Nuestra vida, ¿está preservada de la corrupción?

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el V Domingo del tiempo Ordinario.

A Jesús lo sigue escuchando una multitud en el Sermón de la Montaña, sus discípulos están cerca de Él; así que después de las bienaventuranzas, les deja claro que no es sólo una doctrina o mensaje que quedará en el viento, sino un compromiso de vida, y ellos serán los que a través de su estilo de vida van a ser fermento para que ese mensaje se difunda y se viva. Podemos decir que está dando los lineamientos del perfil de todo cristiano y define de forma atractiva con dos imágenes la identidad de sus seguidores, les dice: “Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”. Escuchemos bien, “son la sal de la tierra”, no les dice “un día llegarán a ser sal”, si ustedes quieren “pueden llegar a ser sal”; no les pregunta: “¿quieren ser sal?”. Es más bien un afirmativo, que se realiza en el aquí y en el ahora; es decir, “ya son sal”, “ya son luz”, su misión en la tierra ya ha iniciado.

Por nuestro bautismo somos sal de la tierra y luz del mundo; es algo propio de nuestro ser cristiano. Nuestra FE no termina en conceptos, nuestra fe se muestra en la vida ordinaria y ésta es capaz de iluminar las realidades oscuras de nuestra sociedad y de dar sabor y sentido a aquellas dificultades que por anunciar y vivir el Evangelio nos cuesta comprender. La sal es un elemento indispensable para la vida: sazona los alimentos, purifica y preserva de la corrupción. La comida sin sal no tiene sabor, es insípida, no agrada al paladar. Jesús nos ha dado la sal para dar sabor, y la sal tiene sentido si da sabor a las cosas, de lo contrario, será un producto inservible que habría que tirar. Para dar sabor y servir como condimento, la sal tiene que diluirse, tiene que perder su estado de sal; es su objetivo servir para condimentar, aunque condimentando tiene que desaparecer. Así la comunidad cristiana no existe para sí misma, sino para servir y dar testimonio de Cristo. Así como el arte de la sal radica en disolverse, en llegar a ser nada para dar el toque al todo, así ha de ser la comunidad cristiana.

Jesús ve a sus discípulos, hombres y mujeres, que son sal de la tierra; personas capaces de darle sabor a la vida. El Evangelio que nos trae Jesús, es para vivir con alegría en cada circunstancia, por difícil que parezca. Pero al pasar de los años, pareciera que nuestro cristianismo ha ido perdiendo el sabor, lo expresa así el teólogo ortodoxo ruso Paul Evdokimov: “Los cristianos han hecho todo lo posible para esterilizar el Evangelio; se diría que lo han sumergido en un líquido neutralizante. Se amortigua todo lo que impresiona. Convertido así en algo inofensivo, esta religión aplanada, prudente y razonable, el hombre no puede sino vomitarla ¿de dónde procede este cristianismo?”. Ese teólogo nos dice en pocas palabras, que nosotros cristianos hemos dejado de ser sal, no somos capaces de dar sabor a nuestra cultura, a nuestro mundo; vivimos al gusto nuestro, no al de Cristo, aunque nos digamos cristianos. Echemos un vistazo a nuestra manera de ser cristianos y veremos que es verdad también lo que dice Marcel More: “Los cristianos han encontrado la manera de sentarse, no sabemos cómo, de forma confortable en la cruz”. Parece que nuestro cristianismo fuera una doctrina que sólo debe saberse y nos olvidamos que es un estilo de vida.

Hoy el mundo necesita testigos vivientes del Evangelio, hombres y mujeres que le den sabor a la vida rutinaria en la que se ha caído. Somos sal de la tierra, esa sal que preserva y no permite que las costumbres y con ellas las personas se corrompan. Este Evangelio es un llamado para mantenernos libres frente a la idolatría del dinero y frente al bienestar material, frente al hedonismo. La cultura en la cual estamos insertos como cristianos, cada vez nos conduce a esa lucha por las cosas materiales, pero cuando las buscamos sin tener en el horizonte a Dios, esos bienes materiales pueden esclavizarnos, corrompernos y producen marginación. Jesús nos llama a ser agentes de solidaridad responsable con los más necesitados. Es allí donde la sal del Evangelio adquiere toda su riqueza; es allí donde los cristianos mostramos ser luz del mundo. Cuando la Iglesia no es luz del mundo, sino que también aporta oscuridad, por el pecado de los fieles laicos y de nosotros sacerdotes, podemos decir que falta renovación para ser sal de la tierra.

La frase del Evangelio no es una declaración dogmática que nos haga inmunes al mal. El mal y el pecado se adentran en nuestras vidas y hace falta coraje para reconocerlo y para combatirlo. Combatir el mal también cuando lo vemos dentro de nuestra propia Iglesia, es un deber precisamente por amor, porque la clave del Reino no está en pretender saber, sino en saborear y dar sabor. El Amor no se sabe, el Amor sabe y es el que da sabor y sentido a la existencia humana, pues en Amor fuimos creados por el Padre, y en Amor fuimos salvados por Jesús. Cuidarse de vivir sin Amor es ser sal de la tierra, pues una vida que no se gasta amando, se vuelve sosa y llena de sinsabores. El Amor, al igual que la sal, conserva en el ser humano los sentimientos que lo asemejan a Dios: la transparencia, la generosidad, la fidelidad, la solidaridad, la misericordia, el respeto, la compasión, la alegría, el Amor no permite que el corazón se corrompa. También “ustedes son la luz del mundo”. La luz rompe las tinieblas, donde hay caos lo ordena todo. La luz da seguridad, serenidad y paz; la luz nos permite conocer y conocernos. Como seres humanos somos conscientes de las tinieblas, por eso necesitamos de la luz. El Maestro invita a los que se han dejado llenar el corazón de Amor, a ser ciudades deslumbrantes en las cimas del mundo y lámparas encendidas en la mesa de la humanidad.

Los discípulos de hoy estamos invitados a ser luz y sabor de Cristo, del Amor. Sólo el que ama es capaz de iluminar la tierra e impregnarla con el sabor de Dios, verdadera sabiduría para los bienaventurados. Quien ama se convierte en transparente cristal para recibir la Luz divina y dejarla fluir hacia la vida de los demás, como lo decía San Juan de la Cruz: “El cristal limpio y puro es embestido de la luz, cuantos más grados de luz va recibiendo, tanto más de luz en él se va reconcentrando, y tanto más se va esclareciendo, y puede llegar a tanto por la abundancia de luz que recibe, que venga él a parecer todo luz”.

Hermanos, el llamado de Jesús es apremiante en nuestros días, vale la pena que nos preguntemos como cristianos: ¿Qué estamos haciendo para ponerle sabor a la vida? Nuestra forma de vivir, ¿verdaderamente preserva de la corrupción? Nuestra manera de vivir, ¿realmente es luz que ilumina a los que no creen? ¿cómo iluminamos esas realidades de pobreza, de insolidaridad, de marginación ante la violencia que no cesa?

Hermanos no perdamos ese sabor que nos da el ser seguidores de Jesús; no perdamos ese brillo que nos aporta Él. Somos testigos de su mensaje salvador ante los demás.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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