Lo digo con un amor entusiasta: no puede haber nada mejor que Cristo

A Jesús se le ama y se le admira no solo por lo que hizo sino por lo que puede hacer por nosotros en este momento. No se trata de admirarle simplemente sino de imitarle. Jesús no es un amuleto que nos dé suerte y protección; no es un personaje de la historia que haya quedado en el pasado; no es simplemente un gran pensador que haya dejado ideas y pensamientos para la posteridad. A Jesús hay que amarlo, admirarlo, imitarlo y seguirlo de una manera muy concreta.

Por eso, no es posible vivir la fe sin plantearse a menudo estas preguntas: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué influencia real tiene el Señor en mi vida? ¿La fe en Él me proporciona una mirada nueva de la vida? ¿Qué tanto me apego a los valores cristianos? ¿Cómo influye el Evangelio en mis decisiones?

No se trata de puro romanticismo o sentimentalismo. No se trata de amar a Jesús en las imágenes o en las películas, o en las celebraciones, y no seguirlo en la vida diaria. Se trata de que cada uno examine su propia postura ante Jesús, que cada quien descubra hasta dónde llega nuestro amor y fidelidad a Jesús en los hechos de cada día.

La fe es relación, reconocimiento y confesión. Pedro, en el Evangelio de hoy, ofrece una respuesta que no es una definición racional, sino una profesión de fe; es la respuesta de un hombre que había descubierto que no sabía todo, que no podía con todo. Pedro llegó a descubrir que sus criterios eran relativos, que no poseía la verdad y anhelaba la salvación, es decir la vida verdadera. Pedro reconoce que Jesús es el cumplimiento de todas las esperanzas de los hombres.

Reconocer y confesar que Jesús es el Señor no es cualquier cosa; es una de las decisiones fundamentales que el hombre puede tomar en su vida y, por tanto, tal proclamación debe transformar radicalmente la vida entera de quien la hace. Si yo digo como Pedro, que Jesús es el mesías, el salvador, el hijo de Dios vivo, estoy manifestando que con Jesús he llegado a descubrir el sentido completo de esta vida, aun cuando pase por el dolor, la enfermedad y el sufrimiento. Si yo creo y amo a Jesús eso debo comprobarlo y demostrarlo con mi vida concreta, con las decisiones que tomo, con el rumbo que le doy a mi vida, y no sólo cuando me persigno, cuando voy a la Iglesia o cuando todo me sonríe en la vida.

No se puede decir que Jesús es mi Señor, que Él es mi Dios, si después vivo sometido bajo cualquier otro señorío como el del dinero, el placer, el poder, el libertinaje, la ambición, el egoísmo, etc.

Por eso, hay que darle continuidad a nuestra experiencia de encuentro con Jesús. Así como el amor humano no es simplemente el «enamoramiento», la fe no es sólo sentimiento, fascinación o admiración por Jesucristo. Tengamos en cuenta que si no cultivamos la relación con Jesús se va apagando o enfriando nuestra fe.

Por lo tanto, de la confesión de fe debemos pasar a la confesión de amor. Llegar a decir con todo el corazón no sólo: “Tú eres el Cristo, creo en Ti, Señor”, sino también: “Te amo, Señor”. El dominico Daniele Aucone explicaba así este aspecto:

“La vida cristiana no es un frío intelectualismo ni sentimentalismo estéril, sino existencia reconciliada llamada a conjugar mente y corazón, profesión de fe y confesión de amor”.

Proclamamos la fe en los momentos felices de la vida, en las celebraciones solemnes de la liturgia y en las etapas que vamos pasando dentro de nuestro proceso de crecimiento espiritual. Pero hace falta sostener eso que profesamos solemnemente, cuando estamos pasando por desalientos y tribulaciones, como decía el padre Pío:

“La profesión de fe más bella es la que sale de tus labios en la oscuridad, en el sacrificio, en el dolor, en el esfuerzo supremo por buscar decididamente el bien; es la que, como un rayo, disipa las tinieblas de tu alma; es la que, en el relampaguear de la tempestad, te levanta y te conduce a Dios”.

San Juan Bosco lo explica también de manera muy emotiva: “Pongamos nuestra confianza en Dios y vayamos adelante. Se con Dios como el pajarillo que sigue cantando, aunque tiemble la rama, porque sabe que tiene alas”.

San Juan Crisóstomo se refiere a este mismo aspecto: “Dios no se contenta con la fe interior; Él pide la confesión exterior y pública, y nos mueve así a una confianza y a un amor más grandes”.

Que nos motive el ejemplo de los mártires y de la Santísima Virgen María para manifestar nuestra fe cuando estamos en medio de la tribulación y cuando realizamos nuestra vida en la sociedad, pues si Cristo murió por nosotros en público, no le podemos relegar a nuestra vida privada.

No deja de provocarme la profesión de fe del gran teólogo jesuita francés Henri de Lubac. Así quisiera mantenerme siempre en la fe y expresar mi amor y mi admiración por Cristo Jesús:

“Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas, y lo seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre me ha producido una terrible tortura. Alguna vez Dios me envía momentos de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero además -y lo digo con un amor entusiasta- no puede haber nada mejor. Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad”.

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