Vivimos en una sociedad donde muchas veces las fechas especiales se convierten en campañas de mercadotecnia, regalos y publicaciones pasajeras. Sin embargo, el amor de una madre no puede limitarse a un solo día del calendario. Mamá merece ser celebrada siempre, porque su entrega, sacrificio y amor están presentes cada día de nuestra vida.
Desde pequeños creemos que mamá todo lo puede; que nunca se cansa, que no tiene miedo y que siempre será fuerte. Con el tiempo entendemos que también llora, se preocupa y enfrenta batallas silenciosas, pero aun así continúa sosteniendo a su familia con amor, fe y esperanza. Allí descubrimos la grandeza de su corazón.
Una madre no solo cuida; también guía, corrige, anima y enseña con el ejemplo. Sus palabras nos fortalecen en momentos difíciles y su abrazo tiene la capacidad de darnos paz aun cuando el mundo parece derrumbarse. Muchas veces damos por hecho su presencia, sin detenernos a agradecer todo lo que hace incluso en silencio.
Celebrar a mamá no debería reducirse al 10 de mayo. Celebrarla es escucharla, abrazarla, acompañarla y hacerle sentir cada día lo importante y valiosa que es. Es honrar su vida con amor sincero y gratitud constante.
Hoy y siempre, demos gracias a Dios por la bendición de tener a mamá, porque su amor es uno de los regalos más grandes que podemos recibir en esta vida.
Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.
–(Lucas 2, 51)

