Lo decisivo de la transfiguración no es la luz

¿Dónde tienes puesto el corazón? Si hoy perdieras lo que más te da seguridad, salud, estabilidad, reconocimiento, ¿se derrumbaría también tu esperanza? Vivimos como si todo terminara aquí y cuando algo se tambalea, también se tambalea nuestra paz. Por eso hoy Jesús te lleva al monte, te eleva de la tierra, para que contemples su gloria.

En el Evangelio de este domingo se nos narra que Jesús subió al monte con tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, los mismos con quienes también se adentrará a orar en el Monte de los Olivos la víspera de su pasión.

Jesús sube al monte y allí de pronto se transforma. Su rostro brillaba como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve y junto a él aparecen dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. A través de Moisés, Dios entregó la ley a su pueblo y por medio de Elías, el gran profeta, había profetizado.

Ellos son los dos grandes columnas de la fe de Israel, la ley y los profetas. Y la ley y los profetas han hablado de Jesús. Y allí estaban a su lado diciendo, ‘Él es, es el prometido de todos los siglos, el esperado por Israel y la humanidad’.

Pero no es suficiente este testimonio. Dios mismo, presente en la nube, lo declara de forma solemne: ‘Este es mi Hijo amado, escúchenlo’. Y los discípulos caen rostro en tierra envueltos de temor, pero Jesús los tranquiliza.

Pero lo decisivo de la transfiguración no es la luz. Lo decisivo es la voz del Padre que sale de la nube y dice, ‘Este es mi Hijo amado, escúchalo’. Escúchalo por encima de tus miedos. Escúchalo por encima de tus opiniones. Escúchalo por encima del ruido constante que dispersa tu atención, pero sobre todo, lo debes escuchar para obedecerlo, para hacer lo que te dice en su palabra.

El cuerpo de Jesús esconde su gloria. Él es Dios. Por lo tanto, no lo compares. No lo reduzcas a un maestro más. No lo pongas al nivel de otros líderes religiosos. Él no es solo un gran hombre o profeta. Él es el Hijo de Dios.

La transfiguración no pretende ser un espectáculo. Es una revelación de tu destino. Jesús te muestra su gloria para que entiendas que tu historia no termina en la muerte. La vida no acaba con lo que ves. Tu destino es la eternidad.

Hoy existe una tentación silenciosa. Vivir solo para lo inmediato. Éxito, comodidad, aprobación sin darte cuenta de algo muy grave, tu atención se fija únicamente en lo terreno,pero la vida de aquí es breve, se pasa rápido, mientras que la otra es eterna y para alcanzarla no sirve ningún logro humano.

No debes olvidar que aquello a lo que diriges tu atención reorganiza tu cerebro. Si tu mente se concentra solo en lo material, tu corazón se vuelve materialista. Si se orienta tu mirada hacia lo eterno, tu interior se transforma, se llena de esperanza en la vida eterna, en tu salvación.

Tu cerebro busca placer inmediato y evita el sufrimiento, pero la fe te enseña a elegir el sentido de las cosas por encima de la comodidad. Cuando decides vivir con la mirada en el cielo, cambias sus prioridades, tus decisiones y hasta tus reacciones emocionales.

Tu monte es el momento de oración que muchas veces postergas. Tu cruz es esa situación concreta que quisieras evitar. Una enfermedad, un conflicto familiar, una incertidumbre económica, una lucha interior.

La transfiguración del Señor te recuerda que no eres solo lo que produces ni lo que posees, estás llamado a la gloria, pero el camino de la gloria es el de la cruz.

Hoy el Señor te pide algo concreto. Ordena tu mirada. Pon los pies en la tierra, sí, pero el corazón en el cielo. No olvides, tu destino no es esta vida que pasa, sino la gloria que permanece.

Este texto te invita a tres compromisos claros para la semana. Uno, subir al monte. Dedica 15 o 20 minutos diarios a la oración en silencio.

Dos, escucharlo. Leer cada día un pequeño fragmento del evangelio y preguntarte, ¿qué me está diciendo Jesús hoy?

Tres, aceptar la cruz concreta. Identificar una dificultad que normalmente evito y ofrecerla conscientemente a Dios sin quejarme.

La transfiguración revela que la identidad verdadera de Cristo no es solo hombre, es Dios verdadero. El sentido redentor del sufrimiento. Todo sufrimiento en la cruz del Señor te salva.

Tu meta final, que no es este mundo, es la gloria eterna. Y finalmente te enseña que el camino hacia la gloria pasa por la cruz.

¡Feliz domingo! Dios te bendiga.

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