¿Nos da igual vivir de cualquier manera…?

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXI Domingo del Tiempo Ordinario

Hoy hemos escuchado en el Evangelio, que Jesús encontrándose en Cesarea de Filipo, una ciudad construida por Filipo hijo de Herodes el grande, donde habría pocos judíos pues la mayoría eran paganos. Allí Jesús hace la pregunta sobre su identidad: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Los discípulos responden de acuerdo a los rumores que hay sobre Jesús y su identidad, es lo que otros piensan de Jesús: para algunos es Juan el Bautista que ha resucitado, esa era la opinión de Herodes Antipas. Para otros es Elías, ya que Elías iba a inaugurar los tiempos mesiánicos. Para otros, es un profeta al estilo del gran Jeremías. Otros más, hablan de alguno de los profetas, sin decir cuál. Son los rumores de la gente, dichos rumores no comprometen a aquellos discípulos.

Después, Jesús pregunta directamente: “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”; una respuesta que debe surgir desde el convencimiento interior, ya que han andado con Él y han visto lo que hace. Pedro responde: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Es la perfecta fórmula mesiánica; Pedro como sus compañeros entendían al Mesías desde una comprensión nacionalista; era la forma entendida por todos; un ser enviado por Dios que vendría a liberarlos del yugo de los romanos y que les daría la supremacía sobre todas las naciones. Jesús sí es el Mesías, pero no el Mesías triunfalista y prepotente del nacionalismo exacerbado, sino una persona al servicio de las más hondas y profundas causas humanas. Jesús le aclara a Pedro después de aquella confesión, que detrás está Dios; es una confesión que sobrepasa sus capacidades, se necesita una iluminación Divina para expresar lo que ha dicho, porque la fe es siempre gracia, no es el resultado de un razonamiento perfecto ni la conquista de un esfuerzo humano.

Jesús le dice a Pedro: “Dichoso, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre”. La dicha consiste en que Pedro permitió, aceptó dicha revelación. Es una invitación para aceptar lo que Dios Padre nos revela a través de su Palabra o a través de los acontecimientos, porque Dios se sigue manifestando.

La pregunta, “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”, no fue dirigida sólo a los primeros seguidores de Jesús, sino que es la cuestión fundamental a la que tenemos que responder todos los que nos consideramos cristianos. Nuestra primera reacción puede conducirnos a buscar una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria lo que hemos aprendido en el catecismo sobre la identidad de Jesús. No se trata de que demos una opinión doctrinal, se trata de nuestra actitud hacia Él; esa actitud no se refleja sólo con palabras, sino sobre todo, con nuestro seguimiento concreto a Jesús.

La pregunta de Jesús pide una opción radical: o Jesús es una persona histórica como muchos otros, o es la Persona que da una orientación decisiva a nuestra vida. Nuestra fe no se reduce a las fórmulas que pronunciamos, sino que se centran en el ¿cómo vivo? ¿en qué me comprometo? ¿quién soy frente a Jesús?. Para esto, cada uno vamos elaborando nuestra imagen de Jesús a partir de nuestros intereses y preocupaciones, condicionados por nuestra psicología personal y el medio social al que pertenecemos, y marcados por la formación religiosa que hemos recibido. Y sin embargo, la imagen de Cristo que podamos tener cada uno, tiene importancia decisiva para nuestra vida, pues condiciona nuestra manera de entender y vivir la fe. Una imagen empobrecida, unilateral, parcial o falsa de Jesús, nos conducirá a una vivencia empobrecida, unilateral, parcial o falsa de la fe. De ahí la importancia de evitar posibles deformaciones de nuestra visión de Jesús y de purificar nuestra adhesión a Él.

En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros? Tengamos presente que su Persona nos llega a través de veinte siglos de imágenes, fórmulas, devociones, experiencias, interpretaciones culturales, que van desvelando y velando al mismo tiempo su riqueza insondable. Pero además, cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que somos nosotros y proyectamos en Él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta lo empequeñecemos y desfiguramos, incluso cuando tratamos de exaltarlo. Pero Jesús sigue vivo, los cristianos no lo hemos podido disecar con nuestra mediocridad. No permite que lo disfracemos. No se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas o unas costumbres. Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a Él con una postura abierta y sincera. Siempre es distinto de lo que esperábamos; siempre abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos atrae a una vida nueva.

Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo. Jesús es peligroso, percibimos en Él una entrega a los hombres que desenmascara nuestro egoísmo. Una pasión por la justicia que sacude nuestras seguridades, privilegios y egoísmos. Una ternura que deja al descubierto nuestra mezquindad. Una libertad que rasga nuestras mil esclavitudes y servidumbres. Y sobre todo, intuimos en Él un misterio de apertura, cercanía y proximidad a Dios que nos atrae y nos invita a abrir nuestra existencia al Padre. A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a Él. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: “seguirlo”. Seguir humildemente sus pasos, abrirnos con Él al Padre, reproducir sus gestos de amor y ternura, mirar la vida con sus ojos, compartir su destino doloroso, esperar su resurrección.

Hermanos, si realmente confesamos que “Jesús es el Mesías, es el Hijo de Dios” y lo hacemos desde lo más profundo de nuestro ser, nuestra vida adquiere otro sentido, a saber:

  1. El dolor, por muy punzante que sea desde el punto de vista humano, no nos desesperará; sabremos que adquiere un significado desde la fe.
  2. El trabajo, desde la fe dejará de ser un oficio maldito y se convertirá en colaboración al plan de Dios.
  3. La muerte, ya no existen los muertos para el que cree; más que de muerte, hablaremos de principio de vida, de abrazo eterno.

Hermanos, en este mundo donde pareciera que le vamos dando la espalda a Dios; donde vivimos al ritmo que nos marca la cultura y donde escuchamos que muchas personas desean una Iglesia a su gusto, se nos sigue interpelando: ¿Quién es Jesús para nosotros? Una pregunta que no debemos contestar con palabras o fórmulas elaboradas por teólogos o especialistas; es una pregunta que se responde con nuestra actitud de vida. Si nos decimos cristianos, debemos mostrar con nuestros actos lo que significa Jesús para nosotros, de lo contrario, será sólo costumbre, rutina o hasta podría ser hipocresía.

¿Quién es Jesús realmente para mí? ¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús? ¿Seguimos a Jesús, colaborando con Él en el proyecto humanizador del Padre o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo mejor de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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