- «Pongan la justicia en práctica al servicio de los demás, con la mirada puesta en Dios, para que respeten plenamente la justicia, la ley y la dignidad humana», exhortó el Papa a los abogados, durante una audiencia con los peregrinos que habían acudido a Roma para el Jubileo de la Justicia. Hizo hincapié en que, en esta ocasión, no debemos olvidar a los países y naciones que «tienen hambre de justicia» porque sus condiciones de vida son injustas e inhumanas.
- «La visita del Papa es una oportunidad para que los pueblos africanos hagan oír su voz, expresen su alegría por ser pueblo de Dios y su esperanza en un futuro mejor», comentó hoy miércoles León XIV.
En su discurso a los abogados, dijo:
- La tradición nos enseña que la justicia es, ante todo, una virtud, es decir, una actitud firme y estable que ordena nuestra conducta de acuerdo con la razón y la fe.[1]
La virtud de la justicia consiste en particular en «la voluntad firme y constante de dar a Dios y a los demás lo que les corresponde».[2] Desde esta perspectiva, la justicia permite al creyente «respetar los derechos de todos y establecer en las relaciones humanas una armonía que favorezca la imparcialidad hacia las personas y el bien común».[3] Este es el objetivo que garantiza un orden que protege a los más débiles, aquellos que exigen justicia porque son víctimas de opresión, exclusión o ignorancia.
- En los Evangelios abundan los episodios donde la acción humana es juzgada por una justicia capaz de vencer la maldad del pecado, como lo ejemplifica la insistencia de la viuda en redescubrir el significado de la justicia (cf. Lc 18,1-8).
Existe también una justicia superior, que recompensa al trabajador de la última hora tanto como al que trabaja todo el día (cf. Mt 20,1-16); o aquella que hace de la misericordia la clave para interpretar las relaciones y nos impulsa al perdón, acogiendo al hijo perdido y hallado (cf. Lc 15,11-32), e incluso más, nos manda perdonar no siete veces, sino setenta veces siete (cf. Mt 18,21-35). Es precisamente el poder del perdón, propio del mandamiento del amor, el que se presenta como un elemento constitutivo de una justicia capaz de unir las dimensiones sobrenatural y humana.
- La justicia evangélica, por lo tanto, no se aparta de la justicia humana, sino que la cuestiona y la transforma: la impulsa a trascender, pues la obliga a buscar la reconciliación.
El mal, de hecho, no solo debe ser castigado, sino también remediado, y esto requiere una profunda reflexión sobre el bien de las personas y el bien común. Esta es una tarea difícil, pero no imposible para quienes, conscientes de que su servicio es más exigente que el de otros, se comprometen a llevar una vida intachable.
- Como sabemos, la justicia se concreta cuando se dirige a los demás, cuando a cada uno se le da lo que le corresponde, hasta alcanzar la igualdad de dignidad y oportunidades entre las personas.
Sin embargo, somos conscientes de que la verdadera igualdad no es idéntica a la igualdad formal ante la ley. Esta igualdad, si bien es una condición indispensable para la correcta administración de justicia, no elimina la existencia de una creciente discriminación, cuya principal consecuencia es la falta de acceso a la justicia. La verdadera igualdad, en cambio, es la oportunidad que se brinda a todos para realizar sus propias aspiraciones y ver reflejados sus derechos relacionados con su propia dignidad, garantizados por un sistema de valores comunes universalmente compartidos, capaces de inspirar normas y disposiciones legales sobre las cuales se pueda construir el funcionamiento de las instituciones.
Durante la audiencia general de hoy, León XIV habló de su viaje apostólico al continente, dando gracias a Dios por esta oportunidad y por lo que recibió de las naciones que lo acogieron. Confesó: «Desde el comienzo de mi pontificado, he pensado en viajar a África»
León XIV recordó que del 13 al 23 de abril realizó un viaje apostólico a África, visitando Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Comentó que fue una experiencia significativa para él, un encuentro con la Iglesia local y un mensaje de paz en un tiempo marcado por el conflicto.
Al hablar de la primera etapa en Argelia, asociada a San Agustín, el Papa destacó que la visita ayudó a fortalecer el diálogo entre religiones y nos recordó que, a pesar de las diferencias, es posible vivir como hermanos y hermanas, reconociendo al único Dios.
En Camerún, fomentó la reconciliación y la paz ante las tensiones. León XIV señaló que el país refleja tanto la riqueza de África como sus desafíos: la necesidad de justicia, la lucha contra la corrupción y el desarrollo sostenible.
Al hablar de la tercera fase en Angola, marcada por una historia difícil, el Santo Padre señaló que existe una Iglesia viva y llena de esperanza. Los fieles, religiosos y laicos, dan testimonio de su fe a través del servicio, la reconciliación y el cuidado de los demás.
En Guinea Ecuatorial, la última etapa de esta peregrinación, le conmovió especialmente el encuentro con los presos y la alegría de los jóvenes que encuentran el camino a la vida en el Evangelio.
«La visita del Papa es una oportunidad para que los pueblos africanos hagan oír su voz, para que expresen su alegría por ser pueblo de Dios y su esperanza en un futuro mejor: un futuro de dignidad para todos y cada uno. Me alegro de haberles brindado esta oportunidad y, al mismo tiempo, doy gracias a Dios por lo que me han dado: un tesoro invaluable para mi corazón y mi ministerio», dijo León XIV al finalizar su catequesis.
[1] Véase Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1804.
[2] Ibíd., n.º 1807.
[3] Ibíd.
CIUDAD DEL VATICANO.
MIÉRCOLES 29 DE ABRIL DE 2026.

