Este 26 de julio, mientras la Iglesia celebra la memoria de los santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús, muchas naciones recuerdan a sus mayores. Coincide con la Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores instituida por el Papa Francisco y este año León XIV ha propuesto el lema «Yo no te olvidaré» (Is 49,15). La coincidencia no es casual, la fe y la realidad demográfica se cruzan para interpelarnos sobre el valor de quienes han recorrido el camino más largo.
El envejecimiento de la población mundial es uno de los fenómenos más acelerados de nuestra época. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2023 había 1.100 millones de personas de 60 años o más, se proyecta que lleguen a 1.400 millones en 2030 y se dupliquen hasta alcanzar 2.100 millones en 2050. Para entonces, una de cada seis personas tendrá más de 60 años y el 80 % de los mayores vivirá en países de ingresos bajos y medios. La esperanza de vida al nacer ya alcanzó los 73,3 años en 2024. Vivimos más, sí, pero no necesariamente mejor. La longevidad se ha convertido en un logro científico que, sin políticas justas, se transforma en vulnerabilidad estructural.
Las heridas son visibles. En demasiados países las pensiones no alcanzan para una vejez digna, apenas el 68 % de los mayores del mundo recibe alguna prestación y en África, Asia y Oriente Medio la cobertura cae por debajo del 30 %. Muchos continúan trabajando en empleos precarios y mal remunerados porque no tienen otra opción. El maltrato, físico, psicológico, económico o por abandono, permanece en gran medida invisible. Amnistía Internacional documenta cómo, en conflictos armados, los ancianos son los últimos en huir y los primeros en morir. En Ucrania representan una proporción desproporcionada de civiles asesinados; en otros escenarios de guerra sufren tortura, despojo y exclusión de la ayuda humanitaria.
La discriminación por edad, el edadismo, se ha normalizado. Se les considera una carga, se les niega acceso a servicios, se les aísla en residencias o se les deja solos en sus casas. Los sistemas de cuidados son profundamente desiguales, mientras algunos disfrutan de atención profesional, millones dependen de familiares agotados o de la caridad. El abandono se disfraza de “respeto a la autonomía”.
Y en este panorama surge una amenaza todavía más sutil y letal, la expansión de la eutanasia. Bajo el lenguaje de “muerte digna” y “autonomía”, legislaciones de varios países han abierto la puerta a lo que no es otra cosa que una forma suave y de terciopelo de eliminar a las poblaciones más vulnerables. Países Bajos, Bélgica, España, Canadá, Portugal, Uruguay, Colombia, Ecuador y ahora Francia han avanzado en esta dirección. Lo que comienza como excepción para sufrimientos extremos termina ampliándose. Cuando el sistema de cuidados es precario, cuando las pensiones no alcanzan y cuando la soledad pesa, la “opción” de morir se convierte en presión social. Los ancianos, los enfermos crónicos y los discapacitados son los primeros en sentir que su vida ya no “vale la pena”. Es una lógica utilitaria que niega la dignidad intrínseca de la persona convirtiéndolos en blanco de la cultura del descarte y de la muerte.
Frente a esta deriva, la fe cristiana ofrece una mirada radicalmente distinta. San Juan Pablo II, en su Carta a los ancianos del 1 de octubre de 1999, escribió palabras que hoy resuenan con fuerza profética:
«El Espíritu actúa como y donde quiere, sirviéndose no pocas veces de medios humanos que cuentan poco a los ojos del mundo. ¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono! Precisamente cuando las energías disminuyen y se reducen las capacidades operativas, estos hermanos y hermanas nuestros son más valiosos en el designio misterioso de la Providencia».
Los abuelos no son un problema demográfico ni un gasto. Son signo del Espíritu. Son memoria viva, transmisores de fe, intercesores silenciosos y testigos de que la vida tiene valor hasta el último aliento. Honrarlos no es solo un deber de piedad filial, es una exigencia de justicia y un acto de resistencia contra una cultura que desprecia lo que estima que no produce, ellos que son el tesoro amenazado de nuestro tiempo.

