
El jueves 10 de septiembre, al recibir a los nuevos obispos reunidos en Roma para su sesión de formación, León XIV ofreció una reflexión sobre el ejercicio del episcopado. Hizo hincapié en la cercanía a los fieles, la especial atención a los sacerdotes, la primacía de la relación con Cristo y la misión en un mundo transformado por la inteligencia artificial (texto completo).
«Ningún obispo camina solo». Fue en torno a esta convicción que León XIV elaboró su discurso a los nuevos obispos que participaban en el curso de formación titulado «Obispos, servidores de la comunión en la Iglesia y en el mundo de hoy». Antes de considerar el gobierno de una diócesis, el Papa estableció un requisito espiritual: «permanecer con Jesús ». «Entre las muchas cosas a las que estarán llamados como obispos, esta es la más importante», afirmó. El obispo posee un cargo, una autoridad y responsabilidades institucionales, pero estas no pueden entenderse independientemente de su condición primordial de discípulo.
«Somos obispos, pero ante todo somos discípulos», les recordó León XIV, retomando el Evangelio según San Marcos: Cristo instituyó a los Doce primero «para que estuvieran con él», antes de enviarlos a predicar. Esta jerarquía es esencial. Significa que la eficacia pastoral no es el criterio principal del ministerio episcopal. La Eucaristía, la Palabra de Dios y la oración no se presentan como actividades adicionales en una agenda ya de por sí apretada, sino como la fuente misma de la gobernanza pastoral.
León XIV desarrolló entonces un concepto muy concreto de cercanía. El obispo debía conocer las alegrías y las tristezas de su pueblo, pero también sus historias y, en la medida de lo posible, sus nombres. «Entren, cuando puedan, en sus hogares, oren con ellos», instruyó a los nuevos obispos. Una visita, una bendición, un tiempo compartido con un sacerdote o escuchar a una familia, recalcó, «permanecen en el alma de una persona para siempre».
Esta concepción del episcopado se fundamenta en la sollicitudo pastoralis , la pastoral tradicional. No se trata simplemente de acumular responsabilidades, sino de «llevar al pueblo en el corazón». Se hace especial hincapié en el pasaje dedicado a los sacerdotes. «Les recomiendo que amen a sus sacerdotes», declara León XIV. Deben encontrar en su obispo «un padre y un hermano». El Papa pide a los obispos que los escuchen, los animen, recen por ellos y se alegren del bien que hacen. Insiste especialmente en los sacerdotes ancianos y enfermos: «Háganles sentir que son valiosos, que la Iglesia les está agradecida y que el obispo no los olvida».
En una Iglesia donde la función episcopal incluye necesariamente una dimensión administrativa cada vez mayor, León XIV nos recuerda así que la relación entre el obispo y su presbiterio no puede reducirse a la de un gestor institucional con sus colaboradores.
El discurso adquiere entonces una dimensión más amplia cuando el Papa aborda las transformaciones tecnológicas contemporáneas. «Los avances en las tecnologías de la comunicación y la inteligencia artificial han abierto posibilidades que, hasta hace pocos años, ni siquiera hubiéramos imaginado», reconoce. Pero León XIV establece de inmediato un límite fundamental: «Ciertamente, no pueden liberar a la humanidad del pecado y sus consecuencias». Esta afirmación tiene un significado teológico. El Papa no condena la tecnología ni la inteligencia artificial. Más bien, distingue el progreso tecnológico de la cuestión de la salvación. Una civilización puede aumentar considerablemente su poder científico sin resolver por ello la cuestión del mal, la libertad humana o la responsabilidad moral.
León XIV se refiere aquí a su encíclica Magnifica humanitas , en la que afirma haber ofrecido a los pastores, en particular, «una visión y un método» para afrontar «el gran reto de salvaguardar la humanidad en la era de la inteligencia artificial». Ahora pide a los obispos que promuevan espacios de reflexión y diálogo en sus diócesis.
Finalmente, León XIV reitera la vocación misionera del obispo, especialmente en las Iglesias jóvenes. Su horizonte no puede limitarse a quienes asisten a las parroquias: debe extenderse a otros cristianos, a creyentes de otras religiones, a quienes no profesan ninguna fe y a «todos los hombres y mujeres de buena voluntad». Para resumir esta concepción del episcopado, el Papa retoma a San Agustín y una de las declaraciones más célebres del obispo de Hipona: «Para vosotros soy obispo; con vosotros soy cristiano».
Esta frase resume todo el discurso. El obispo recibe autoridad real en la Iglesia, pero esta autoridad nunca lo aparta de la condición común de los bautizados. Antes de gobernar, debe seguir siendo discípulo; antes de hablar, escuchar; antes de organizar, orar. En un entorno eclesial y social cada vez más complejo, León XIV no propone principalmente un nuevo método de gobierno. Retoma para los nuevos obispos lo que, según él, debería constituir su principio: la comunión con Cristo, la cercanía al pueblo y una paternidad efectiva hacia los sacerdotes que les han sido confiados.
Por QUENTIN FINELLI.
CIUDAD DEL VATICANO.
JUEVES 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026.
TCH.

