Le herida sigue abierta: los cardenales relegaron la liturgia

ACN

El primer consistorio extraordinario del pontificado de León XIV, celebrado los días 7 y 8 de enero de 2026 en el Vaticano, reunió a cerca de 170 cardenales en la Sala del Sínodo.

Oficialmente dedicado a definir las grandes orientaciones de la Iglesia para los próximos años, este acontecimiento confirmó sobre todo la adhesión casi unánime del Sacro Colegio a la línea misionera y sinodal, dejando de lado —una vez más— la cuestión litúrgica, que es sin embargo esencial en la crisis actual de la Iglesia.

Un sentimiento de déjà vu se impone al observador atento. La metodología adoptada retoma las fórmulas ya bien ensayadas de los recientes sínodos:

  • mesas redondas,
  • grupos lingüísticos,
  • intervenciones cronometradas.

Más que el contenido de los intercambios, parece primar el «proceso».

El Sumo Pontífice, ausente de las discusiones en pequeños grupos pero atento a las síntesis finales, quiso además subrayar que el camino recorrido juntos importaba más que las conclusiones formales. Una afirmación convertida ya en leitmotiv del discurso sinodal contemporáneo.

Para la inauguración de los trabajos, el cardenal dominico Timothy Radcliffe —poco sospechoso de tradicionalismo— fue encargado de una meditación destinada a orientar los debates. Llamando a los «príncipes de la Iglesia» a afrontar con valentía las «tempestades» del mundo moderno, desde las crisis humanitarias hasta los escándalos de abusos, el prelado evitó cuidadosamente abordar otras tempestades que, sin embargo, agitan a la Iglesia desde hace varias décadas.

El filo de las prioridades

El núcleo del consistorio se centró en una votación decisiva. El Papa había propuesto cuatro temas: la evangelización, la reforma de la Curia, la sinodalidad y la liturgia. Debido a supuestas «limitaciones de tiempo», se pidió a los cardenales que eligieran solo dos, por mayoría.

El resultado es revelador. La sinodalidad y la misión fueron ampliamente respaldadas, relegando la liturgia —así como la reforma de la Curia— al rango de cuestiones secundarias. Una decisión cargada de significado. Porque, si bien se pueden debatir los medios de la acción misionera, resulta cuanto menos inquietante constatar que la oración pública de la Iglesia, la lex orandi íntimamente unida a la lex credendi, sea considerada no prioritaria.

Un silencio que dice mucho

Este silencio sobre la liturgia no pasó desapercibido.

  • Incluso antes de la apertura del consistorio, varios medios, entre ellos la agencia de información Zenit y la prensa italiana, señalaban que un grupo nada desdeñable de cardenales deseaba precisamente situar esta cuestión en el centro de los debates.
  • Para ellos, la actual crisis litúrgica es inseparable de la crisis de la fe.
  • Esperaban una reflexión seria sobre las tensiones provocadas por las restricciones impuestas [a la Misa tradicional] por Traditionis custodes, así como un gesto de apaciguamiento hacia los fieles apegados a la liturgia tradicional.

Nada de eso ocurrió.

El «soplo» de la Iglesia —su oración— parece haber sido sacrificado en el altar de la sinodalidad.

El portavoz del Vaticano, Matteo Bruni, intentó minimizar el alcance de esta relegación, afirmando que ningún tema quedaba definitivamente excluido y que el Papa había sido «informado de la urgencia percibida» de ciertas cuestiones. ¿Por quién? ¿Según qué criterios?

La formulación permanece deliberadamente vaga. También se precisó que los temas no seleccionados podrían ser «abordados en el marco de los temas elegidos», una forma elegante, dirán algunos, de diluir los problemas en lugar de afrontarlos.

¿Una estrategia de evasión?

Para algunos observadores, esta decisión respondería a un cálculo táctico.

Elegido desde hace menos de un año, León XIV trataría de evitar una confrontación directa en un terreno litúrgico que se ha vuelto altamente conflictivo, donde chocan frontalmente dos visiones irreconciliables de la Iglesia. Al poner el acento en la misión y la sinodalidad, intentaría construir una unidad de acción antes de reabrir dossiers más sensibles.

Pero esta estrategia conlleva un riesgo mayor: el de aplazar indefinidamente el tratamiento de una herida abierta.

La liturgia no es un tema más; es el corazón palpitante de la vida de la Iglesia.

Mientras la cuestión litúrgica permanezca sin resolver, cualquier intento de una «paz eclesial duradera» seguirá siendo ilusorio.

Este consistorio habrá dejado, pues, en suspenso, cuestiones fundamentales.

La reforma administrativa de la Curia y, sobre todo, la restauración de una liturgia fiel a la tradición bimilenaria de la Iglesia son dossiers que el pontificado de León XIV deberá afrontar tarde o temprano, si quiere garantizar verdaderamente la unidad y la vitalidad de la Iglesia católica.

CIUDAD DEL VATICANO.

ACTUALITÉS.

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