¿Te has dado cuenta de que en tu vida hay cosas que has dejado por imposibles, situaciones que ya no intentas cambiar, heridas que prefieres no tocar, pecados con los que has aprendido a convivir? No es que no te importen, es que, en el fondo, has llegado a pensar que ya no tienen solución.
Como Marta en el Evangelio de hoy, tú también podrías decir, ‘Señor, ya huele mal, ya es demasiado tarde’, y sin embargo, es precisamente ahí donde Cristo quiere entrar.
El Evangelio de este domingo nos narra la resurrección de Lázaro, el hermano de Marta y María, amigos entrañables a quienes Jesús visitaba en Betania cada vez que iba a Jerusalén. Lázaro enferma gravemente. Le van a avisar a Jesús, pero él se demora en ir y cuando llega es demasiado tarde.
Lázaro ha muerto. Lleva ya cuatro días en el sepulcro y su cuerpo se ha empezado a descomponer. ‘Huele mal’, le dicen. Este relato no es simplemente un milagro más, es una revelación decisiva.
Jesús no solo tiene poder sobre la enfermedad y la muerte, sino incluso sobre aquello que tú consideras definitivamente perdido. Por eso pronuncia una de las afirmaciones más profundas de todo el Evangelio: ‘Yo soy la resurrección y la vida’.
No dice que trae la vida desde fuera. Él mismo es la vida. Donde él está, la muerte no tiene la última palabra.
Pero hay algo que no puedes pasar por alto. Antes de obrar el milagro, Jesús pide que quiten la piedra del sepulcro. Es un detalle aparentemente secundario, pero en realidad es decisivo.
Dios puede resucitar a un muerto, pero no quita la piedra sin ti. Hay una parte que te corresponde que es abrir, permitir, no resistir. Y aquí es donde la palabra de hoy te toca directamente porque tú también tienes piedras, quizás no visibles, pero muy reales. Una falta de perdón que se ha endurecido con los años. Una vida espiritual descuidada, un pecado que se ha vuelto costumbre. Una relación que dejaste morir por orgullo, por cansancio. Y lo más peligroso no es la situación en sí, sino la resignación que se ha ido instalando en tu interior.
Cuando una persona se acostumbra a lo negativo, su mente deja de esperar cambio. Se adapta, se cierra, aprende a sobrevivir en lugar de vivir. También en la vida espiritual sucede esto. Te habituas a una fe tibia, a una oración superficial, a una vida sin verdadera lucha interior.
Y sin darte cuenta, empiezas a vivir como si ciertas partes de tu vida ya no fueran redimibles. Por eso Jesús te hace hoy una pregunta que no puedes esquivar: ‘¿Crees tú esto?’ No te pregunta si entiendes, ni siquiera si sientes algo especial.
Te pregunta si crees, es decir, si estás dispuesto a confiar en que Él puede hacer algo nuevo, precisamente ahí donde tú ya no esperas nada. Creer en este contexto significa atreverte a quitar la piedra. Significa dejar de justificarte, dejar de posponer, dejar de cerrar.
Tal vez implica acercarte al sacramento de la confesión después de mucho tiempo, a dejar un pecado o vicio que te esclaviza o a dar el primer paso para reconciliarte con alguien, o retomar en serio tu vida de oración. No necesitas tenerlo todo resuelto, basta con quitar la piedra de tu sepulcro porque el milagro no lo haces tú.
Hoy el Señor no viene solo a consolarte, viene a confrontarte con esperanza, viene a decirte que no estás condenado a vivir con lo que huele a muerte, viene a recordarte que ninguna situación está cerrada para Él si tú no la cierras.
Por eso en esta semana de cuaresma no te disperses en muchos propósitos, mira tu vida con sinceridad y reconoce una sola piedra que necesitas quitar, una, y da un paso en concreto para hacerlo. No esperes sentirte mejor ni tener más claridad, la vida comienza cuando decides abrir.
Cristo está ante tu sepulcro no como un espectador, sino como Señor de la vida y te llama por tu nombre, no para dejarte donde estás en el sepulcro, sino para sacarte de ahí. Escucha su voz, no la dejes pasar porque tú no estás hecho para sobrevivir, sino para vivir.
Feliz domingo, Dios te bendiga.

