* El nuevo presidente de la Academia Pontificia para la Vida nombrado por León XIV, acepta algunos criterios del «suicidio asistido» impuestos por el Tribunal Constitucional italiano, que no se ajustan a la moralidad natural.
* Y, siguiendo los pasos de su predecesor, habla de «diálogo» para alcanzar una mediación: pero ante la indisponibilidad de la vida, no se puede transigir.
En una entrevista publicada en La Repubblica, el nuevo presidente de la Academia Pontificia para la Vida (PAV), Monseñor Renzo Pegoraro, expresó la postura de la Academia sobre el suicidio asistido.
- * El nuevo presidente de la Academia Pontificia para la Vida nombrado por León XIV, acepta algunos criterios del «suicidio asistido» impuestos por el Tribunal Constitucional italiano, que no se ajustan a la moralidad natural.
- * Y, siguiendo los pasos de su predecesor, habla de «diálogo» para alcanzar una mediación: pero ante la indisponibilidad de la vida, no se puede transigir.
La entrevista tuvo lugar pocos días antes del inicio del debate en el Parlamento, tras la intervención del Tribunal Constitucional, que había abierto la posibilidad del suicidio asistido, estableciendo algunos límites y requiriendo intervención legislativa.
Pegoraro fue nombrado por el Papa León XIV para dirigir la PAV el 27 de mayo, tras la renuncia de su controvertido predecesor, Monseñor Vincenzo Paglia, con quien había colaborado como canciller.
Muchos observadores interpretaron esta decisión como un punto de inflexión, deseado por León XIV, en el liderazgo de la Academia; otros señalaron, sin embargo, que la renuncia de Paglia se debió a su edad y que, en cualquier caso, Pegoraro había participado en las controvertidas políticas previas de la Academia.
La entrevista del nuevo presidente pudo haber sido un indicio del camino que la PAV pretende tomar en la era «post-Paglia».
La doctrina de la Iglesia sobre el suicidio asistido es absolutamente clara , como Nuova Bussola ha intentado enfatizar en varios artículos recientes .
La vida humana es intocable,
tanto por razones morales como porque siempre es un don de Dios,
y quien niega esta naturaleza inaccesible,
rechaza tanto al hombre como a Dios, o mejor dicho, rechaza al hombre porque rechaza a Dios.
La visión de la Iglesia es siempre de moralidad y fe.
Su tarea es proclamar estas verdades,
explicar las razones humanas y divinas que las sustentan,
inspirar conductas útiles para las personas en dificultad,
incluyendo la asistencia religiosa en momentos de aguda dificultad existencial,
e instar a los políticos a no aprobar leyes que contradigan este principio,
incluso si esto ocurre como un «mal menor»
o centrándose en casos específicos.
Debe haber cercanía a las personas que sufren,
así como prevención y tratamiento del dolor,
y esto ciertamente requiere un enfoque personal y no genérico,
y no puede ocurrir en conflicto con el principio universal —universal por real—
de la naturaleza inviolable de la vida humana,
ni como excepciones a él por diversas razones.
En la entrevista,
Monseñor Pegoraro no siempre sigue este camino, sino que termina aceptando algunas premisas cuestionables
y proponiendo ciertas vías
sin someterlas a un examen crítico
a la luz de la verdad cristiana que la Iglesia preserva y propone.
Entre estas premisas, destacamos la «+despenalización condicional» impuesta por la sentencia del Tribunal Constitucional que impulsa al Parlamento a legislar.
Estos criterios, que Pegoraro adopta hoy,
no eran ni son coherentes con la moral natural y evangélica,
y la Iglesia no está obligada a acatar siempre y en ningún caso las decisiones de las instituciones políticas,
ya que la verdad que proclama
es superior a cualquier poder terrenal.
Entre las vías propuestas por Pegoraro, no podía faltar el «diálogo» (habitual) .
Condena el suicidio asistido, que, según él, «siempre supone una derrota para el paciente, para la familia, para la propia medicina y para la sociedad». «También es cierto», continúa, «que en ciertas situaciones, el misterio de la mente y el corazón de la persona permanece, a veces impenetrable e indescifrable. Pero el hecho de que la única solución imaginada sea suicidarse y pedir ayuda para hacerlo sigue siendo una derrota para todos».
- La condena no se enuncia explícitamente, no se enuncia ningún principio ético absolutamente negativo, permanece algo oculta tras la lógica de «una derrota para todos», pero ahí está.
- Luego está también la propuesta de diálogo, que enturbia aún más el panorama ya de por sí confuso.
Pegoraro afirma que vivimos en una sociedad pluralista y parcialmente secularizada y nos enfrentamos a una situación difícil de definir y resolver, por lo que según él será necesario promover el diálogo, buscar mediaciones, comprender claramente qué formas de protección garantizar a las personas enfermas (…) y ofrecer buenos cuidados paliativos que permitan el apoyo en la fase final de la vida. Se refiere a la Ley 38/2010 de cuidados paliativos y a la Ley 219/2017 de consentimiento informado, sin mencionar que estas también presentaban problemas éticos.
El entrevistador, Iacopo Scaramuzzi, recuerda acertadamente que en Il piccolo lexicon di fine vita , publicado por PAV en 2024, se utilizaron estos mismos términos que ahora repite el recién nombrado por León XIV: «Contribuir a encontrar un punto de mediación aceptable entre diferentes posiciones».
No hay que olvidar que tales declaraciones hechas por el redecesor de Pegoraro, Vinzenzo Paglia, fuero ampliamente cuestionadas precisamente porque legitimaba las directivas anticipadas de tratamiento (DAT) y consideraba legítimas las conductas relacionadas con el suicidio asistido. En aquél entonces, los términos empleados por Paglia fueron atribuido a la línea personal del propio Paglia, pero ahora resulta que son retomadas tal cual por el nuevo presidente Pegoraro.
Si un proyecto de ley es moralmente inaceptable porque viola el principio de la indisponibilidad de la vida humana, convocar al diálogo en vísperas de su debate parlamentario implica estar abierto a cualquier resultado injusto.
El diálogo puede llevarse a cabo en busca de puntos en común
para aplicaciones prácticas,
si coincidimos con la validez del principio rector.
Pero un «Diálogo» sin esta premisa,
significa asignarle un significado veraz:
esto es, sería aceptar como verdadero y bueno
todo lo que el diálogo produzca.
Y en este punto, cualquier comportamiento en el Parlamento por parte de los diputados católicos serpia «aceptable» e incluso «bueno», solo porque fomenta «el diálogo.
Pero ¿quién dice que a una sociedad pluralista y secularizada»
solo se le puede ofrecer un diálogo rancio
y no la verdad,
que luego debe defenderse en un diálogo inflexible?
¿Acaso ya permite la Iglesia
que la sociología dicte su estancamiento?
Si el diálogo no defiende la verdad, se convierte en mera palabrería.
En vísperas del debate parlamentario, ningún proyecto de ley, ni siquiera el de la mayoría, cumplía con el principio. Confiar en el diálogo significa aceptar una ley injusta incluso antes de iniciarlo. Una derrota anunciada y deseada.
En cuanto a la línea de Paglia, parece que continuará incluso sin él.

Por STEFANO FONTANA.
MIÉRCOLES 9 DE JULIO DE 2025.
CIUDAD DEL VATICANO.
LANUOVABQ.

