Levántate, no temas

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el II Domingo de Cuaresma.

Hemos escuchado el relato conocido como la Transfiguración del Señor en el monte Tabor. Jesús se retiró con tres de sus discípulos a una montaña, recordemos que la montaña es el lugar por excelencia de las revelaciones de Dios. En una montaña Moisés recibió las tablas de la ley; en una montaña el profeta Elías se encuentra con Dios; el Evangelista Mateo presenta a Jesús dando un gran discurso en una montaña. Además del símbolo de la montaña, aparece también la nube luminosa y la voz del Padre. Todo indica que estamos ante una teofanía, una manifestación de Dios, quien a su vez manifiesta a su Hijo. Pero el centro no es el resplandor, sino la Palabra: “Este es mi Hijo amado… escúchenlo”.

La fe cristiana nace de la escucha. Escuchar a Jesús es dejar que su Palabra ilumine nuestras sombras, cuestione nuestras seguridades, transforme nuestros criterios. El Papa León ha titulado su mensaje por la cuaresma: “ESCUCHAR Y AYUNAR”, dice: “Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu… el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo”.

Jesús se transfigura y transfigurarse es cambiar o asumir un aspecto distinto al habitual. Como consecuencia de la transfiguración, el rostro de Jesús se vuelve tan resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la luz; ese resplandor es una manifestación de la identidad de Jesús.

Aquellos apóstoles vieron cómo las Sagradas Escrituras, representadas por Moisés -la ley- y Elías -los profetas-, confirmaban que en efecto, Jesús es Dios. Él es la realización de las promesas de Dios, la plenitud de la ley, es el cumplimiento de las profecías. El plan de Dios anunciado por la ley y los profetas encuentra en Jesús su plena realización.

Aunque los rostros de Moisés y de Elías aparecen apagados, lo cual ayuda a concentrar la atención en Jesús, sin embargo, por la reacción de Pedro, se intuye que no logra distinguir el carácter único de Jesús: “Si quieres haré tres chosas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”, le dice. Así, coloca a Jesús en el mismo plano que Moisés y Elías, aún no comprende del todo que Jesús es verdadero hombre, pero también verdadero Dios. La voz del Padre se escuchó cuando Pedro todavía estaba hablando: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo. Dios aclara que Jesús, de rostro resplandeciente, es el único Legislador, Maestro y Profeta; no debe confundirse con nadie, sobre todo, a Él se le debe escuchar. Aquellos Apóstoles “caen rostro en tierra”; el temor se apodera de ellos y el miedo los paraliza. Es Jesús quien los libera de sus temores: “Se aceró, los tocó y les ordenó:

¡Levántense, no teman!”. La reacción de Pedro es querer quedarse allí. Pero Jesús no permite instalarse en esa experiencia que tiene fuerza motivadora para el futuro. La luz del monte no es para quedarse, sino para bajar y afrontar la realidad. La transfiguración no evita la cruz; la ilumina desde dentro.

Hermanos, el Evangelio nos muestra la identidad de Jesús. Reflexionemos sobre el imperativo que Dios nos deja: “escúchenlo”. No dice «si quieren escucharlo» y tampoco «¿les gustaría escucharlo?»; es un mandato “escúchenlo”. Escuchar es un arte, las artes se aprenden, por lo tanto, es algo que debemos practicar para aprender. Estamos en un mundo marcado por la comunicación, nos gusta hablar y que nos escuchen, pero olvidamos que Dios nos concedió dos oídos, dos ojos y una sola lengua; quiere decir que, debemos escuchar y ver el doble de lo que hablamos.

Les invito a ir aprendiendo el arte de escuchar, primero a nivel humano. Aunque estamos en una sociedad marcada por las comunicaciones, nos damos cuenta de la dificultad para comunicarnos. Pensemos en las parejas que forman un matrimonio ¿qué tanto se escuchan?, ¿qué tanto escuchan a sus hijos? Porque, si no escuchamos al que tenemos cerca, será difícil escuchar a Jesús y más si lo sentimos lejano. En este mundo contaminado por el ruido, me pregunto: ¿se escuchará la voz de Jesús?. Y aquellos que decimos escucharlo ¿qué tanto pondremos en práctica lo que escuchamos? La voz de Jesús nos ha de señalar la dirección de nuestra vida.

A dos mil años de que se anunció el proyecto de Jesús para la humanidad, ¿no será que la voz de Dios nos sigue atemorizando como a Pedro, Santiago y Juan?. Nos sigue causando miedo el camino de la cruz. No olvidemos que Jesús se sigue acercando a cada uno de nosotros, nos toca y nos sigue diciendo: “¡Levántense, no teman!”. Es importante como Iglesia y como cristianos, que descubramos cuáles son nuestros temores, ¿qué nos causa temor y nos conduce a caer rostro en tierra?

Hermanos, cuando nos encontremos en situaciones de miedo, de temor, de que estemos paralizados por lo que nos acontece, no olvidemos que Jesús nos sigue tocando y nos sigue diciendo: “¡Levántate, no temas!”. Las palabras y los gestos de Jesús resuenan y se repiten a lo largo del Evangelio; Jesús nos toca, nos anima, nos quita los temores, pero a nosotros nos corresponde levantarnos; por eso les invito a que no tengamos miedo a asumir las tensiones y los conflictos que lleva consigo buscar la fidelidad al Evangelio. No callarnos cuando tendríamos que hablar; no tengamos miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, la Iglesia no ha recibido el ministerio de juicio y de condena, sino el ministerio de la reconciliación. Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. No tengamos miedo a vivir unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy. Dejemos que Jesús nos toque con su gracia para infundirnos fuerza y confianza: “Levántense y no teman. Pónganse de pie y síganme”. El Señor nos dice: No tengan miedo a vivir escuchándome a mí.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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