No nos acostumbremos al sufrimiento ajeno

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XI Domingo del Tiempo Ordinario

En este domingo se nos presenta una vez más ese rasgo esencial en la vida de Jesús, la compasión hacia los demás. Nos dice el Evangelio: “Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas”. La compasión es el sentimiento de tristeza que se produce al ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo. No basta sentir tristeza, lo importante es el impulso y de allí la decisión a tratar de remediar el sufrimiento del otro. Recordemos que Jesús vivía atento a las personas necesitadas que encontraba por el camino: Al mirar al paralítico de Cafarnaúm, a los dos ciegos de Jericó, a la anciana encorvada por la enfermedad se le conmueven las entrañas. No es capaz de pasar de largo sin hacer algo por aliviar el sufrimiento ajeno.

Lo que más le dolía a Jesús al ver a las personas y muchedumbres, era que “estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. Ni las autoridades representantes del Imperio Romano, ni los dirigentes religiosos de Jerusalén se preocupaban de aquella gente del pueblo. Jesús tenía una mirada diferente, no era como la mirada de aquellos dirigentes rigoristas que sólo miraban impiedades en el pueblo, ignorancia de la ley e indiferencia religiosa, tampoco como los Romanos que sólo miraban la posibilidad de cobrar más impuestos. Tampoco miraba como el Bautista, que veía corrupción e inconciencia ante la llegada inminente del Mesías. Jesús no ve números, ve personas; no ve masas, ve historias. La mirada de Jesús estaba llena de cariño, respeto y amor hacia las personas, pero también hacia las muchedumbres; sufría al ver tanta gente perdida y desorientada; le dolía el abandono en el que se encontraban tantas personas maltratadas por la vida, las veía como víctimas, abandonadas. Aquellas personas no necesitaban escuchar más condenas, sino conocer una vida más sana; por eso Jesús inició un nuevo movimiento donde les dio poder a sus Apóstoles y discípulos, no para juzgar, no para condenar, sino para curar toda enfermedad y dolencia.

Recordemos lo que les pidió:

1°. Curar a los enfermos, es decir, ayudar a las personas de todo lo que los hace sufrir en el cuerpo y en el alma.

2°. Resucitar muertos, es decir, liberar a las personas de todo aquello que mata sus esperanzas, aquello que las bloquea para vivir una vida digna. Despertar en ellos el amor a la vida, la confianza en Dios.

3°. Limpiar leprosos, es decir, limpiar de tanta hipocresía, corrupción, egoísmos, individualismos, miradas miopes, etc.

4°. Arrojar demonios, es decir, liberar a las personas de tantos diosecillos, ídolos que los esclavizan, ideologías que los pierden, políticas dictatoriales que los esclavizan y mientras con palabras hablan de preocupación por los pobres, en los hechos muestran indiferencia.

Hermanos, la finalidad de reunir e invitar a formar parte de sus discípulos, Jesús lo dejó bien claro, era para prolongar la sensibilidad hacia las necesidades de los demás y que esa sensibilidad nos conduzca a ayudar a aliviar esos sufrimientos. Es momento de que volteemos hacia nuestra Iglesia, nuestras parroquias o comunidades y analicemos ¿qué tan sensibles nos mostramos? ¿nos preocupamos y ocupamos del dolor ajeno? ¿cómo es nuestro compromiso para con los que sufren? Todos los cristianos debemos sentirnos cuestionados por el Evangelio. Todos tenemos alguien cerca que sufre y que necesita de nosotros, ¿somos capaces de ser compasivos? No caigamos en la insensibilidad, en la indolencia que tanto daño causa. Me pregunto: ¿Cuál es la razón de la tarea evangelizadora de todos los bautizados que formamos la Iglesia: generar adeptos o aliviar el sufrimiento de los más pobres y despreciados? Es evidente que lo segundo. No es casual que Mateo presenta antes de describir la misión de los discípulos un resumen de la actitud compasiva y de la acción sanadora de Jesús. Eso parece indicar que la compasión y el alivio del sufrimiento, no son opcionales, sino un imperativo irrenunciable y el punto de partida de todo trabajo evangelizador.

En nuestra cultura se está perdiendo la sensibilidad ante el sufrimiento; es una cultura que, a través de videojuegos de violencia, de series de narcos, de películas sobre guerra, presenta el sufrimiento como algo normal, algo que les pasa a otros; es una cultura que resalta lo individual, que promueve la felicidad o bienestar personal, aunque sea en detrimento de otros. Estamos viviendo en una cultura individualista, egoísta, donde el dolor ajeno es parte de una estadística (tantos muertos, tantos desaparecidos, se desplomó la economía, subió la gasolina, etc.) Pareciera que la sensibilidad no tiene cabida en nuestra sociedad.

Hermanos, no nos acostumbremos al sufrimiento ajeno. Invito a mis hermanos de la política, a quienes se lanzaron para prestar un servicio a favor del pueblo y que ahora están en el poder, no olviden sus campañas y sus promesas; nos lastima la indolencia de tantos políticos que llegaron al poder y se olvidaron del sufrimiento del pueblo. No permitan que sus corazones se hagan insensibles al sufrimiento ajeno, no hagan oídos sordos a tantos gritos. “Jesús vio a la muchedumbre y sintió compasión”. Como Obispo me pregunto: ¿Cómo ven los políticos a las muchedumbres? Llego a una conclusión: Tal vez, muy probable, parece que llegan a ver a las muchedumbres con el signo de votos de las elecciones y parecería que a cambio de los hermanos asesinados y desaparecidos, se dan programas de bienestar. No olvidemos, ningún bien material vale más que cualquier vida.

Hermanos, no podemos decir que seguimos a Cristo si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de los demás. No perdamos la sensibilidad, tratemos de ver a los demás con la mirada de Jesús. Preguntémonos: ¿Cómo miraría Jesús a los ancianos, a las madres buscadoras, a tantas personas a quienes les levantaron a un ser querido o les quitaron la vida? ¿Cuál sería la actitud de Jesús ante la enfermedad de mi vecino? ¿Qué haría Jesús ante tal sufrimiento? Cuestionemos nuestra manera de creer y preguntémonos: ¿Con mis actitudes ante el sufrimiento, puedo considerarme discípulo de Jesús? ¿Qué puedo hacer ante tanto sufrimiento?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *