Hoy en el Evangelio tenemos la primera de tres parábolas que escucharemos de forma consecutiva en los próximos domingos, y que enmarca el rechazo de los líderes del pueblo de Israel para con Jesús. Jesús después de la entrada triunfal en Jerusalén, se encuentra en el atrio del templo; ha predicado a gente sencilla en las sinagogas y en los cruces de los caminos, pero también trata con fariseos y doctores de la ley, personas conocedoras de la ley judía, que se sienten pueblo elegido, por tanto, defensores de la ley mosaica y se oponen al mensaje de Jesús, dudan de su enseñanza. Jesús se ve rechazado y acosado, y al rechazarlo están rechazando a Dios. Por tal motivo, el Maestro dejará con esas tres parábolas una fuerte invitación que Dios hace a su pueblo y el rechazo a esa invitación.
Hoy escuchamos la parábola de los dos hijos. Podríamos llamarla “la parábola de los dos arrepentidos”. Los dos se arrepienten de lo que habían dicho a su padre. El primero se arrepiente del “sí voy a trabajar a la viña” y simplemente no va. El segundo se arrepiente del “no quiero ir”, y reflexionando después, va a cumplir la voluntad de su padre. Con esta parábola Jesús desea representar a dos grupos de personas bien definidos. El primero es el formado por los judíos piadosos, que dicen y no hacen; eso lo dejará claro Jesús con su reproche a escribas y fariseos en Mt. 23,3: “Ustedes hagan y obedezcan todo lo que ellos dicen, pero no actúen conforme a sus obras, porque no hacen lo que dicen”. Este grupo de judíos piadosos, honran a Dios con los labios, con sus prácticas piadosas, pero su corazón está lejos de Dios. Y el otro grupo, formado por prostitutas y publicanos, por extranjeros y paganos, aquellos que no tienen cabida con Dios según los judíos, por su fe en Jesús están más cerca del corazón de Dios.
Jesús denuncia a aquellos dirigentes y a todo el pueblo que públicamente se compromete a servir al Señor, pero que es incapaz de obrar de acuerdo con sus palabras. Actitud que contrasta con aquellos que, aunque parecen negarse al servicio, terminan dando lo mejor de sí en la transformación de la viña.
El ámbito en el que Jesús pronuncia la parábola está perfectamente prefijado por Mateo: “Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo”. Era la máxima autoridad del judaísmo; ahí estaban ante Él los senadores, los miembros del Sanedrín; lo más alto de ese poder religioso. Y les va a preguntar quién de los dos hermanos cumplió con la voluntad del Padre. Y le responden: “El primero”. No les deja, como en otras ocasiones, que rumien su respuesta, sino que en presencia de todo el pueblo les dice: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, ustedes no recapacitaron ni le creyeron”. Comparar a lo más alto de la religión judía con prostitutas y recaudadores de impuestos al servicio del ocupante romano, era una denuncia total. Jesús, dado su talante, no buscaba hacer una denuncia improductiva o una forma de fastidiarlos, de ofenderles en público. Confiaba en que todavía podían recapacitar y hacer que alguno de ellos cambiara. Ahí estaba Nicodemo y José de Arimatea; el primero era miembro del Sanedrín, el segundo personaje muy importante y rico, relacionado perfectamente con las élites del poder, pues incluso, conocía a Pilato, el gobernador romano. No pretendía el Señor acelerar el momento de su muerte, pero sí cumplir su misión. Siempre pensó que las cosas podrían arreglarse de otra manera y buscaba la conversión de todos. Igualmente deseaba no se engañara más al pueblo, que ya estaba bien de tanta instrumentalización de la religión, hecha para dominar al pueblo con mentiras. Podemos decir que el hermano del “sí” pero “no” es un hipócrita, un mentiroso. El hermano del “no” pero “sí” es alguien que piensa las cosas y que está dispuesto a rectificar. Hermanos nos movemos en un mundo que ha inventado un término que hace referencia a lo políticamente correcto y que no es otra cosa que una justificación de la hipocresía y de la mentira.
Quiero centrar la atención sobre este grupo representado por el hijo que expresó: “Ya voy señor, pero no fue”. Muchos de nosotros pertenecemos a ese grupo, que prometemos con los labios y no cumplimos; pareciera que lo nuestro es no obedecer, que lo propio del hombre religioso es sólo conocer y tener los principios bien claros, aunque no se cumplan. Olvidamos que existe una gran distancia entre asentir, aceptar y actuar. Muchas veces nos quedamos en palabras y nos olvidamos de actuar. Toda la fuerza de esta parábola está en el hacer o en el dejar de hacer, que es lo que en definitiva cuenta ante Dios. Asentir sólo con palabras no tiene ningún valor, Jesús desea cuestionar la coherencia de vida del ser humano. Somos muchos los cristianos que terminamos por instalarnos cómodamente en nuestra fe, sin que nuestra vida sea afectada en lo más mínimo con nuestra relación de compromiso verdadero con Dios. Cuántas veces la vida de los cristianos queda cortada en dos, nos organizamos y vivimos como todos los demás a lo largo de los días y el domingo dedicamos un cierto tiempo a dirigirnos a un Dios que está ausente de nuestras vidas el resto de la semana, porque Dios no penetra en nuestra vida familiar, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones sociales, en nuestros proyectos e intereses. Hoy deberíamos preguntarnos con mucha sinceridad: ¿Qué significa Dios en mi diario vivir? Lo que se opone a la verdadera fe, no es muchas veces, la incredulidad de muchos, sino la falta de vida y un verdadero testimonio de los que nos llamamos creyentes.
Es una crítica contra los profesionales de la religión de aquel tiempo y también de nuestro tiempo. Muchas veces podemos tener a Dios en los labios y hablar a cada instante de Él, pero estar muy lejos de cumplir su voluntad. Ante Dios lo que importa no son las palabras, sino el cumplir su voluntad y cumplir la voluntad de Dios es traducir el Evangelio en hechos concretos de la vida diaria.
Hermanos, hablar, prometer, expresar fórmulas de fe, puede ser sencillo y podemos tener esa actitud siempre. Muchos cristianos podemos decir “sí” sabiendo que no vamos a cumplir. Me vienen a la mente esa interrogante que se hace a los papás y padrinos en el bautismo: “¿Están dispuestos a cumplir con esta obligación de educar a sus hijos y ahijados en la fe?”; todos responden que sí. Cuántas veces esa respuesta resulta ser sólo una expresión rutinaria, que no se lleva a la práctica. Así acumulamos tantas expresiones que las volvemos trilladas, como ejemplo, la promesa de fidelidad en el matrimonio, etc.
Es momento propicio para detenernos y reflexionar en lo que prometemos a Dios y a los demás. También nosotros debemos sentirnos cuestionados sobre la coherencia de vida, sobre cualquier dosis de hipocresía que pueda existir en nuestro corazón. Es momento de hacer un alto y ver nuestra manera de ser cristianos; si tenemos nuestra fe centrada en actos piadosos o nuestra fe es capaz de transformar nuestra vida en obediencia. No hagamos promesas a la ligera; no nos quedemos en palabras, recordemos que las actitudes valen más ante Dios.
Hermanos, reflexionemos el verdadero sentido de la obediencia, teniendo en cuenta que la voluntad de Dios es su amor, que nos indica el camino a seguir para encontrar la paz, la felicidad y la vida para nosotros y para los demás. Cristo será la más grande motivación para quienes deseamos conformarnos con la voluntad de Dios, porque no sólo recibiremos su ejemplo, sino también la fuerza que viene de Él para realizarlo. Acerquémonos con fe al Banquete de la Eucaristía, seremos FORTALECIDOS. Cristo es el Hijo que sabe decir “voy” y “va”, es aquel que sabe cumplir la voluntad de Dios, a pesar de que ésta incluya el dolor y el sufrimiento: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú” (Mt. 26,39).
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

