Soy católico y, como tal, ofrezco gustosamente mi respeto, obediencia y cariño al Papa y, en general, a todos los pastores de la Iglesia. Dios mismo, en un gesto de amor y ternura por nosotros, dispuso que en la Iglesia hubiera pastores que hicieran presente a Cristo Buen Pastor. Es algo estupendo, por lo que doy muchas gracias al cielo.
No hay que olvidar, sin embargo, que, como no estamos en una secta, ese respeto, obediencia y cariño a los pastores se fundamentan en la roca firme de la Verdad. Por eso mismo, conllevan rechazar cuanto se aparte de la fe de la Iglesia, incluso aunque esté en boca de un pastor. Si algo nos enseñó el pontificado anterior es que no podemos callarnos cuando un pastor dice algo contrario a la doctrina católica. La triste experiencia nos ha mostrado que eso solo lleva a que se multipliquen los errores y la confusión causada por ellos.
En ese sentido y cuando creía que se habían acabado ya los sobresaltos, me veo en el penoso deber de señalar lo que parece un importante error que se ha colado en el mensaje enviado anteayer por León XIV a los participantes en la Conferencia de la FAO (es decir, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura).
La mayor parte del mensaje se refiere a temas prudenciales y, por lo tanto, discutibles y que no afectan directamente a la fe. Hay, sin embargo, un párrafo que no veo cómo puede ser aceptado por un católico:
“La Iglesia alienta todas las iniciativas para poner fin al escándalo del hambre en el mundo, haciendo suyos los sentimientos de su Señor, Jesús, quien, como narran los Evangelios, al ver que una gran multitud se acercaba a Él para escuchar su palabra, se preocupó ante todo de darles de comer y para ello pidió a los discípulos que se hicieran cargo del problema, bendiciendo con abundancia los esfuerzos realizados (cf. Jn 6,1-13). Sin embargo, cuando leemos la narración de lo que comúnmente se denomina la “multiplicación de los panes” (cf. Mt 14,13-21; Mc 6,30-44; Lc 9,12-17; Jn 6,1-13), nos damos cuenta de que el verdadero milagro realizado por Cristo consistió en poner de manifiesto que la clave para derrotar el hambre estriba más en el compartir que en el acumular codiciosamente”
Veamos con cuidado lo que se dice en este párrafo del mensaje papal:
En relación con el pasaje de una de las multiplicaciones de los panes y los peces (porque se relatan dos en los Evangelios), se afirma asombrosamente que “el verdadero milagro realizado por Cristo consistió en poner de manifiesto que la clave para derrotar el hambre estriba más en el compartir que en el acumular codiciosamente”. ¡El verdadero milagro!
Es muy difícil conjugar esta frase con la fe de la Iglesia. Porque…si ese es el “verdadero milagro”, entonces, hablando en lenguaje llano, es que no hubo milagro.
Porque a fin de cuentas, en el mensaje papal se está diciendo que el “verdadero milagro” es una mera enseñanza (a saber, “poner de manifiesto” la supuesta clave para derrotar el hambre), es decir, algo que por definición no es un milagro.
Por otro lado, la supuesta enseñanza no era nada nuevo, porque las bondades de compartir no las hemos inventado en el siglo XXI. Cuando los presentes llamaron profeta a Cristo y quisieron nombrarle rey no era porque les hubiera animado a compartir, sino porque había hecho un milagrazo. De otro modo, el pasaje completo carecería de sentido.
Además, basta leer el texto evangélico de la multiplicación para ver que en él ni siquiera se encuentra esa enseñanza sobre compartir y mucho menos sobre que compartiendo se derrote el hambre.
Primero, porque en el pasaje evangélico nadie comparte más que un niño y lo que comparte es inútil en sí mismo para dar de comer a tanta gente. Se trata de un fracaso humano. Es decir, si algo referente al hambre podemos aprender de este pasaje es que el compartir de los hombres no basta para solucionar sus problemas, porque eso es precisamente lo que sucedió en aquella ocasión: compartir solo dio lugar a la irrisoria cantidad de cinco panes y dos peces (o a siete panes y unos peces en la otra multiplicación). Tuvo que producirse un milagro (este sí, de verdad) para saciar a la multitud. Lo que dice el texto evangélico es, a grandes rasgos, lo contrario de lo que se afirma en el mensaje a la FAO: las buenas intenciones humanas no alcanzan y solo Cristo puede saciarnos de verdad.
Eso es lo que proclama la Iglesia y lo que enseña nuestra fe.
Si creemos que el “verdadero milagro” es poner de manifiesto que el hambre se derrota compartiendo, no solo reducimos el milagro a una leccioncita bienintencionada y pelagiana,
sino que además
nos perdemos lo mejor,
que es el milagro real hecho por Cristo
para demostrarnos que Él y solo Él puede saciarnos verdaderamente,
como una prefiguración del Pan del Cielo,
que es la Eucaristía y da la vida eterna.
Con la Eucaristía no nos alimentamos unos a otros compartiendo y mostrando lo buenos que somos, sino que todos la recibimos como un don de lo alto, completamente inmerecido.
Repitámoslo:
las buenas intenciones humanas
no salvan al hombre,
que es para lo que vino Cristo a la tierra
y no para organizar una FAO en el siglo I.
El aparente error de la frase que hemos comentado queda resaltado por otras afirmaciones que van en una dirección similar. En el mismo párrafo se dice que: Jesús, “ante todo” se preocupó de darles de comer a aquellas personas.
No es fácil entender esa afirmación contenida en el men saje papal si tenemos en cuenta que Cristo dijo en varias ocasiones lo contrario: no os afanéis por vuestra vida, por lo que comeréis o beberéis y también es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.
Por si no quedaba claro, al día siguiente del milagro el mismo Cristo les reprochó su error a los que pensaban que lo que importaba era saciar el hambre física: obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre.
¿Cómo es posible sacar la conclusión, al leer esto, que “ante todo” Jesús quería dar de comer a esas personas?
¿O que el “verdadero milagro” fuera compartir?
Es posible, supongo, que el “ante todo” sea una simple expresión confusa (en inglés dice “first of all»), pero el hecho de que vaya en la misma dirección que la frase principal resulta especialmente desafortunado.
Asimismo, el texto papal se refiere al milagro como “lo que comúnmente se conoce como la ‘multiplicación de los panes’“. Es una redacción muy extraña. ¿Por qué se pone ‘multiplicación de los panes’ entre comillas, en vez de hablar, simplemente, de la multiplicación de los panes, como ha hecho siempre la Iglesia?
Es difícil no pensar que lo único que se consigue con ello es distanciarse de la interpretación tradicional del milagro y dar pábulo a una interpretación secularizada y meramente natural del suceso.
Estas infelices afirmaciones, además, no pueden considerarse en el vacío.
Lo cierto es que
la negación del milagro de la multiplicación
de los panes y los peces
es habitual
en la mayoría de los autores heterodoxos modernos, que no creen en ese milagro porque no creen en ningún milagro.
En ese sentido,
es un error especialmente grave,
por ser actual y no una herejía olvidada de hace siglos.
No podemos permitirnos, pues, ninguna confusión en este tema, ni siquiera aunque solo fuera aparente. Por las malas predicaciones y la presión de la incredulidad moderna, gran cantidad de fieles están predispuestos a errar en esta materia y se corre el riesgo de que el mensaje del Papa los confirme en el error.
En cuanto a sus consecuencias,
finalmente,
no se trata de unas frases sin importancia.
Si el “verdadero milagro”
fuera una leccioncita bienintencionada,
entonces el Evangelio,
que relata un milagro literal,
estaría mintiendo.
- Si la Iglesia se ha estado equivocando durante dos milenios al creer en la multiplicación de los panes sin comillas, ¿por qué deberíamos fiarnos de ella en todo lo demás?
- Si el Evangelio y la Tradición de la Iglesia no son fiables, nuestra fe no tiene sentido y somos los más desgraciados de todos los hombres.
- Si lo que importa “ante todo” es algo meramente natural como dar de comer al que no tiene alimento, entonces moriremos en nuestros pecados, porque la fe, la Redención, la Resurrección, el perdón de los pecados y la vida eterna son realidades sobrenaturales. Están en juego cuestiones fundamentales.
Por supuesto, es posible (y más que deseable) que el redactor del mensaje del Papa no haya sido el propio Papa.
En ese caso, con todo el respeto, creo que sería aconsejable que el Papa leyera los mensajes que firma y a los que da su autoridad, para evitar el mal uso de esa autoridad en daño de la fe por colaboradores poco doctos o poco ortodoxos.
De cualquier modo, cuando se emite un texto con errores doctrinales (o, como mínimo, que puede dar lugar a esos errores), parece necesario reconocerlo y corregirlo públicamente por el bien de la Iglesia y de los mismos responsables.
Si el mismo Señor nos advirtió que de toda palabra ociosa que hablen los hombres se les pedirá cuenta el día del Juicio, ¿cuánto más no habrá que evitar palabras que pueden llevar a error a quienes las leen sobre temas muy graves?
Como comprenderán, estoy deseando que vuelva una cierta tranquilidad a la Iglesia y no me agrada tener que escribir este artículo, pero los laicos, por nuestro bautismo, estamos llamados a rechazar lo que no es acorde con la fe o puede ponerla en peligro.
La propia Palabra de Dios nos lo manda: si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio contrario al que os hemos anunciado, sea anatema.
- Santo Tomás añadió que el deber de corrección incluye los errores de los superiores y la corrección puede ser pública:
habiendo peligro próximo para la fe, los prelados deben ser rebatidos, incluso públicamente, por los súbditos”.
- San Agustín decía que amonestar con caridad a un superior no es considerarse mejor que él, sino ir en auxilio de quien está en un peligro tanto mayor cuanto más alto es el puesto que ocupa.
- El Derecho Canónico (c. 212 § 3) y el Concilio Vaticano II (LG 37) nos recuerdan que decir estas cosas con respeto y caridad a los pastores es un derecho de los fieles, además de, en ocasiones, un deber.
Por suerte, la inmensa mayoría de las veces sucede lo contrario y son los pastores los que nos amonestan debidamente a los laicos. Yo lo prefiero, la verdad.
En fin, amemos la fe católica y recemos por el Papa y los demás pastores, como también es nuestro deber.

Por BRUNO MORENO RAMOS.
INFO CATÓLICA.

