“No hay peor injusticia que cerrar el cielo”: sobre el deseo de Dios

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

No es solo el final de una búsqueda o el resultado de una elección, sino que el deseo de Dios forma parte de nuestra propia condición humana. La experiencia de Dios a veces fluye como respuestas inesperadas y sorprendentes, y a veces ciertamente no rebasa el ámbito de las preguntas, pero se trata en todo caso de un deseo imborrable que hace girar nuestra existencia en el ámbito de la divinidad.

De ahí que algunos lleguen a sostener que el simple deseo de Dios es ya el comienzo de la fe. No se puede ignorar, no se puede reprimir, no se pude extirpar porque el deseo de Dios es connatural al ser humano. Lo sabemos, lo intuimos, aunque no siempre somos capaces de saciar la necesidad que el alma tiene de Dios.

No se puede dejar de amar, dejar de reflexionar, dejar de ser libres porque entonces estaríamos alterando y condicionando la naturaleza humana. Tampoco se puede reprimir, perseguir y combatir el deseo de Dios porque nuestra vida perdería su equilibrio, limitaría dramáticamente sus horizontes y generaría condiciones de vida adversas para el mismo hombre.

No se puede hacer eso, aunque en algunos momentos de la historia ha habido ideologías y regímenes políticos que han impuesto condiciones inhumanas para perseguir y reprimir el deseo de Dios, generando caos y desolación.

Mons. Reig Plá se refiere a la injusticia que cometen los gobiernos cuando intentan expulsar a Dios de la sociedad y del corazón del hombre: “El hombre tiene un deseo de infinito, de absoluto y hay una inadecuación entre ese deseo y lo que el mundo puede ofrecernos. Si le pedimos a las cosas lo que las cosas no nos pueden dar, ese deseo de infinito no tiene respuesta y no hay más salida que la desesperación o la acomodación a las cosas… De ahí la injusticia radical del ‘mundo sin Dios’ en el que vivimos, donde no solo hemos expulsado a Dios de la plaza pública, sino que lo vamos expulsando del corazón y la conciencia de las personas”.

“No hay peor injusticia que cerrar el cielo”, decía Julián Marías. Cerrar las puertas del horizonte trascendente en una sociedad como la nuestra es la peor injusticia porque es cerrarle al corazón humano esa aspiración que está presente en él por ser aliento divino, por ser hijo de Dios, por estar habitado por el Espíritu Santo, por ser seno mismo donde habita la Trinidad.

No han faltado en nuestra historia intentos de esta naturaleza con terribles consecuencias. Sin embargo, el ser humano se aferra, cultiva y defiende este deseo de Dios, a pesar de estas vicisitudes culturales e históricas.

Este deseo de Dios no sólo lo constatamos en el pueblo fiel, humilde, devoto y perseverante que ha venido moldeando su alma en torno a Cristo, a María Santísima, a la Iglesia y los sacramentos; en los jóvenes que directa o indirectamente, consciente o inconscientemente tienen sed de Dios. También lo constatamos en la vida de tantos hermanos que han vivido al margen de la cultura cristiana, en las personas que quizá combatieron la fe cristiana abiertamente; en los hermanos que presumieron no necesitar de Dios al sentirse autosuficientes con su dinero, prestigio, conocimientos y poder, pero que finalmente experimentaron el vacío y una sed profunda de infinito.

 “Si nos encontramos con un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos creados para otro mundo”, decía C. S. Lewis.

Benedicto XVI, por su parte, sostenía: “El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios”.

Este deseo de Dios lo vemos en los griegos que habían llegado a Jerusalén para las fiestas de pascua y dijeron a Felipe, el de Betsaida de Galilea: “Queremos ver a Jesús”, de acuerdo al evangelio.

¡Griegos, precisamente! Venían de la filosofía, de la cultura, de la metrópoli del pensamiento humano. Griegos que conocían la tradición de Sócrates, Platón y Aristóteles plantean a un pescador quizá la principal inquietud de su vida: “Queremos ver a Jesús”.

Y la respuesta de Jesús se vuelve paradigmática ya que cambia sus esquemas y anticipa la forma más plena para ver a Dios y saciar la sed de infinito. La respuesta de Jesús no apunta a la belleza, o al cosmos, o a la armonía interior, sino que habla del misterio de la cruz para recibir la luz y saciar el deseo de Dios.

Considerando el mundo cultural helénico Mons. Fulton Sheen comentaba así este pasaje evangélico: “Jesús les recordó que Él no era simplemente un maestro; que si estuviera entre ellos no sería para desempeñar el papel de un Platón o de un Solón… La naturaleza humana no alcanza su grandeza por medio de la poesía y el arte, sino pasando a través de una muerte… No había venido para ser un moralista, sino un Salvador. No venía para añadir algo a los preceptos de Sócrates, sino para dar una vida nueva…

Los griegos habían venido a nuestro Señor diciendo: ‘Quisiéramos ver a Jesús’, probablemente debido a la majestad y belleza, que como adoradores del dios Apolo tanto apreciaban. Pero él aludió al aspecto maltrecho que ofrecería una vez estuviera en la cruz, y añadió que únicamente mediante la cruz podría haber en la vida de ellos la belleza del alma en la nueva vida regenerada…”

Como Felipe y los apóstoles, estamos para canalizar este deseo, para ser puentes a la hora de llegar a Jesús, para manifestar la nueva vida que recibimos de él y para seguir anunciando el evangelio de la cruz que es “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1Cor 1, 23).

En todos los hombres existe este deseo de Dios, a veces plenamente reconocido y otras veces reprimido, por lo que nuestra misión, como Felipe, es llevarlos a Jesús, mostrarlo, y no sólo demostrarlo.

“Queremos ver a Jesús”. Se trata de la petición que hacemos a la Iglesia esta Semana Santa:
Busco tu rostro (Salmo 26)

“Este es el deseo de mi vida que recoge y resume todos mis deseos: ver tu rostro. Palabras atrevidas que yo no habría pretendido pronunciar si no me las hubieras dado tú mismo. En otros tiempos, nadie podía ver tu rostro y permanecer con vida. Ahora te quitas el velo y descubres tu presencia. Y una vez que sé eso, ¿qué otra cosa puedo hacer el resto de mis días, sino buscar ese rostro y desear esa presencia?

Ese es ya mi único deseo, el blanco de mis acciones, el objeto de mis plegarias y esfuerzos y el mismo sentido de mi vida. He estudiado tu palabra y conozco tu revelación. Sé lo que sabios teólogos dicen de ti, lo que los santos han contado acerca de sus tratos contigo. Pero ahora sé que puedo aspirar a mucho más, porque tú me lo dices, me llamas y me invitas. Y yo lo quiero con todo mi ser. Quiero ver tu rostro.

Tengo ciencia, pero quiero experiencia; conozco tu palabra, pero ahora quiero ver tu rostro. Tú sabes la hora y el camino. Tú eres el dueño del corazón humano y puedes entrar en él cuando te plazca. Ahí tienes mi invitación y mi ruego. A mí me toca esperar. Así lo hago. ‘Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo… y espera en el Señor’” (C. G. Vallés).

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