León XIV no irá al sitio donde fueron asesinados monjes católicos en Argelia: ¿se olvida su martirio?

ACN

* En su encíclica Veritatis Splendor (1993), San Juan Pablo II nos recuerda que la verdad constituye el fundamento de toda relación auténtica.

La ausencia del papa León XIV en Tibhirine durante su viaje a Argelia suscita serias dudas.

Presentada como una visita de «fraternidad» entre pueblos, en realidad parece marcada por una forma de «  complacencia diplomática ».

Esto resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta que León XIV ya conocía el país, pues lo había visitado en dos ocasiones cuando era Superior General de los Agustinos.

A la luz de las declaraciones
poco convinventes
del cardenal Jean-Paul Vesco,
surge una inquietante contradicción:
la amistad proclamada
parece justificar
el silencio sobre la verdad,
a riesgo de una especie de «traición»
a la memoria de los monjes de Tibhirine.

De hecho, al afirmar (en una entrevista con Zenith Media el 10 de abril de 2026) que la Iglesia en Argelia no conmemora «los asesinatos en sí», sino solo el «testimonio de vida y fraternidad », el cardenal Jean-Paul Vesco establece una distinción con consecuencias trascendentales.

En la tradición cristiana,
el martirio
es inseparable de la muerte violenta
que lo consagra.
Las vidas y las muertes de los monjes
conforman una sola unidad.
Separarlas
debilita el impacto de su testimonio.

Tumbas de los monjes en el monasterio de Tibirina

Christian de Chergé, Luc Dochier, Christophe Lebreton, Michel Fleury, Bruno Lemarchand, Célestin Ringeard y Paul Favre-Miville no solo compartían un vínculo ejemplar de hermandad, sino que también fueron asesinados la noche del 26 al 27 de marzo de 1996, en circunstancias que aún hoy permanecen envueltas en misterio. Ignorar esta realidad es convertir una historia profundamente personal en una narrativa sensacionalista.

Por su parte, el cardenal Vesco insiste en la necesidad de «tender puentes entre el mundo musulmán y el cristiano». La intención es loable. Pero la verdadera amistad no se construye sobre el silencio.

La amistad cristiana exige la verdad.
No rehúye los temas difíciles;
los afronta con caridad y valentía.

Sin embargo,
en el caso de Tibhirine,
la verdad
permanece parcialmente inaccesible,
debido en particular
a los persistentes obstáculos oficiales
en la búsqueda de responsabilidades.

Al aceptar «pasar página»
sin que se revele toda la verdad,
se establece una relación
basada en áreas de incertidumbre.
Esta ‘amistad’ es frágil
porque se sustenta en lo que se calla.

Cuando el cardenal afirma que los monjes «no fueron asesinados por musulmanes », oscurece la interpretación de los hechos.

Es cierto que la guerra civil argelina se cobró muchas víctimas musulmanas, incluidos imanes. Pero esta realidad no debe llevar a diluir la naturaleza específica del martirio de los monjes ni a eludir la cuestión de las responsabilidades.

La investigación del juez Marc Trévidic
ha demostrado
cuán incompleta sigue siendo la verdad.
La falta de cooperación
de ciertas autoridades
ha impedido una esclarecimiento completo.

En este contexto, adoptar un discurso que evita cualquier cuestionamiento explícito equivale a mantener la ambigüedad.

La ausencia del Papa en Tibhirine
encaja con esta lógica.
Parece ser una extensión
del deseo de
no «causar problemas»,
de no reavivar asuntos delicados
para el gobierno argelino.

Pero esta cautela
puede interpretarse
como una forma de sometimiento.

Porque el silencio,
en este caso,
no es neutral.

Contribuye a mantener intactas
las áreas de incertidumbre.

La Iglesia no puede dar la impresión
de que acepta ocultar ciertas verdades,
para preservar
un ‘equilibrio’ diplomático.

Eso sería renunciar
a su misión de dar testimonio.

Mientras el cardenal Vesco hablaba, surgió una impresión: la de una amistad que parecía más impulsada por la Iglesia que genuinamente compartida.

  • La Iglesia realiza numerosos gestos de apertura, acepta la discreción, evita temas delicados y enfatiza la fraternidad.
  • Pero por parte de las autoridades argelinas, la reciprocidad parece limitada: falta de cooperación plena en asuntos esenciales, control estricto de la libertad religiosa y secretismo en torno a eventos importantes.

¿Podemos hablar de amistad
cuando no hay una colaboración?

La verdadera amistad
presupone reciprocidad,
una voluntad común
de avanzar en la verdad.
De lo contrario,
corre el riesgo de convertirse
en una relación desequilibrada,
donde una parte consiente
y la otra guarda silencio.

Esta situación resulta aún más problemática, ya que parece desviarse de la enseñanza constante de Juan Pablo II sobre el diálogo interreligioso. El papa polaco, especialmente durante el encuentro de Asís en 1986, sentó las bases para un diálogo exigente, basado en el respeto pero también en la verdad. Jamás abogó por una fraternidad construida sobre la ignorancia de la realidad o la evasión de temas delicados.

  • En su encíclica Veritatis Splendor (1993), nos recordó que la verdad es el fundamento de toda relación auténtica.
  • En Redemptoris Missio (1990), enfatizó que el diálogo interreligioso no puede sustituir el testimonio de la verdad, sino que debe integrarse plenamente en ella.

En otras palabras,
el diálogo no consiste en silenciar
lo que perturba,
sino en abordarlo
con caridad.

No se trata de construir
una paz aparente,
sino una relación arraigada en la verdad.

Finalmente, existe una contradicción difícil de ignorar.

  • El cardenal Vesco invoca constantemente el ejemplo de los monjes y su mensaje de amistad.
  • Sin embargo, justifica una política que consiste precisamente en evitar lo más conmovedor de su historia.

La ausencia del Papa en Tibhirine se convierte así en el símbolo de un enfoque particular, de una memoria parcial, de una verdad entre paréntesis.

Pero, ¿se puede honrar verdaderamente a los mártires aceptando el silencio sobre aquello que, en su muerte, aún clama por justicia y luz?

Por PHILIPPE MARIE.

SÁBADO 11 DE ABRIL DE 2026.

TCH.

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