Me sedujiste señor

Pbro. Crispín Hernández Mateos
Pbro. Crispín Hernández Mateos

Las lecturas de este domingo plantean las exigencias del discipulado, entre las cuales está renunciar a uno mismo, es decir, a los criterios de este mundo, para ser trasformados por Cristo, por su proyecto y su misión en la tierra. Veamos.

«No se dejen transformar por los criterios de este mundo» Rm 12,2

Los criterios son los juicios que rigen un comportamiento o una actitud y debemos estar convencidos de ellos, para poder actuar en consecuencia. Los Obispos en Puebla (1979), afirmaron que los criterios del mundo son: el tener, el poder y el placer. San Pablo escribe a los romanos convertidos al cristianismo, que se abstengan de tomarlos como criterios de vida ¿por qué? Porque estos criterios son efímeros y toman como fines, cosas que solo pueden ser medios. Veamos. El tener se refiere a la posesión de las cosas, las cuales aparentemente lo son todo en la vida; el poder se refiere a una posición, cargo o nivel social, el cual, engañosamente otorga dignidad y autoridad;  y el placer, que supuestamente da toda la felicidad. Pero los criterios que exige Jesús son diferentes, el propone la vivencia de la misericordia, la lucha por la paz, el trabajo por la justicia y la pobreza de espíritu como medios para ser felices, dichosos, bienaventurados (cf. Mt 5,3-11).

«Apártate de mí, Satanás» Mt 16,23

Pedro trata de disuadir a Jesús de llevar a cabo la obra encomendada por su Padre, por ello, éste lo hace a un lado y lo reprende como si fuera el mismo diablo; porque, todo lo que se opone a la obra de Dios, viene de Satanás. Como discípulos misioneros, debemos preguntarnos cuántas veces y en qué situaciones, también nosotros somos partidarios del diablo, al que no querer hacer la voluntad de Dios u oponernos a ella. Debemos de comprender, como dice san Pablo, que el mal se vence a fuerza del bien, así como la verdad vence a la mentira, el amor al odio y la vida a la muerte (cf. Rom 12,21). San Pedro no ha comprendido aún la obra maravillosa de la Redención obrada por Cristo desde su Encarnación y dispuesta de una manera más clara con su muerte y Resurrección (cf. PGP 3,104, 105), por ello, el mismo diablo le empuja a oponerse a ella. Pero Cristo afirma, hablando más en concreto de su Iglesia, que «los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella» (Mt 16,18b), con esto damos por hecho, que Dios siempre vencerá al mal.

«El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» Mt 16, 24

El discipulado es una obra de Cristo, quien nos llama (nos convoca) para ser parte de Él, para estar con Él y luego enviarnos a predicar (cf. Mc 3,14). Por eso, la iniciativa nunca es del ser humano sino de Dios, que desde que nos creó nos llamó a ser parte de su proyecto salvífico. Sin embargo, la decisión de seguirlo no es de Él, sino de nosotros. Cada ser humano es libre de seguirlo o rechazarlo. Si decidimos seguirlo, debemos de tomar las exigencias evangélicas: «dejarlo todo» (Mt 19,27), «renunciar a uno mismo» (Mt 16,24b), «tomar la cruz de cada día» (Mt 16,24c) y emprender el camino del amor, del servicio, de la entrega de la vida (cf. Mt 16,24d.25). Cristo también nos exige fidelidad (cf. Mt 10,33), cumplir la voluntad de su Padre (cf. Mt 7,21), velar y orar para con caer en tentación (cf. Mt 26,41) y amarnos unos a otros como Él nos ha amado (cf. Jn 13,34). Las exigencias son radicales, pero necesarias para emprender un auténtico discipulado cristiano. Y tú ¿sigues a Cristo o al Diablo?

Comparte: