¿Alguna vez has rezado con todo tu corazón y has sentido que Dios no te responde? Pides por un hijo, por una enfermedad, por un problema familiar, por algo que te duele profundamente. Pasan los días y parece que Dios guarda silencio. Entonces surge la pregunta, Señor, ¿por qué no me haces caso? ¿Por qué no te conmueves?
En el Evangelio de este domingo, una mujer cananea que no pertenece al pueblo de Israel se acerca a Jesús porque su hija está terriblemente atormentada por un demonio. Ella grita: “Señor, Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús guarda silencio y después parece endurecerse ante su petición. Le hace ver con su respuesta que ella es una pagana, para quien no son las promesas de salvación.
Pero la mujer no se marcha, insiste, se acerca y se postra y suplica humildemente. Finalmente Jesús es vencido por la fe de la cananea y le dice lleno de admiración: “Mujer, que grande es tu fe” y su hija queda curada. La palabra que hoy puede iluminar tu vida es compasión.
Compadecer significa, de alguna manera, padecer con el otro, sentir su dolor como propio. Por eso aquella madre no dice, ten compasión de mi hija, sino, ten compasión de mí. El sufrimiento de su hija se ha convertido en su propio sufrimiento.
Cuando amas verdaderamente, te duele lo que le pasa al otro. Lo contrario de la compasión es la indolencia, que ya no te duele el sufrimiento ajeno. Puedes acostumbrarte a las lágrimas de tu esposa, a la soledad de tus padres, a los problemas de tus hijos, a la necesidad del pobre hasta terminar pensando, ese no es mi problema.
En el Evangelio de hoy te pregunta, ¿todavía te duele el dolor de los demás? Pero hay algo más. Jesús parece endurecerse ante aquella mujer, no porque sea cruel ni indiferente. Jesús quiere hacer salir de ella lo mejor que lleva dentro.
Y lo mejor de aquella mujer es una fe extraordinaria, humilde, perseverante, capaz de seguir confiando incluso cuando parece ser rechazada. También contigo Dios puede actuar así. Muchas veces tardan en responderte porque quiere que ejercites tu fe, que aprendas a esperar y a confiar.
Una fe que nunca ha tenido que esperar puede ser una fe frágil. Una fe que permanece en medio de la prueba y el aparente silencio de Dios se vuelve profunda.
Por eso cuando Dios tarde, no te alejes. Cuando no entiendas, no abandones la oración, sigue llamando a su puerta. Porque el silencio de Dios no siempre significa ausencia. Muchas veces lo que pretende es hacer que aprendas a confiar y a esperar.
Pregúntate cada día, ¿qué dolor de alguien cercano necesita hoy mi compasión? Y realiza un gesto concreto por esa persona. Y presenta ante Jesús aquello que llevas tiempo pidiendo y dile: “Señor, aunque todavía no vea la respuesta, sigo confiando en Ti”.
“Señor Jesús, ten compasión de mí y enséñame también a compadecerme de los demás. Líbrame de la indolencia que me hace pasar de largo ante el dolor ajeno. Cuando guardes silencio y yo no comprenda tus caminos, aumenta mi fe. Dame un corazón humilde y perseverante, capaz de esperar sin alejarme de Ti y de confiar aun cuando no vea la respuesta”. Amén.
¡Feliz domingo! Dios te bendiga.

