Mutilan la Biblia para congraciarse con los impulsores de la ideología de género

ACN

Se ha vuelto habitual, y no solo hoy, que la Liturgia de la Palabra omita textos bíblicos.

A menudo hablamos de una «lectura continua» de las Sagradas Escrituras, pero en realidad esta continuidad se ve interrumpida repetidamente por omisiones que, aunque quizá tengan una intención pastoral, terminan empobreciendo el mensaje.

Es un fenómeno antiguo, pero que hoy adquiere un matiz particular, casi de excesiva cautela, un temor a perturbar u ofender la sensibilidad de nuestro tiempo.

Pero la Palabra de Dios no debe suavizarse:
está viva,
penetrante,
capaz de discernir
los pensamientos
e intenciones
del corazón.
Y si se amputa,
se le arrebata precisamente
ese poder salvador.


En estos días, la Iglesia nos ofrece una lectura de la Carta a los Romanos, quizá la más profunda y teológica de las cartas de Pablo, aquella en la que reflexiona con claridad y pasión sobre el misterio de la justicia de Dios y la salvación ofrecida a todo ser humano.

Ayer, l pasaje litúrgico es Romanos 1:16-25, donde el Apóstol afirma con vehemencia que el Evangelio es el poder de Dios para la salvación de todo aquel que cree, y describe cómo la humanidad, a pesar de conocer a Dios, ha elegido adorar a la criatura en lugar del Creador.

Hoy, 15 de octubre,
sin embargo,
pasaremos directamente al capítulo 2,
en el que
algunos obispos,
sacerdotes
o editores de los «Misales»,
están omitiendo
un pasaje crucial:
Romanos 1:26-32, a saber:

Por esta razón, Dios los entregó a pasiones vergonzosas; incluso sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza.

Y de igual modo también los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo actos vergonzosos hombres con hombres, recibiendo en sí mismos el justo castigo por su error.

Y como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran lo que no conviene, estando llenos de toda clase de injusticia, maldad, avaricia y malicia; repletos de envidia, homicidio, egoísmo, engaño y malicia; chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, injuriadores, orgullosos, jactanciosos, inventores del mal, desobedientes a los padres, insensatos, infieles, insensibles y crueles.

Y aunque conocen el justo decreto de Dios, que los que practican tales cosas merecen la muerte, no solo las hacen, sino que también aprueban a los que las practican.

En estos versículos, San Pablo simplemente expone las consecuencias de lo que acaba de decir.

Habla de una humanidad que, al rechazar la verdad de Dios, se encuentra perdida y presa de sus propias pasiones. Las palabras son contundentes, sin duda:

Por eso Dios los entregó a pasiones vergonzosas…».

Pablo describe el desorden moral que surge cuando la verdad se sustituye por la mentira, cuando el bien se cambia por el mal y el mal por el bien.

Es un texto duro, pero cierto.
Es el realismo de la Escritura,
que no teme exponer
la miseria humana
para revelar
la misericordia de Dios.

Sin embargo, este mismo pasaje permanece silenciado. ¿Por qué?

Podría pensarse que es una decisión de discreción, por respeto a quienes podrían sentirse afectados o juzgados. Pero la Palabra de Dios no juzga para condenar, sino para iluminar, para llamar a la conversión. Si silenciamos lo incómodo, si borramos lo perturbador, no protegemos a las personas: les privamos de la capacidad de mirarse al espejo, de reconocer sus propias heridas y de orar por su sanación.

Existe una sutil forma de censura espiritual que, en nombre de la «corrección política», corre el riesgo de volver la Palabra inofensiva, domesticada.

Pero la Palabra
no es solo un bálsamo que consuela:
es también
un fuego que purifica,
una espada que separa,
una verdad que desafía.
Quienes proclaman el Evangelio
no deben temer ofender,
sino más bien
temer la infidelidad.

San Pablo no escribió para condenar al hombre, sino para recordarle que, sin Dios, todo se corrompe; que la gracia no puede comprenderse sin antes reconocer el pecado.

Eliminar esos versículos
significa eliminar
un fragmento de la verdad,
y sin verdad
no hay salvación.
No se trata
de defender un ‘moralismo antiguo’,
sino de preservar la Palabra íntegra,
sin concesiones
ni mutilaciones.

Quizás deberíamos volver a leerlo todo, incluso lo que no nos gusta, incluso lo que nos incomoda. Solo entonces la Palabra podrá volver a herir para sanar, a perturbar para convertir, a juzgar para salvar. Cortar no es bueno para el alma: la Palabra, para ser luz, debe ser íntegra.

SÁBADO 15 DE NOVIEMBRE DE 2025.

INVESTIGATORE BIBLICO.

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