León XIV contradice la doctrina sobre la guerra en su primera encíclica: no hay guerras justas, dice, y rechaza los «ataques preventivos»

ACN

* En ‘Magnifica humanitas’ prohíbe delegar en la IA las decisiones bélicas

* «Debemos educarnos en el ayuno de la IA»

* Asegura que la IA «no es neutral» y detrás de ella se esconden modelos de lo que según sus creadores debería ser la persona

* Reiterado rechazo a los ataques preventivos, así llamados por EU e Israel para atacar a Irán

El Papa Leon XIV
El Papa Leon XIV. (Reuters)

La primera encíclica de León XIV, «Magnífica Humanidad», firmada el pasado 15 de mayo, tiene dos aristas principales:

  • El rechazo a la guerra, a todo tipo de guerra, y
  • La advertencia sobre la llamada IA (Inteligencia Artificial), que también está siendo utilizada como un instrumento de guerra y dominación a través de las grandes tecnológiocas estadounidenses.no es solo un texto magisterial,

«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos».

«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos», escribe León XIV.

Luego asegura que «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo», pero que sobre ella «se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto». A partir de entonces desafía repetidamente a los lectores a decidir por qué bando tomarán partido.

A través de cinco capítulos, una introducción y una conclusión, en la encíclica ue mantiene la línea de Francisco, León XIV se pregunta «sobre el mundo que estamos construyendo, preguntándonos qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA», y dice que cada persona debe ser «colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad».

«Cada modelo de IA debe ser examinado con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad?»

El Papa dedica mucho espacio a la IA, y recuerda que ésta «no es neutral» y que detrás de estos modelos se esconde siempre una visión concreta de la persona. En concreto, «pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión».

A LeónXIV le preocupa que «un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».

La IA «debe ser examinada con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?».

Pide saber prescindir del uso de la IA, cuidar la educación para que no se pierda en los jóvenes la capacidad de «interesarse por la verdad y hacerse preguntas». Pero por sobre todo, vigilar para «custodiar lo humano».

Recuerda qiue «la capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros», como «leer cuentos a un niño, acompañar a una persona anciana o hacer acogedor un espacio, son gestos que se viven en un ambiente familiar».

Contra la «guerra justa»

León XIV «reitera la superación de la teoría de la «guerra justa», invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto».

En una nota a pie de página precisa que al invocar la legítima defensa «fácilmente se cae en una interpretación demasiado amplia de este posible derecho. Así se quieren justificar indebidamente aun ataques «preventivos» o acciones bélicas que difícilmente no entrañen ‘males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar».

En su opinión, la guerra nunca es justa pues «la humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón».

La sabiduría es mayor que la inteligencia.

Una de las contribuciones más originales de la encíclica es su distinción entre inteligencia y sabiduría. León XIV escribe: «La sabiduría no consiste en acumular información, sino en discernir el sentido de las cosas a la luz de la verdad» ( Magnifica Humanitas , n.º 41). Esta frase es crucial. La inteligencia artificial puede procesar miles de millones de datos. Puede analizar información a una velocidad inaccesible para la mente humana. Pero la sabiduría es algo completamente distinto. Presupone la capacidad de discernir el verdadero bien, de priorizar las realidades y de comprender su propósito último. Esta reflexión se hace eco directamente de la tradición de Santo Tomás de Aquino. La sabiduría no consiste simplemente en saber más. Consiste en ver las cosas desde la perspectiva de Dios.

Una civilización sin verdad acaba perdiendo su libertad.

León XIV también dedica varias páginas a la crisis de la verdad en las sociedades contemporáneas. Escribe: «Una sociedad que renuncia a la búsqueda de la verdad termina reduciendo la libertad a la satisfacción de las preferencias individuales» ( Magnifica Humanitas , n.º 53). Esta reflexión amplía directamente las enseñanzas de Benedicto XVI. Cuando la verdad desaparece, solo quedan los deseos individuales o las luchas de poder. En tal contexto, la tecnología corre el riesgo de convertirse en una mera herramienta al servicio de las preferencias del momento, en lugar de estar orientada hacia el bien común.

La persona humana no es un conjunto de datos.

Uno de los capítulos más importantes de la encíclica critica la tendencia a reducir al ser humano a datos digitales. El Papa afirma: «La persona humana jamás podrá reducirse a la suma de sus datos, sus comportamientos observables o sus preferencias predecibles» ( Magnifica Humanitas , n.º 67). Esta afirmación constituye una crítica fundamental a ciertos excesos de la economía digital contemporánea. Las tecnologías actuales acumulan enormes cantidades de información sobre las personas. Pero para León XIV, la persona siempre es más grande de lo que se puede medir. Los seres humanos poseen una vida interior. Poseen libertad. Poseen una vocación espiritual. Ningún algoritmo podrá jamás agotar este misterio.

La crítica más profunda del transhumanismo

El Papa aborda entonces una de las ideologías más influyentes del mundo tecnológico contemporáneo. Denuncia una visión según la cual «la plenitud de la vida consiste en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto, controlarlo todo» ( Magnifica Humanitas , n.º 72). Aquí reside el núcleo del proyecto transhumanista. El envejecimiento se considera un problema. La enfermedad, una anomalía. La dependencia, una humillación. La muerte misma, un fracaso tecnológico. Ante esta lógica, León XIV nos recuerda: «Aceptad los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que deba corregirse» ( Magnifica Humanitas , n.º 15). El cristianismo no promete la abolición de la condición humana. Proclama su transfiguración. Cristo no eliminó el sufrimiento, lo experimentó. No eliminó la muerte, la venció. La diferencia fundamental entre el cristianismo y el transhumanismo radica aquí: uno busca eliminar la fragilidad, el otro le da sentido.

Cuando la eficiencia se convierte en un ídolo

Uno de los diagnósticos más perspicaces de la encíclica se refiere al culto contemporáneo al rendimiento. León XIV escribe: «Cuando la eficiencia se convierte en la medida del valor, los seres humanos se ven tentados a considerarse proyectos a optimizar en lugar de criaturas llamadas a la relación y la comunión» ( Magnifica Humanitas , n.º 76). Esta frase merece una reflexión profunda. A las personas modernas se les insta constantemente a mejorar su rendimiento, optimizar su tiempo, aumentar su productividad y medir su valía por sus resultados. Gradualmente, corren el riesgo de verse a sí mismas como máquinas. El cristianismo afirma precisamente lo contrario. Los seres humanos no son programas. Son personas.

El progreso también puede hacer que el hombre se sienta más solo.

Entre los pasajes más originales del texto se encuentra esta observación: «El poder tecnológico, si no está equilibrado, no nos hace más capaces: nos hace más solos» ( Magnifica Humanitas , n.º 81). Nunca antes las personas habían estado tan conectadas. Sin embargo, nunca antes las sociedades occidentales habían experimentado tanta soledad, aislamiento y angustia relacional. León XIV nos recuerda aquí una distinción esencial: la conexión no es comunión. Las tecnologías transmiten información; no producen amor.

Una crisis de contemplación

El Papa también identifica un peligro espiritual que a menudo se ignora. Escribe: «Una civilización que ya no sabe contemplar corre el riesgo de perder la capacidad misma de admirar» ( Magnifica Humanitas , n.º 91). Esta frase es de una profundidad asombrosa. El mundo digital fomenta la velocidad, la inmediatez y la reacción constante. La contemplación, por el contrario, requiere silencio, paciencia y apertura a la realidad. León XIV parece sugerir que la crisis contemporánea es también una crisis de atención. La gente lo ve todo, pero contempla cada vez menos.

La libertad no es una elección ilimitada.

En otro pasaje particularmente importante, el Papa nos recuerda: «La auténtica libertad no consiste en multiplicar las opciones, sino en poder elegir el bien» ( Magnifica Humanitas , n.º 118). Esta frase resume toda la concepción cristiana de la libertad. La libertad no es la ausencia de límites, sino la capacidad de elegir lo que conduce a la verdad y al bien. Esta reflexión cobra especial relevancia en un momento en que los algoritmos buscan cada vez más influir en el comportamiento humano.

No «delegar» a la IA decisiones bélicas

Otra novedad doctrinal es que León XIV considera «no lícito» delegar en la IA decisiones en ámbito bélico, pues «el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona», como «si la violencia fuera inevitable y sólo deba optimizarse».

Su uso como usan armas, propone que se mantengandeben sostenerse tres criterios: la responsabilidad personal, el tiempo para el juicio moral, pues «en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia», y la protección de los civiles.

La cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones»; y que «la selección de objetivos y el uso de la fuerza no confundan a combatientes y no combatientes, ni ignoren el impacto sobre las poblaciones indefensas».

En ámbito doctrinal, precisa y ensancha algunos elementos de la doctrina social de la Iglesia, como el concepto de «justicia social» y «destinación universal de los bienes», y también confirma que es gravemente ilícito el aborto provocado y la eutanasia, y aboga por la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.

Al realizr un análisis de la grave situación que se vive en el mundo, recuerda que la caída del comunismo tras la caída del Muro de Berlín «vino acompañada de una globalización predominantemente económica, carente de una arquitectura política adecuada capaz de sostener el diálogo y la paz» y «se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad». El resultado es sin embargo un «multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro».

TEXTO COMPLETO EN ESPAÑOL DE LA ENCÍCLICA.

Ahoraplica León XIV, , ex «reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —«yo primero», «amigo-enemigo», «nosotros-vosotros»— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones. La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto «derecho del más fuerte», y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia».

tentación de pensar que no se puede hacer nada

Ante este dramático panorama, avisa a los católicos de la «tentación sutil» de «pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada. Es una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo».

Les recuerda que «nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado». Lo hace, con buen humor, con una cita del personaje Gandalf de «El Señor de los Anillos», de J.R.R. Tolkien.

En el texto también cita entre otros a Viktor Frankl y a Hannah Arendt. También a Pablo Picasso, pues recuerda cómo «algunas obras artísticas han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido».

Su propuesta concreta es «desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo». Y sobre todo, «salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad». Esa ‘magnífica humanidad’ que intenta salvar.

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