Este sábado 7 de noviembre de 2026, mientras el papa León XIV desarrolla su primera visita apostólica a Latinoamérica, iniciada el viernes en Uruguay, con agenda en Montevideo, Paysandú y otras localidades antes de continuar hacia Argentina y Perú, en Centroamérica un delegado pontificio de origen mexicano preside la elevación a los altares de un mártir guatemalteco. El cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, actúa en nombre del pontífice en la beatificación de fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio, OFM, exactamente 43 años después de su asesinato por defender el sigilo sacramental de la confesión.
La ceremonia eucarística se celebra a las 10:00 horas (hora local) en la Finca Municipal Florencia, también conocida como Parque Ecológico Florencia, en Santa Lucía Milpas Altas, departamento de Sacatepéquez, a unos 35 kilómetros de la Ciudad de Guatemala y cercana a Antigua Guatemala. Se espera la asistencia de más de 15 mil personas (algunas estimaciones llegan a 25 mil), entre ellas 27 obispos, dos cardenales y alrededor de 300 sacerdotes, además de familiares, religiosos franciscanos, comunidades indígenas y campesinas. El ingreso es gratuito y abierto al público. Tras la misa, a las 12:00 horas, la reliquia del nuevo beato sale de la finca hacia Antigua Guatemala, donde entre las 12:00 y las 13:30 se inicia un recorrido procesional a pie que parte del puente del Matasano, atraviesa calles históricas y concluye en el Santuario de San Francisco el Grande, templo donde el franciscano ejerció su ministerio y que muchos fieles llaman “el santuario de la misericordia”. Previamente se expusieron indumentaria y recuerdos del fraile. La fecha coincide día por día con el aniversario de su martirio, reconocido por el papa León XIV mediante decreto del 22 de enero de 2026, que lo declaró mártir in odium fidei, lo que permite la beatificación sin necesidad de milagro. Será el primer sacerdote guatemalteco elevado a los altares.
Augusto Rafael Ramírez Monasterio nació el 5 de noviembre de 1937 en la Ciudad de Guatemala, hijo menor de una numerosa familia católica, nueve hermanos, formada por Valerio Z. Ramírez y María Trinidad Monasterio. Cursó primaria en Guatemala y secundaria en el Colegio Seráfico de los Frailes Menores de Diriamba, Nicaragua. Ingresó a la Orden de Frailes Menores, realizó el noviciado en Jumilla, España, estudios de filosofía y teología en Hellín, Orihuela y Teruel, y fue ordenado sacerdote el 18 de junio de 1967 en la iglesia de San Francisco de Teruel. Tras servir en Nicaragua como formador y completar estudios en Salamanca, regresó a Centroamérica. En 1978 fue nombrado guardián y párroco de San Francisco el Grande en Antigua Guatemala, donde dedicó su ministerio a los pobres, campesinos, indígenas y jóvenes, impulsando obras sociales y el acompañamiento pastoral en medio del conflicto armado interno (1960-1996).
En junio de 1983, después de confesar y acompañar a un campesino vinculado a la guerrilla que buscaba acogerse a una amnistía (ayudándolo a regularizar documentos), fue detenido por fuerzas de seguridad en la base militar de Chimaltenango. Lo torturaron —colgado, golpeado y quemado en manos y pies— para que revelara el contenido de la confesión. Se negó firmemente, invocando el sigilo sacramental. Liberado bajo amenazas y vigilancia, rechazó abandonar el país: “No debo nada a nadie, yo no me voy. Hay que dar un precedente”. El 7 de noviembre de 1983, dos días después de cumplir 46 años, fue secuestrado nuevamente. Su cuerpo, con signos de tortura y múltiples impactos de bala, fue hallado tras un intento de fuga en las afueras de la capital. La Iglesia reconoció que murió por odio a la fe al defender el sacramento de la Reconciliación.
En un videomensaje difundido con ocasión de la beatificación, el cardenal José Francisco Robles Ortega destacó que fray Augusto “dedicó su ministerio al servicio de Dios y de los más necesitados, especialmente de los campesinos y los pobres”. Subrayó que “en medio de un contexto de violencia y persecución, permaneció fiel a su vocación sacerdotal, incluso ante las amenazas y torturas que sufrió por defender el secreto de la Confesión”. Para el purpurado mexicano, este martirio “nos recuerda el valor sagrado de este sacramento en el que cada persona puede encontrarse con la misericordia y el perdón de Dios”. Invitó a los fieles a unirse espiritualmente a la celebración y a dar gracias al Señor por el testimonio del nuevo beato: “Que su ejemplo fortalezca nuestra fe, renueve nuestro amor al sacramento de la Reconciliación y nos anime a vivir con valentía y fidelidad nuestra vocación cristiana”.
Robles Ortega, quien en agosto recibió en Guadalajara al vicepostulador fray Edwin Alvarado y expresó que será la primera vez que realiza un oficio de esta naturaleza considerándolo un honor, leerá la carta apostólica, preside la Eucaristía y proclama al beato con la autoridad delegada por el Papa. Su designación se inscribe en una línea de cardenales mexicanos llamados a representar al Romano Pontífice fuera de sus diócesis.
La Conferencia Episcopal de Guatemala ha preparado el evento “con alegría”, recordando que la sangre derramada por fidelidad, que hace 43 años provocó conmoción y dolor, es hoy motivo de gozo, evocando el Salmo 126: “los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares”. Los obispos lo presentan como ejemplo del compromiso de muchos sacerdotes que defendieron la dignidad humana y los derechos durante los años de violencia. El propio León XIV recordó estas beatificaciones, la de Guatemala y la de 80 mártires en Santander, en la audiencia general del 4 de noviembre, antes de partir hacia Uruguay.
En un contexto regional marcado por la visita papal al Cono Sur y por la memoria de la violencia en Centroamérica, la beatificación de fray Augusto Ramírez Monasterio renueva el testimonio de la inviolabilidad del confesionario y de la caridad que se entrega hasta el final. Mientras el Papa recorre Uruguay, el delegado mexicano eleva en Guatemala al primer sacerdote del país a los altares, ofreciendo a la Iglesia universal un modelo de fidelidad sacramental y de servicio a los más pobres. La procesión de la reliquia hasta San Francisco el Grande cerrará una jornada que convierte el aniversario del martirio en fiesta de esperanza.

