“Permiso para morir”: las carmelitas mártires de la revolución francesa

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Me avergüenza mucho cuando un dolor de cabeza me pone por lo menos de mal humor, cuando un contratiempo provoca que me ponga irritable, o cuando una dificultad hace que también me salga de mis casillas. Me siento avergonzado de estas reacciones al pensar en el ideal de la vida cristiana y al tener presente lo que tuvieron que enfrentar los mártires y todos los cristianos que han sido perseguidos a lo largo de los siglos.

Estos hombres y mujeres han dejado un ejemplo sublime y heroico de su fe, pues a pesar de las adversidades tan grandes no se echaron para atrás, no renegaron, no perdieron las casillas, no se pusieron de mal humor, como a mí me pasa por cosas realmente intrascendentes. Cada vez que nos encontremos con la vida de los mártires hace falta conmovernos y dejarnos alcanzar por este testimonio de fortaleza, perseverancia y fidelidad a la fe cristiana, pase lo que pase.

Si no sabemos negarnos a nosotros mismos, si fácilmente perdemos el control delante de cosas menores y si no somos capaces de mortificarnos en la vida ordinaria, será muy difícil que estemos en condiciones de llevar adelante el combate de la fe, ante los signos preocupantes de persecución y abierta confrontación al estilo de vida cristiana, que comienza a darse en nuestros ambientes.

El Señor Jesús no deja de pedirnos en el evangelio entrega, fortaleza y perseverancia. En muchas ocasiones Jesús no solo habla de paz y ofrece consuelo, sino que plantea también, para sorpresa de sus discípulos, la radicalidad en su seguimiento y la fidelidad al evangelio. Si estamos fuera de contexto este tipo de exigencias nos pueden escandalizar o pueden provocar que nos alejemos del Señor, como de hecho sucedió con algunos seguidores cuando Jesús comenzó a hablarles de la cruz y cuando les anunció la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Sin embargo, muchos hombres y mujeres, desde la generación de Jesucristo y hasta nuestros días, nunca dudaron dar su vida y reconocerlo como su Señor y Salvador. La liturgia de la Iglesia no deja de presentarnos, a lo largo del año, el ejemplo de estos hombres y mujeres que en distintos lugares y en diferentes épocas de la historia vivieron con fidelidad el evangelio de Jesucristo y fueron capaces de dar el testimonio supremo de su fe, en tiempos de persecución.

En el marco celebrativo de la Virgen del Carmen no quiero dejar de referirme al impresionante testimonio de las 16 monjas carmelitas -entre ellas una novicia-, que fueron asesinadas en los años de la revolución francesa. Su único delito fue ser fieles al evangelio y negarse a jurar las consignas de esta revolución perversa.

Un día después de la fiesta de la Virgen del Carmen, la Iglesia celebra a éstas 16 carmelitas mártires de Compiègne (Francia). Estas valerosas mujeres fueron asesinadas por odio a Cristo en tiempos de la revolución francesa. Condenadas a muerte por su inquebrantable fidelidad a la Iglesia y a la vida religiosa, fueron guillotinadas en París, el 17 de Julio de 1794, mientras cantaban himnos de alabanza a Dios. Antes de subir al patíbulo, renovaron su profesión religiosa en manos de la priora, Sor Teresa de San Agustín.

En el Tomo III de Año cristiano se narra de esta forma el martirio de estas monjas carmelitas: “Una hora después subían en las carretas que las conducirían a la plaza del Trono. En el trayecto la gente las miraba pasar demostrando diversidad de sentimientos, unos las injuriaban, otros las admiraban. Ellas iban tranquilas; todo lo que se movía a su alrededor les era indiferente. Cantaron el Miserere y luego el Salve Regina. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creator. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión.

Una joven novicia, sor Constanza, se arrodilló delante de la priora, con la naturalidad con que lo hubiera hecho en el convento y le pidió su bendición y que le concediera permiso para morir. Luego, cantando el salmo Laudate Dominum omnes gentes, subió decidida los escalones de la guillotina. Una tras otra, todas las carmelitas repitieron la escena. Una a una recibieron la bendición de la madre Teresa de San Agustín antes de recibir el golpe de gracia. Al final, después de haber visto caer a todas sus hijas, la madre priora entregó, con igual generosidad que ellas, su vida al Señor, poniendo su cabeza en las manos del verdugo”.

Murieron mártires en la guillotina durante la revolución francesa, diez días antes de que cayera del poder Maximilien Robespierre, el 27 de julio de 1794, fecha que pone fin a la etapa jacobina de la Convención.

Impresionante testimonio de estas mártires carmelitas que debe animarnos a vivir con perseverancia y entereza los tiempos de persecución encubierta que enfrentamos y que poco a poco va escalando de nivel. Nuestros tiempos necesitan cristianos con carácter, fuertes, decididos, apasionados con su fe y no porque andemos buscando temerariamente la muerte.

Los mártires y, especialmente las monjas carmelitas de Compiègne, no buscaron de manera temeraria la muerte. Sin embargo, estaban preparados para ser fieles a su conciencia y al evangelio del Señor. Por lo tanto, a partir del testimonio de los mártires quisiera señalar lo que se espera de nosotros como cristianos.

No podemos pasarnos la vida lamentando las situaciones que enfrentamos ni quedarnos en la añoranza de los tiempos que vivimos. Más que lamentarnos hay que responder activamente a través de la nueva evangelización que se ha venido impulsando desde los tiempos de Juan Pablo II.

Por medio de la nueva evangelización se trata de volver a regar esta tierra con la palabra de Dios y con el testimonio de santidad. Benedicto XVI decía que la nueva evangelización es enseñar el arte de vivir, en la que su estructura es como el granito de mostaza y la levadura que fermenta la masa. Que no nos desanime saber que somos pocos porque basta un granito de mostaza, si es acogido en tierra buena, para que llegue a ser un arbusto grande.

Y su método es morir como la semilla, como el grano de trigo que da frutos abundantes. No hay cristianismo sin cruz, sin martirio. Hay que pasar por la cruz, ese es el método: disminuir nuestro yo, desaparecer como el Bautista, para que aparezca Jesús y actúe la omnipotencia en nuestra debilidad. Los orígenes en Dios siempre son pequeños y hasta insignificantes, pero así actúa la providencia divina.

Se necesitan personas con magnanimidad, que sean capaces de dedicar su vida a la salvación de los demás. De acuerdo a la enseñanza de san Ignacio de Antioquía, en tiempos de persecución no necesitamos palabras persuasivas, sino grandeza de alma. Para llevar el anuncio del evangelio, para invitar a la conversión, para establecer el reino de Dios se necesita grandeza de alma, más que capacidades discursivas y habilidades dialécticas.

“Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma” (San Ignacio de Antioquía). Santa Teresa de Jesús había sostenido siglos antes que: “En tiempos recios, son menester amigos fuertes de Dios” (Libro de la Vida 15, 5).

Para profundizar en la historia de las monjas carmelitas recomiendo leer la novela La última del cadalso, de Gertrud Von Le fort, así como el imprescindible Diálogo de Carmelitas, de Georges Bernanos. En una parte de la novela, Gertrud Von Le Fort hace decir a una religiosa una enseñanza que sigue siendo tan actual también para nuestro país:

“Francia no se salvará por el celo de sus políticos, sino por la oración y el sacrificio de almas que se ofrezcan en holocausto. ¡Ha sonado la gran hora del Carmelo!”

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