Nunca es demasiado tarde

¿Alguna vez has sentido que llegaste tarde? Tarde para cambiar, para reconciliarte, para volver a Dios, para comenzar de nuevo. Quizá piensas que has desperdiciado mucho tiempo, que has cometido demasiados errores en tu vida y que eres una causa perdida. El Evangelio de hoy te trae una noticia profundamente consoladora.

Para Dios nunca es demasiado tarde. Él siempre sale a buscarte. Él es el nunca impaciente. Jesús habla del propietario de una viña que sale varias veces durante el día para contratar trabajadores. Sale al amanecer, a media mañana, al mediodía y hasta cuando la jornada está por terminar. A todos los llama a colaborar, y al final entrega cada uno el mismo salario.

Tanto él al que empezó primero, como al que llegó a último. Ese denario no representa simplemente un salario. Representa el reino de Dios, la comunión con el Señor, la vida eterna.

Y eso no se compra, ni se conquista acumulando méritos. Se recibe como don gratuito de su misericordia. Sin embargo, su llamada pide una respuesta. Entrar en la viña, confiar en Él y comenzar a trabajar.  La gracia es un regalo, pero nunca nos deja indiferentes ni con los brazos cruzados. Es preciso ponerse a trabajar en la viña, así sean unas horas.

Tal vez tú llevas muchos años cerca de Dios, agradece esa historia. Ha sido una gran misericordia, pero no conviertas tu fidelidad en motivo de comparación, reclamo o superioridad moral delante de los demás. No mires con resentimiento al que apenas vuelve, al que se arrepiente después de haberse alejado, o al que recibe una oportunidad que crees tú que no merece.

No pierdes nada cuando Dios es generoso con otro; por el contrario, alégrate de la misericordia del Señor y por el hermano que es recuperado. Y si tú eres quien llega al final de la tarde, no tengas miedo. Nadie es tan indigno ni tan pecador como para que Jesús le cierre la puerta.

Mientras tengas vida, nunca será demasiado tarde. Pedro entró después de haber negado al Señor. El buen ladrón entró en el último momento, cuando le dijo a Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino. La misericordia de Dios puede comenzar una historia nueva, incluso con lo poco que todavía puedes ofrecerle.

Esta semana haz dos cosas sencillas. Primero, deja de compararte y agradece la misericordia que Dios ha tenido contigo.

Segundo, da hoy mismo el paso que has postergado. Perdona, confiésate, vuelve a orar o acércate a quien te necesita. No esperes otra hora para responder.

“Señor Jesús, gracias porque sigues saliendo a buscarme. Llámame una vez más, abre mi corazón y llévame a trabajar contigo. Que no envidie tu bondad ni me enoje por ella, y que confíe hasta el último instante en tu infinita misericordia. Amén”.

Feliz domingo. ¡Dios te bendiga!

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