Luto en Veracruz y en Puebla por la despenalización del aborto

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

El nacimiento es el bien supremo que ha acontecido en nuestra vida y que nos ha abierto a una dimensión siempre novedosa, donde no se termina uno de asombrar de todo lo que se conoce, de lo que se va descubriendo y de lo que se recibe gratuitamente en este mundo.

No se trata solamente de un hecho, eternizado en un instante, sino de un acontecimiento que forja nuestras raíces y marca solemnemente nuestra entrada en este mundo de amplios horizontes, que se extiende más allá de lo que alcanzamos a ver.

Respondiendo a las vibraciones del corazón, así como a las cavilaciones de la razón, el ser humano: agradece el don de la vida; espera ansiosamente la vida; acoge con ternura y delicadeza la vida humana naciente; cuida la vida, cuando es frágil y necesitada; celebra la vida; y, la defiende de manera inmemorial.

Acciones, intentos y amenazas por impedir que nazca la vida y por arrancar la vida en su desarrollo, siempre han existido. Sin embargo, el ser humano reacciona desde su propia esencia, se conmueve en lo más profundo de su conciencia y responde desde su instinto natural para favorecer y proteger la vida.

Desde nuestra constitución como personas y basándonos en el corazón, en la conciencia y en la razón, así contemplamos, celebramos y defendemos el don de la vida humana: como una maravilla ante la cual quedamos estupefactos y como un imperativo ante el cual tenemos que asentir.

Hay algo más todavía, pues lo que de suyo se ve ya como una prerrogativa, los ojos de la fe lo alcanzan a contemplar como una bendición, reconociendo una realidad sagrada en este acontecimiento que nos deja prácticamente atónitos, porque nos remite directamente al Creador.

Por eso, aunque en las cosas del alma, que es infinita, es muy difícil precisar el lugar exacto donde se agudiza un padecimiento, el sufrimiento que provoca el asesinato de las personas y, sobre todo, el asesinato de los más inocentes en el vientre materno, es tan infinito como el alma misma.

Por razones metafísicas, y hasta de sentido común, sólo quien ha nacido, y quien maravillado por este don ha regresado sobre sus propios orígenes, es capaz de afligirse y de lamentarse por las acciones para eliminar la vida, así como por las leyes que promueven el aborto, el cual es la antítesis del nacimiento.

Los eufemismos que ahora se usan en contra de la ciencia, de la conciencia y del sentido común, en una sociedad que se presume altamente desarrollada, no son capaces de desarticular esa realidad dramática que se experimenta por dentro, cuando se promueve y cuando se practica el aborto.

Las leyes que aprueban el aborto -llamado ahora en la neolengua “interrupción voluntaria del embarazo” (como si más adelante se pudiera reanudar ese proceso, porque a eso apunta una interrupción)-, no someten el corazón que siempre siente, se conmueve y se lamenta por acciones tan crueles. Aunque lo decretara el rey, la naturaleza humana no dejará de estremecerse ni de vivir el drama que provoca quitar la vida a un inocente.

Celebramos la vida porque se nos ha dado, porque hemos venido a este mundo, porque se nos ha acompañado y porque no dejamos de percibirla en su hermosura y en toda su espesura, a pesar incluso de las contrariedades que se pudieran presentar, porque como dice la periodista y escritora italiana Oriana Fallaci, es mejor el ser que la nada, vivir que nunca haber nacido:

“No obstante, incluso cuando soy desdichada, pienso que me disgustaría no haber nacido, porque nada es peor que la nada. Yo, te lo repito, no tengo miedo al dolor… En el fondo, tampoco tengo miedo de morir, porque si uno muere significa que ha nacido, que ha salido de la nada. Yo temo la nada, el no estar aquí, el tener que admitir no haber existido”.

La Fallaci, como era mencionada en los ambientes italianos, también señalaba: “Cuando hayas nacido no deberás desanimarte, decías, ni ante el sufrimiento ni ante la muerte. Si uno se muere quiere decir que ha nacido, que salió de la nada, y nada es peor que la nada. Lo malo es tener que decir que uno nunca existió”.

La despenalización del aborto en Puebla, el pasado 15 de julio, ha vuelto a agudizar este dolor infinito en nuestra alma y nos ha hecho recordar esta amarga experiencia que también vivimos en Veracruz, el 20 de julio de 2021, cuando la comunidad cristiana se encontraba celebrando al Divino Niño Jesús.

Nos encontrábamos admirando y contemplando la bondad, ternura y belleza de la niñez, mientras los diputados de Veracruz se encontraban decretando una sentencia de muerte contra los bebés, ese fatídico 20 de julio. En el momento en que la fe nos ponía delante la celebración del Niño Jesús, se orquestaba en el Congreso de Veracruz la eliminación de los niños. El maligno hizo coincidir la aprobación de una ley contra la vida y la niñez el día que celebrábamos la divina niñez de nuestro Salvador.

Así se urdía un escenario blasfemo que acentuaba el sufrimiento de los creyentes. Y es que, como dice el filósofo Peter Kreef: “El aborto es la parodia demoniaca de la Eucaristía que hace el anticristo. Por eso usa las mismas santas palabras: ‘Este es mi cuerpo’, pero en el blasfemo sentido contrario”.

En Veracruz, hace exactamente tres años, y en Puebla, recientemente, delante de la despenalización del aborto, la Iglesia ha respondido haciendo un llamado a los legisladores y gobernantes para no favorecer con el apoyo de las instituciones la descomposición social y la cultura de la muerte que tantas desgracias han traído a nuestro pueblo, que en su esencia ama la vida y reconoce la santidad de la misma.

La respuesta pastoral de la arquidiócesis de Puebla señala el trabajo que se espera de la pastoral litúrgica, de la comunicación, profética, familiar, de la vida, juvenil y social, a fin de que cada una de ellas, desde su dimensión específica, impulsen una serie de iniciativas y reflexionen sobre todos los aspectos relacionados con esta problemática tan delicada.

La Iglesia de Puebla muestra su consternación ante esta decisión lamentable, pero manifiesta su esperanza en que “Jesús, el Señor de la Vida, triunfará sobre la cultura del descarte y la cultura de la muerte”.

Sin embargo, mientras nos recuperamos de este dolor para seguir construyendo la cultura de la vida, a manera de reparación también compartimos el señalamiento que hace este comunicado: “Puebla [Veracruz y todos los lugares donde se impulsa la cultura de la muerte a través del aborto] está de luto por tanta sangre de inocentes que será derramada. ¡Que Dios nos perdone!”

Que Dios nos perdone y nos fortalezca para no ser indolentes ni indiferentes ante esta tragedia que vive nuestro país. Por supuesto que confiamos en la providencia, pero también sentimos el llamado apremiante a seguir defendiendo el designio de Dios sobre la vida, el matrimonio y la familia.

Vuelvo a citar a la Fallaci para tomar lo que nos corresponde en la lucha contra las ideologías que atacan rabiosamente nuestra identidad cristiana: “No defender el propio territorio, la propia casa, los propios hijos, la propia dignidad, la propia esencia, va contra la Razón. Aceptar pasivamente las tonterías o las cínicas mentiras que nos son administradas como el arsénico en la sopa es ir contra la Razón. Acostumbrarse, resignarse, rendirse por cobardía o por pereza es ir contra la Razón”.

Me identifico con las palabras de William F. Buckley, Jr., para enfrentar los tiempos que se nos vienen: “Quiero vivir mi vida como un hombre obediente, pero obediente a Dios, subordinado a la sabiduría de mis antepasados; nunca a la autoridad de las verdades políticas a las que llegamos ayer en las urnas”.

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