En tiempos pasados, los Papas se tomaban muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacían pocas declaraciones públicas.
En nuestros tiempos, los Papas se toman muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacen innumerables declaraciones públicas.
Ambas posturas son comprensibles, al menos hasta un cierto límite. ¿De qué serviría un Papa que no nunca dijera nada excepto para proclamar solemnemente un dogma de fe una vez cada veinte años? Paradójicamente, un Papa también puede hablar demasiado, de modo que un gran volumen de declaraciones prudenciales, protocolarias o retóricas ahoguen el núcleo de doctrina que enseña.
Los límites que no se deben traspasar en ninguna de las dos direcciones son prudenciales, pero si hay algo que claramente traspasa esos límites es, a mi juicio, la cuenta papal de X (antes Twitter).
No hace falta acudir a la cuenta de X del Papa Francisco, en la que por desgracia se publicaron algunos mensajes lamentables y de muy dudosa ortodoxia, porque lo cierto es que el problema es del medio en sí. Las redes sociales en general y X en particular son muy populares y permiten llegar a muchas personas. En algunos casos, sin embargo, también tienen características que pueden hacer que resulten completamente inadecuadas como herramientas para la jerarquía de la Iglesia.
La red X exige, por su propia naturaleza, subir mensajes con frecuencia. De otro modo, el algoritmo termina por enterrar lo que se sube y no se lo muestra a casi nadie. La cuenta de X del Papa León, en efecto, pone cinco mensajes diarios y tiene una gran audiencia, casi dieciocho millones de seguidores.
Ahora bien, es evidente que, por sus innumerables ocupaciones al frente de la Iglesia universal, el Papa no tiene tiempo para redactar cinco mensajes diarios para colgarlos en X. Eso hace necesario que “sus” mensajes sean escritos por otras personas. ¿Quién o quiénes? No lo sabemos.
En principio nada hay de extraño en ello. Muchos personajes importantes mantienen cuentas escritas por sus subordinados (otros, como Trump, claramente escriben sus propios mensajes). El problema es que el Papa es alguien muy especial, porque no solamente tiene autoridad canónica suprema en la Iglesia, sino que también es la máxima autoridad doctrinal.
Se plantea, pues, el problema de unos mensajes en redes, a menudo con contenido doctrinal, que se atribuyen al Papa sin ser del Papa y, con toda probabilidad, sin que el Papa los haya leído siquiera. Esto les da una autoridad ficticia y crea confusión.
Por ejemplo, el martes pasado se subió un mensaje a la cuenta del Papa que decía: “En el primer aniversario del nacimiento al cielo de nuestro querido Papa Francisco, sus palabras y acciones siguen grabadas en nuestros corazones”.
Estas palabras,
en boca de un Pontífice,
serían muy graves,
porque básicamente equivalen
a una canonización de Francisco.
En efecto,
si está en el cielo desde hace un año,
eso quiere decir que es santo
y no pasó por el purgatorio.

Con seguridad,
la persona que lo haya escrito
tendría buena intención,
pero la Iglesia
siempre se ha preocupado
de que no se digan esas cosas a la ligera.
A fin de cuentas, si uno da por supuesto que un difunto ha ido directamente al cielo, no rezará por él. Tradicionalmente, una persona concreta puede tener una certeza subjetiva de que alguien a quien conocía bien ha ido directamente al cielo por su santidad de vida y su buena muerte, pero esa certeza debe someterse al juicio de la Iglesia y, por lo tanto, nunca deben hacerse públicamente esas afirmaciones, porque pueden llevar a la confusión y al error a otros.
Otro ejemplo del mismo día:
“Su santo Nombre [de Dios] nunca debe profanarse por el deseo de dominio, la arrogancia o la discriminación”.
Hasta ahí, todo muy bien, claro. Pero sigue diciendo:
“sobre todo, nunca debe invocarse para justificar elecciones y acciones que produzcan la muerte”.
Esto segundo es falso y,
por lo tanto,
causa confusión
en los fieles que lo lean.
Basta pensar un poco para entender que el soldado católico que elige y realiza la acción de producir la muerte a su enemigo en una guerra justa puede y debe actuar en nombre de Dios. No hay duda de ello, porque el soldado tiene el deber moral de luchar contra su enemigo y, si es su deber, entonces es algo bueno y que debe hacer en nombre de Dios, como todo lo que hacemos los cristianos.
Al margen de estos dos ejemplos, que simplemente son casos concretos de anteayer, tomados al azar, parece claro que el formato de una cuenta papal de la red social X, escrita por alguien que no es el Papa, resulta totalmente inadecuado para su misión de autoridad doctrinal máxima de la Iglesia. Lo que puede ser apropiado para otra persona no tiene por qué serlo para el Papa.
Aunque escribir en redes sociales pueda tener cosas buenas, en el caso del Papa el riesgo patente de crear confusión entre los fieles hace que no merezca la pena. Si hay algo que sobra en la Iglesia hoy es la confusión. Los papas, excepto cuando hablan ex cathedra, pueden equivocarse como todo hijo de vecino, pero no tiene sentido añadirles además a su cuenta los errores de un becario o del último monseñor que dice que sabe mucho de redes sociales, porque lee Facebook.
Más vale que un Papa haga pocas declaraciones, pero sustanciosas y correctas, que atribuirle ficticiamente una infinidad de mensajes efímeros que mezclan la valiosísima enseñanza de la Iglesia con errores doctrinales de tres al cuarto. Non decet.

Por BRUNO MORENO RAMOS.
JUEVES 23 DE ABRIL DE 3036.
INFOCATÓLICA.

