Meditaciones para la casa, la oficina o la escuela: jueves de la 32.ª semana del tiempo ordinario

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Reflexión para meditar el jueves de la semana treinta y dos del tiempo ordinario. Los temas propuestos son:


EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy, algunos fariseos preguntan a Jesús cuándo llegará el reino de Dios. Tienen la idea de que la llegada del Mesías estaría acompañada de manifestaciones prodigiosas y de un castigo para quienes se le oponen. La respuesta de Cristo, sin duda, los desconcertó por completo: «El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: “Mirad, está aquí”, o “está allí”; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lc 17,20-21).

El Señor, que nació en el silencio de Belén y vivió durante treinta años como un habitante más de Palestina, instaura su reino en la tierra con la misma discreción que caracterizó su existencia terrena. «Lo que define al cristiano no son tanto las condiciones exteriores de su existencia, cuanto la actitud de su corazón»[1], dice san Josemaría; es allí donde la apertura a Dios instaura un nuevo orden, una nueva paz.

Pensar en el reino de Dios es, en primer lugar, considerar cómo sabemos encontrar al Señor en nuestra vida ordinaria: en la familia, el trabajo, las pequeñas cosas de cada día; cómo entendemos que la redención nos alcanza no por estrategias humanas externas, sino en lo más íntimo de nuestra vida. «Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra –sigue san Josemaría–, no ofrece un programa político, sino que dice: “ haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos”; encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva, y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino. Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero, lo único verdaderamente necesario»[2].


«YO SOY LA VID, vosotros los sarmientos –dice el Señor–; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante» (Jn 15,5). Estas palabras que hoy recita la Iglesia antes del Evangelio nos sirven para seguir meditando en la instauración del Reino de Dios en nuestra alma y, desde ella, en el mundo que nos rodea. Permanecer unidos a la vid, que es Cristo, en todo momento y en toda ocasión, cada día, cada hora, cuando es fácil y cuando es más arduo: tenemos aquí un ideal apasionante y fecundo.

¿Cómo reina el Señor en mi trabajo?, podemos preguntarnos, examinando la actividad que ocupa la mayor parte de nuestro tiempo; la actividad que transforma el mundo y que, como enseñaba san Josemaría, es la materia de nuestra santidad. Y quizá nos damos cuenta de tantas cosas que podemos mejorar en la realización del propio trabajo: concentración, buen humor, pensar en los demás… También puede suceder que trabajemos mucho y bien, pero no por amor a Dios y como expresión de servicio a las otras personas, sino pensando casi exclusivamente en nosotros mismos.

Un modo concreto de saber hasta qué punto reina el Señor en nosotros es examinar cómo cuidamos nuestro plan de vida espiritual, el tiempo que dedicamos a la Santa Misa, la oración mental o vocal, la lectura de la Biblia y de algún libro espiritual… Si lo primero en nuestra existencia cotidiana es el Señor y los deseos de colaborar en la redención del mundo, estos tiempos gozarán de una real y efectiva prioridad, pues nos ayudarán a ser levadura en medio de la masa, sal en el mundo. Como es obvio, a veces podrán surgir imprevistos, y no habrá otro remedio que cambiar de planes; pero nuestras prácticas de piedad no quedarán habitualmente en el olvido a la mínima que se presenten contratiempos. El Reino de Dios llega a nosotros y a quienes nos rodean solo si estamos habitualmente unidos a la verdadera vid.


OTRO ÁMBITO en donde el Reino de Dios se construye sin espectáculo es el de la relación con los demás y, especialmente, en la propia familia. En el hogar, podemos practicar continuamente las virtudes de la convivencia: buen humor, no darse demasiada importancia a uno mismo, cordialidad, empatía, escucha; paciencia, mansedumbre, delicadeza… Si buscamos decididamente la santidad de la vida cotidiana en el hogar, pidiendo al Espíritu Santo que nos ayude a permanecer en su amor, sabremos llevar después esa caridad cristiana a nuestras relaciones profesionales y sociales; también a aquellas personas que se hallen en especial necesidad: solas, abandonadas, descartadas u obligadas a dejar su tierra.

En efecto, el modo en que Dios ha deseado concedernos sus dones se lleva a cabo de un modo sorprendentemente humano: a través de las relaciones de unos con otros. En cierto sentido, este es el motivo por el que vivimos juntos y por el que deseamos servirnos mutuamente. San Josemaría nos animaba a dejar que Cristo reine en nuestra alma para, de esa manera, como él y con él, ser servidores de todos: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen»[3].

Pidamos a nuestra Madre del cielo que sepamos ser dóciles al Espíritu Santo, para que instaure el Reino de Dios en nuestro corazón y nos convierta en servidores de todos los hombres.


[1] San Josemaría, Conversaciones, n. 110.

[2]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 180.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.

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