“Nos han enterrado, pero no sabían que éramos semillas”

No podemos sucumbir a las tendencias de los tiempos modernos que buscan lo llamativo, lo sofisticado y lo espectacular en los medios tecnológicos para asegurar un lugar, para lograr el reconocimiento social y para mantenerse vigentes, de acuerdo a la lógica del mundo.

En nuestro caso, la Palabra de Dios no se puede envolver en imágenes y símbolos poderosos para hacerla llamativa y posicionarla en la opinión pública. En nuestro afán de modernizar la Iglesia podemos quedarnos únicamente con la envoltura, las innovaciones y la imagen, en detrimento de la riqueza misma de la Palabra de Dios que no necesita colores y presentaciones modernas, sino ser saboreada en sí misma.

Jesús no se dejaba impactar por el carácter espectacular de los medios técnicos de su tiempo, sino que se fijaba en lo sencillo e imperceptible de la naturaleza para explicar los misterios del reino de Dios. Por eso, comparaba la Palabra de Dios con una semilla, con una diminuta semilla que guarda un potencial de vida, frutos y belleza que se van desplegando a través de un proceso.

Esa diminuta semilla la podemos ver muchas veces en franca desproporción con el imperio de los medios tecnológicos y los avances científicos que ofrecen resultados deslumbrantes, inmediatos y a corto plazo en distintos campos de la vida.

Cuando no reparamos en el poder de la semilla y en la dinámica que tiene la palabra de Dios, los cristianos muchas veces nos podemos sentir rebasados y en desventaja ante el ruido, el imperio y los resultados inmediatos que producen estos medios poderosos y sofisticados.

La semilla es lo único que tenemos, pero es todo lo que tenemos. Con mucha lucidez y contagiándonos de esperanza, el profeta Isaías señala el poder de la Palabra de Dios que no dejará de cumplirse:

“Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.

No se habla en términos de precisión, rendimiento, o eficacia técnica, sino de una promesa basada en el amor y en el designio de salvación, el cual garantiza que la Palabra se cumpla a pesar de los obstáculos y de cualquier adversidad. En la Biblia se habla, incluso, de crecimiento de esta semilla aún en condiciones adversas, así como de belleza, derroche y cosecha abundante porque es una Palabra que transforma la tierra y el corazón del hombre. El Salmo 64 no se conforma con afirmarlo, sino que canta la bondad de Dios:

“Tú coronas el año con tus bienes, tus senderos derraman abundancia, están verdes los pastos del desierto, las colinas con flores adornadas. Los prados se visten de rebaños, de trigales los valles se engalanan. Todo aclama al Señor. Todo le canta”.

La Palabra es lo único que tenemos, pero es todo lo que tenemos. Por lo que ante su belleza, potencia y vitalidad tenemos que preguntarnos qué nos ha pasado, por qué la vida del hombre se ha complicado. Qué ha sucedido para que ahora asistamos a un proceso de descomposición social. Qué tendríamos que decir respecto de la maldad que se va difundiendo en nuestra sociedad.

Ante esta realidad que nos lastima y nos preocupa hace falta reconocer por lo menos dos factores importantes. En primer lugar, reconocer que hemos dejado de sembrar. No se ha sembrado como es debido en la familia, en la escuela y en la sociedad.

Quizá hemos dejado de sembrar y de creer en el poder que tiene esa semilla diminuta para provocar una cosecha abundante. Se debe sembrar a tiempo y a destiempo, sin esperar que se den las condiciones adecuadas. Como el sembrador que siembra a voleo debemos aprovechar todas las oportunidades para anunciar la Palabra de Dios.

Para no dejar de sembrar hace falta recordar con gratitud a todos los que sembraron en nosotros. Sembraron con la esperanza de que llegarían los frutos espirituales a nuestra vida. Quizá muchos de nosotros tardamos tiempo para que floreciera la palabra, pero nuestros sembradores vislumbraron ese momento.

Si sentimos la adversidad a la hora de sembrar, si encontramos obstáculos y hasta censura, como en estos tiempos, para hablar de Dios, si parece que todo sigue igual a pesar de predicar a Dios, no hay que desesperarnos y será necesario muchas veces pensar en nuestro caso personal.

Cuánta gente sembró en nosotros y cuánto esperaron para que llegaran los frutos. Posiblemente tardamos mucho tiempo en que se viera nuestro cambio. Muchos sembraron en nosotros y aunque no se veía el resultado no se desanimaron porque confiaron incondicionalmente en el poder de la palabra.

La fe es como una semilla que actúa en nosotros incluso cuando no nos damos cuenta o cuando no somos capaces de corresponder a ella. Por eso, no hay que dejar de sembrar y si has hablado de Cristo a los demás y te han rechazado, reza y espera. La semilla ya ha quedado sembrada. Así que, aunque parezca que no hay resultados y se ha rechazado la palabra, nunca hay que dar un alma por perdida.

Gloria Fuertes lo explica de esta forma: “Cuando todas las esperanzas estaban enterradas, todas las fuentes secas, todas las preguntas calladas, todos los fuegos apagados, entonces, en medio de la noche, la débil fuerza de una semilla, rompió la costra de la tierra”.

Hay una segunda cosa que necesitamos considerar: la palabra tiene sus etapas para llegar a florecer. Por eso, Jesús describe de manera magistral el proceso que lleva una semilla, para hacernos ver el proceso que la palabra de Dios lleva en nuestro corazón.

La palabra de Dios no es mágica, no ofrece resultados inmediatos, es tan modesta como una semilla que necesita un proceso en nuestro corazón. Cómo quisiéramos ver resultados inmediatos, pero nos toca hacer nuestro trabajo y el resto dejárselo a Dios, como el campesino que siembra y espera pacientemente que vaya creciendo y floreciendo esa semilla.

Los frutos no van a venir por nuestra capacidad, ingenio e inteligencia. Esta obra es de Dios. El sembrador hace su trabajo, pero no sabe cómo crece la semilla. Jesús nos anima a hacer lo que nos toca, dejando siempre a Dios lo más importante de esta obra: el crecimiento y la cosecha.

Estamos acostumbrados a los resultados inmediatos, pero en la vida espiritual las cosas no funcionan así. Hay que tener paciencia, hay que esforzarse y saber que lo más difícil es lo que Dios realiza, para no caer en la tentación del pesimismo y el derrotismo porque las cosas no cambian como uno quisiera.

La providencia de Dios actúa más de acuerdo a los ritmos de la naturaleza que a los ritmos de la producción industrial. Hay que aguardar, disfrutar cada etapa, esperar el surgimiento de los brotes, la simiente, los frutos y la cosecha misma.

Decía Roberto L. Stevenson: “No juzgues cada día en base a la cosecha que has obtenido, sino por las semillas que has plantado”. La tempestad es capaz de dispersar las flores, pero no está en condiciones de dañar las semillas. Las persecuciones y los desafíos que ha enfrentado la Iglesia a lo largo de los siglos no han logrado frenar el crecimiento de la semilla, pues la semilla que sembramos lleva gérmenes de Dios, como reflexiona Fray César Valero:

“Las raíces, las esencias, están ahí. Dos mil años de fe y de martirio no son fáciles de suprimir. Ni siquiera por decreto ley. Y en cualquier lugar y momento rebrotan con vigor. Por esto es tan importante seguir sembrando, aunque no pocas veces la sensación sea que lo hacemos sobre asfalto. Cada palabra es una semilla, y si la semilla lleva gérmenes de Dios no se perderá jamás; quizás no lo vean nuestros ojos, pero su fruto llegará”.

Muchos cristianos siguen siendo perseguidos, amenazados y asesinados por vivir su fe. Pero a pesar de los peligros que tienen que enfrentar confían en la vitalidad de la semilla que seguirá floreciendo, aún en esas situaciones desafiantes, como decía Bernardo Stamateas:

“Cuando los problemas vengan a enterrarte, recuerda que eres semilla. Sólo te están sembrando; germinarás y saldrás a la superficie nuevamente y darás fruto porque habrás madurado”.  Así también lo confirma el impactante testimonio de un cristiano en Gaza: “Nos han enterrado, pero no sabían que éramos semillas”.

Dios nos sigue confiando su palabra. No esperemos solamente la llegada de los frutos, sino de una gran cosecha que nos llevará también a admirar la obra de Dios, como se percibe en la reflexión de Chesterton: “Si las semillas sembradas en tierra negra pueden llegar a convertirse en rosas tan bellas, ¿qué no puede llegar a ser el corazón del hombre en su largo camino hacia las estrellas?”

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