Llamados a participar del Reino, pero revestidos de Dios

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Hoy escuchamos la tercera parábola donde se manifiesta el rechazo del pueblo judío a Dios. Ahora Jesús les habla de un banquete de bodas, un momento de alegría y de gozo; un banquete que nadie podía rechazar, ya que no se trata de llevar regalo, sino de aceptar la invitación y ponerse el traje adecuado.

Jesús conocía la vida dura y monótona de los campesinos; conocía su anhelo porque llegara el sábado para liberarse del duro trabajo; los vio disfrutar de las fiestas y desea dejarles claro, que la vida en el Reino de Dios no es únicamente trabajo, esfuerzo y sacrificio, sino también gozo y plenitud. Dios está preparando un banquete, aquellos banquetes de los cuales disfrutaba el pobre sólo en las fiestas y ocasiones especiales. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de fiesta?

El Reino de Dios es presentado como un banquete Mesiánico organizado por el mismo Dios. En la parábola, como se trata de un Rey (Dios) que prepara la boda de su Hijo (Jesús), tiene innumerables servidores (profetas, discípulos, misioneros – Iglesia), los invitados no deberían ser pocos (la humanidad entera); ya que al gran banquete toda la humanidad está invitada. Llegado el momento, envió a sus siervos a llamar a los invitados, pero ellos no quisieron ir. Más tarde envía a otros siervos, pero los invitados no hacen caso, son más importantes sus ocupaciones que tienen; al final, envía a otros, pero son maltratados y dan muerte a los enviados. Ellos no sólo rechazaron la invitación a un banquete, rechazaron la invitación a la alegría del rey y de su hijo, que es el esposo. Toda invitación puede ser rechazada, desde luego, y Jesús remarca con esta parábola, que aquellos elegidos la rechazan y la invitación se abre a todos, ya que el banquete está preparado y no ha de perderse. También nos enmarca la actitud de uno de los que participan en el banquete, ya que con insolencia no se pone el traje para el banquete. El vestido no era algo especial, sólo se requería que fuera digno y limpio. Cuando le pregunta: “¿Cómo has entrado aquí sin vestido de fiesta?” Surge el silencio, ese silencio que nos impide saber de su descortesía. La invitación llegó a tiempo y aun así lo encontró desprevenido.

Todos sabemos que, el pueblo elegido por Dios, fueron los “israelitas o judíos”, ellos eran los primeros invitados y al rechazar la invitación, se nos abrieron las puertas a todas las demás razas.

Es una parábola escatológica individual, que nos invita a estar preparados para no correr el riego de ser arrojados fuera.

Tengamos muy en cuenta lo siguiente:

1°- Nos encontramos ante una invitación. Dios nos invita a participar de su banquete; es una invitación en la que nosotros contamos con la libertad de rechazarla. De hecho, muchos cristianos pareciera que escuchamos la invitación una y otra vez, pero postergamos el aceptarla. Dios nos sigue invitando al banquete que tiene preparado. La invitación está a nuestra puerta y el banquete está preparado. Preguntémonos: ¿Hemos aceptado la invitación? ¿Cómo estamos preparando el traje para el banquete?

2°- Lo que nos impide aceptar la invitación. Los invitados de la parábola tienen sus preocupaciones y ocupaciones; unos fueron indiferentes ante la invitación, “no hicieron caso: uno se fue a su campo y otro a su negocio”.

Como seres humanos nos preocupan las cosas que hacemos aquí en la tierra; nos afanamos tanto en los trabajos cotidianos que ignoramos la invitación de Dios. Mostramos que es más importante lo que hacemos todos los días, que aceptar la invitación de Dios. Analicemos nuestras preocupaciones y ocupaciones y veamos: ¿Qué me impide acudir al banquete que Dios me invita?

¿Cuáles son las causas por lo que me aferro a lo ordinario de la vida?

3°- El traje de boda. Cuando hablamos del traje, hacemos alusión a prepararnos para el banquete. Sabemos que el banquete es al final, pero debemos preparar el traje con tiempo. El traje son nuestras actitudes ante la vida; son nuestras acciones de piedad y de caridad para con los demás; es nuestra relación con Dios de manera cotidiana. Es momento de preguntarnos:

¿Cómo estoy preparando el traje? Si el banquete fuera hoy, ¿cómo se encuentra mi traje? Recordemos que no basta que entremos al banquete, hay necesidad de realizar un cambio de vida; es necesario que portemos el traje con dignidad. La invitación está hecha, a nosotros nos corresponde preparar el traje.

Hermanos, veamos más allá, según este relato, Dios está preparando una fiesta para todos sus hijos e hijas, pues a todos quiere ver sentados junto a Él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plena. Esta imagen es una de las más queridas por Jesús, para sugerir el final último de la historia humana. Frente a tantas imágenes mezquinas de un Dios controlador y justiciero que impide a no pocos saborear la fe y disfrutar de la vida, Jesús introduce en el mundo la experiencia de un Dios que nos está invitando a compartir con Él una fiesta fraterna en la que culminará lo mejor de nuestros esfuerzos, anhelos y aspiraciones. Jesús dedica su vida entera a difundir la gran invitación de Dios: “El banquete está preparado. Vengan a la boda”. Jesús no impone ni presiona, invita y llama, libera de miedos y enciende la confianza en Dios. En su nombre, acoge a su mesa a pecadores e indeseables; a todos ha de llegar su invitación.

Hermanos, los hombres y mujeres de hoy necesitan descubrir el Misterio de Dios, como “Buena Noticia”. Los cristianos hemos de aprender a hablar de Él con un lenguaje más inspirado en Jesús, para deshacer malentendidos, aclarar prejuicios y eliminar miedos introducidos por un discurso religioso lamentable que ha alejado a muchos de ese Dios que nos está esperando con todo preparado para la fiesta final.

En estos tiempos en los que el descrédito de la religión está impidiendo a muchos escuchar la invitación de Dios, hemos de hablar de su Misterio de Amor con humildad y con respeto a todos, sin forzar las conciencias, sin ahogar la vida, despertando el deseo de verdad y de luz que sigue vivo en lo más íntimo del ser humano. Es cierto que la llamada religiosa encuentra hoy el rechazo de muchos, pero la invitación de Dios no se ha apagado. Así como se dice, ‘la religión está en crisis’ en las sociedades desarrolladas de Occidente, hay algo que nunca debemos olvidar los creyentes, “Dios no está en crisis”. La crisis de lo religioso no puede impedir que Dios se siga ofreciendo a cada persona en el fondo misterioso de su conciencia. Dios no excluye a nadie. Su único anhelo es que la historia humana, termine en una fiesta gozosa. Su único deseo, que la sala espaciosa del banquete se llene de invitados. Todo está ya preparado. Nadie puede impedir a Dios que haga llegar a todos su invitación. La invitación de Dios no se detiene, por lo tanto, hermanos, además de ser invitados, somos también enviados del Señor a invitar con nuestra vida y palabra, a todas las gentes.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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