un objeto sin valor ante las ambiciones de otros. Los viñadores homicidas son la presencia de toda ambición y codicia: se quieren quedar con la viña, con aquello que no les pertenece. Y lo hacen de un modo cruel: maltrataron, apedrearon, mataron. Los viñadores olvidan las señas de su propia identidad, olvidan que son arrendatarios y no dueños de la viña. Ese es el drama más profundo de nuestra cultura actual: la criatura ambiciona el papel de creador, niega su identidad. Pablo VI lo afirmaba de esta manera tan rotunda: “La religión del Dios que se hace hombre, está siendo sustituida por la religión del hombre que se hace Dios”. Es la tentación de origen: “Seréis como dioses”. El progreso científico-técnico nos invita a creer que el hombre se basta por sí mismo y que no necesita a Dios; quizá se baste a sí mismo, pero para autodestruirse.
Hermanos, es tiempo de que analicemos nuestra vida cristiana y veamos si estamos dando frutos o es estéril; ya que, si no estamos dando fruto, debemos tener claro que Dios no tiene por qué, identificarse con un cristianismo marcado por las incoherencias, desviado del proyecto de Jesús; un cristianismo centrado en sí mismo, más que en la fidelidad a Dios. Es clara la situación de la parábola: en la viña de Dios no hay sitio para el que no aporta frutos. Cristo espera de nosotros fruto abundante, porque abundante ha sido su gracia por nosotros. Hoy es tiempo de dar frutos, no podemos esperar hasta el término de nuestra vida para ofrecer a Dios lo realizado. El sentido de pertenencia y de unión con Dios, por medio de Cristo, nos permitirá ser diligentes en las encomiendas recibidas y agradecidos por la misión confiada.
Como Agentes de Pastoral pensemos: ¿Nos sentimos dueños de una viña o una fe que se nos ha dado? Analicemos si existen quejas que expresen que nos comportamos como propietarios de la viña. No basta estar dentro de la viña, no basta trabajar en ella, es necesario dar frutos. Nunca olvidemos que la viña no es nuestra; no basta tener grandes templos, bonitas estructuras, normas, poseer la verdad. El quehacer es producir frutos del Reino: justicia, libertad, misericordia, fraternidad, perdón, paz, etc. ¿Qué frutos estamos dando? ¿Qué actitud tenemos para aquellas voces que nos gritan pidiendo resultados? Todos estamos para producir, y más los que estamos al servicio de una comunidad, dígase: consagrados, profesores, políticos, encargados de la seguridad del pueblo, etc. No debemos desanimarnos, en todos los tiempos y culturas, por muy complicadas que sean, debemos dar frutos, para eso somos trabajadores de la viña, sí trabajadores, no dueños.
Es dura la parábola para nosotros servidores que se nos ha confiado un ministerio y en nombre de Dios servimos a su Pueblo y es duro para los servidores públicos (Presidentes, Senadores, Diputados), a quienes el pueblo ha elegido para servir al bien común. Recordemos: No somos dueños de la viña, no podemos hacer lo que querramos con los bienes, sean espirituales o materiales, hemos de dar cuentas a Dios y al pueblo, a todos se nos pide servir con transparencia y honestidad. Esa mentalidad de querer apropiarnos de lo que no es nuestro subsiste, y por eso, todavía se sigue matando a quienes reclaman legítimamente los frutos que debemos dar. Qué importante que nunca olvidemos que somos servidores y debemos dar frutos; no basta estar en el servicio, el pueblo reclama con justicia frutos. No podemos quedarnos o hacer que no escuchamos y menos seguir esas narrativas de que todo está bien, cuando los hechos, la realidad muestran otra cosa.
Por eso, preguntémonos: ¿Somos ese pueblo nuevo que Jesús quiere, dedicado a producir los frutos del Reino o estamos decepcionando a Dios y a los demás? ¿Vivimos trabajando por un mundo más humano?
¿Cómo estamos respondiendo desde el proyecto de Dios a las víctimas de la crisis económica, a las víctimas de la violencia, a quienes viven en una crisis de falta de sentido en su vida?
Hermanos, los seguidores de Cristo y de su Evangelio estamos llamados a ser sacramento de la solicitud amorosa del Padre, convocados a proclamar la dignidad de las criaturas sin suplantar al Creador; receptores de una novedad que ilumina los senderos de la humanidad. La Iglesia debe ser profecía encarnada del proyecto de Dios, denunciando sin paliativos, como lo hace Jesús en la parábola, a los propagadores de muerte y de exclusión. Sin Dios, toda injusticia es posible. Con Dios, toda justicia es posible. Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

