Los ángeles custodios

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«Toda la vida de la Iglesia se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles» (Catecismo de la Iglesia Católica No334). Transcribo las citas bíblicas que trae ese texto. Son todas de los Hechos de los apóstoles, es decir, de la Iglesia primera:

«Echaron mano de los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero el ángel del Señor les abrió de noche las puertas de la prisión. Y sacándolos, les dijo: “Id, presentaos en el Templo y predicad al pueblo todas estas palabras de vida”» (Hch 5,18-19).

«El ángel del Señor habló a Felipe, diciéndole: “Levántate y ve hacia el mediodía, por el camino que por el desierto baja de Jerusalén a Gaza. Se puso al punto en camino», y en él se produjo su encuentro con el ministro etíope y eunuco de la reina Candaces (8,26-27ss).

Herodes mandó detener a Pedro, y estando en la cárcel «dormido entre dos soldados, sujetos con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión por centinelas, un ángel del Señor se presentó en el calabozo, que quedó iluminado; y tocando a Pedro en el costado, lo despertó, diciendo: “Levántate pronto; y se cayeron las cadenas de sus manos… Viste tu manto y sígueme. Y salió detrás de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía: más bien le parecía que era una visión». Pero ya fuera, «vuelto en sí dijo: Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes» (12,6-11).

También Pablo, viajando preso en barco hacia Roma, en medio de una gran tormenta, fue confortado por un ángel: «Esta noche se me ha aparecido un ángel de Dios, de quien yo soy y a quien sirvo, que me ha dicho: “No temas, Pablo. Comparecerás ante el César, y Dios te hará gracia de todos los que navegan contigo”» (27,2-3-25)

*336  «Desde su comienzo hasta la muertela vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. “Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida” (San Basilio Magno, Adversus Eunomium 3,1). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios».

Desde el comienzo de la vida. «Mirad, no despreciéis a uno de esos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo el rostro de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 18,10). Ya el ser humano concebido, estando todavía en el seno de su madre, tiene su «ángel custodio», que a veces no lo librará del crimen del aborto, como tampoco libraron a Cristo de la muerte «doce legiones de ángeles» (Mt 26,53), que no quiso llamar.

Hasta su muerte. Lázaro, «el pobre murió, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham» (Lc 16,22).

Toda la vida humana está bajo su custodia. «El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles, y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,8). «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones» (Sal 91, 10-13). El ángel Rafael guía a Tobías (Tob 12,1-15).

Y bajo su intercesión. «Para él hay un intercesor, un ángel entre mil, que haga ver al hombre su deber, tenga piedad de él, y diga [al Señor]: “Líbrale del sepulcro”… Suplicará a Dios, y éste lo acogerá» (Job 33,23-24). «Y habló el ángel de Yavé, diciendo: “¡Oh, Yavé Sebaot! ¿Hasta cuándo no vas a tener piedad de Jerusalén y de las ciudades de Judá? (Zac 1,12).

–Realidad de la presencia y acción de los ángeles

Cuando en tantos lugares de la Biblia hombres y mujeres santos, plenamente fidedignos,  nos declaran que se les «apareció un ángel», que «tenía tal aspecto», que «se acercó» a ellos, que «les dijo esto y lo otro», ¿significan esas palabras que los ángeles, siendo criaturas de Dios puramente espirituales, invisibles, incorpóreos, sean «corporeizados» por Dios omnipotente para que puedan ser mensajeros visibles y audibles?

No, no lo significan. Los ángeles son lo que Dios los ha creado, y cuando «los envía» el Señor a ciertos hombres con un mensaje o para una cierta acción no muta su naturaleza para hacerlos visibles y audibles, no cambia su naturaleza puramente espiritual. No los hace por un momento corporales, cuando se aparecen en visión a un profeta o a un cristiano.

Los ángeles, criaturas como los hombres, obran realmente en el mundo humano, pero siempre confesaremos que se les aplica el principio que San Pablo afirma de otras criaturas libres, los hombres: «es Dios quien actúa en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). Dios es el Autor principal de la obra, y ciertamente puede dar a la acción del ángel, a quien da el querer y el obrar, una «visibilidad» o una «audibilidad» que no tiene de por sí el ángel. Y puede así dar al «vidente» o al «oyente» una visión o una audición que es real.

Puede Dios también en la misión concreta de un ángel no darle ni visibilidad ni audibilidad, como cuando, por ejemplo, se aparece a San José en sueños para «decirle» un mensaje divino de suma importancia. Puede Dios también, cuando envía un ángel a un grupo, hacerlo visible y audible a unos integrantes; o sólo visible, o sólo audible a otros, o puede darles por el ángel una locución interna, sin que tenga imagen o sonido. Camino de Damasco, por ejemplo, Saulo, de pronto, se vió «envuelto en una gran luz del cielo» y oyó «una voz que le decía» (Hch 22,6-7). «Los hombres que le acompañaban quedaron atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie» (9,7).

La acción del ángel sobre uno o más hombres es una acción real y personal: verdaderamente actúa co-labora bajo la moción de Dios, como «poderoso ejecutor de sus ordenes» (Sal 120,20); pero el modo del efecto en el hombre es Dios únicamente quien lo determina. Y lo que el hombre capta en la visita del ángel no es una ilusión, ni una alucinación, producidas por él mismo.

Cuando se dice que se «oyó a un coro de ángeles», o que «el ángel dijo», «apareció sentado en», etc. no se significa que esas criaturas angélicas (espirituales, incorpóreas, invisibles, inaudibles) «hablaron» o «cantaron», «caminaron» o «se sentaron», al modo humano, con pulmones y garganta, brazos y piernas. Ellos actuaron realmente, como colaboradores de Dios, y el Señor dio a sus acciones una u otra eficacia para que los videntes u oyentes «vieran» u «oyeran», como si fuera humanamente visibles y audibles, o bien otras formas de captar la acción del ángel.

Esos encuentros entre ángeles y hombres, son misteriosos. En el A.T. sobre todo hay «apariciones», como la que tiene Gedeón al recibir su vacación, en la que el enviado celeste habla como «el ángel del Señor» unas veces, y otras como «el mismo Señor», lo que ocasiona ciertas dudas en el llamado (Juec 6,1-6, 11-24). Una escena semejante se da en el anuncio del nacimiento de Sansón (13,1-25).

De modo diferente, en el N.T. la personalidad del ángel se presenta al hombre o a los hombres –María, pastores, apóstoles, etc.– con una identificación angélica más cierta y clara. Si los hombres, por ejemplo, reciben de un ángel un mensaje de Dios, normalmente saben que el Señor les ha «hablado»; pero siempre, si queda duda, el criterio más seguro para el discernimiento es el dado por Cristo: «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20). En algunas ocasiones el mismo ángel se identifica: «Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y soy enviado a hablarte, y a darte este evangelio» (Lc 1,19).

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–La obligada devoción a los ángeles

Dios providente nos concede la gloriosa comunión espiritual con los ángeles, que se hace especial en el Ángel de la Guarda. Nos los concede con todo amor como hermanos y amigos, como guías, protectores,  y al mismo tiempo servidores. Si apenas les tuviéramos conocimiento, amistad y gratitud, nuestra espiritualidad sería muy deficiente.

La Iglesia continuamente invoca en su Liturgia la ayuda de los ángeles, como veremos Dios mediante, y quiere que nos unamos a ellos en su adoración de Dios, en la fidelidad de su amor y en su entrega humilde al servicio. Si nosotros prácticamente los ignoramos, los olvidamos y no tenemos apenas trato amistoso con ellos, somos nosotros los que salimos perdiendo: ellos siguen velando por nosotros porque son santos. El olvido del mundo angélico indica falta de fe y exceso de voluntarismo semipelagiano.

Resulta desconcertante comprobar que en muchas Iglesias locales no se fomenta apenas la devoción a los ángeles, y en cambio se pone gran empeño en fomentar el ecumenismo con los hermanos cristianos separados –luteranos, metodistas, evangélicos, etc.–. Se organizan encuentros, conferencias, acciones conjuntas y todo lo posible por acrecentar el mutuo conocimiento y aprecio, incluso estableciendo en la Curia diocesana una Vicaría para el Ecumenismo. Pero al mismo tiempo se olvida el mundo angélico en gran medida, y no se suscita suficientemente su conocimiento y devoción. Se les ignora con frecuencia en la catequesis, la predicación y la devoción. Sufren de nuestra parte un agravio comparativo. Pero ellos nos perdonan, porque son santos, y siguen procurando nuestro bien.

Las tres virtudes teologales han de ir creciendo en todo, y están exigiendo una mayor unión y amistad con el mundo angélico. –La fe ha de extenderse a un mayor conocimiento y estima de los ángeles, muy especialmente del Custodio. –La esperanza ha de afirmarse más, en medio de nuestros males y deficiencias, por nuestra alianza fraternal con los ángeles de Dios, aunque padezcamos, por ejemplo, una casi carencia de sacerdotes ministros. –La caridad ha de crecer mucho hacia estas criaturas celestes que con tanta humildad y eficacia nos sirven para el bien y nos protegen tanto de los males.

Espero mostrar más gráficamente la maravilla de la devoción a los ángeles con algunos ejemplos: los monjes primeros, Santa Gema Galgani, el ángel de Fátima, etc.

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–Visiones y locuciones

Se dan también en los cristianos, ya sellados por el Espíritu Santo, ciertas visiones o locuciones, sin mediación conocida de ángeles. Ciertamente exigen discernimiento, ya que pueden proceder de Dios, de sí mismo o del diablo. Y siempre los maestros espirituales han enseñado que si se produce tal duda, debe acudirse al discernimiento espiritual de un sacerdote experto en estas  cuestiones. Santa Teresa a veces consultó con varones prudentes sobre la realidad de algunos fenómenos espirituales que ella experimentaba, queriendo saber si eran verdaderos o falsos. Y en varias ocasiones expone en sus escritos criterios de discernimiento para estos casos (por ejemplo, en Vida, cp. 25).

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Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Ángeles del Señor, bendecid al Señor, cielos, bendecid al Señor… Hombres todos, bendecid al Señor, bendiga Israel al Señor (Dan 3,57-59.82-83)

Por José María Iraburu, sacerdote.

InfoCatólica.

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