Las resplandecientes sombras demoníacas en la Era Digital

Editorial ACN Nº175

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En un mundo que se jacta de su racionalidad tecnológica, donde la inteligencia artificial promete iluminar el futuro y las redes sociales dictan la moral colectiva, el XV Congreso Internacional de la Asociación Internacional de Exorcistas, celebrado del 15 al 20 de septiembre de 2025 en  Roma, nos recuerda con crudeza una verdad incómoda: el maligno no ha tomado vacaciones, es pervertidor y pervertido.

Con la bendición del Papa León XIV, quien elogió el «delicado y tan necesario ministerio del exorcista» como un acto de liberación en nombre de Cristo, unos 300 sacerdotes de todos los continentes se reunieron para diseccionar las grietas por donde se filtra el inmundo humo de Satanás.

Para México azotado por crisis espirituales y sociales, este evento no es un anacronismo medieval, sino un grito de alerta ante una batalla que se libra en las sombras de nuestra posmodernidad, especialmente entre la juventud, vulnerable a modas esotéricas y algoritmos que disfrazan el caos como empoderamiento.

El congreso, presidido por monseñor Karel Orlita, exorcista checo, no se limitó a rituales antiguos. Abordó con rigor contemporáneo las formas actualizadas de la tentación: desde el vudú sincrético que arrastra a comunidades enteras hacia la sumisión demoníaca, pasando por la Nueva Era, ese cóctel relativista de teosofía y neognosticismo que el padre Andrés Esteban López Ruiz, exorcista mexicano, denunció como un veneno holístico que disuelve la moral cristiana—, hasta la parapsicología, esa pseudociencia que, como advirtió el padre Francesco Bamonte, abandona a los fieles en manos de médiums disfrazados de terapeutas.

Pero el clímax llegó con la ponencia de Beatrice Ugolini, criminóloga asesora del Grupo de Investigación sobre Ritos Satánicos e Idolátricos (GRIS), quien expuso cómo la inteligencia artificial fomenta una «magia del caos»: algoritmos que recopilan datos personales para adivinaciones personalizadas, nigromancia digital y herramientas mágico-operativas que invitan a la experimentación individual con lo oculto. En una era donde TikTok y apps de meditación «espiritual» venden cristales y horóscopos como antídotos a la ansiedad millennial, ¿no sería el caballo de Troya perfecto que oculte al diablo?

La juventud mexicana, atrapada en este torbellino, es el blanco predilecto. Según datos de la Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas entre Adolescentes (ENCODAT) 2024, el 25% de los jóvenes entre 12 y 17 años ha experimentado con prácticas esotéricas o «espirituales alternativas», un incremento del 15% en los últimos dos años, impulsado por influencers que promueven la Nueva Era como «autodescubrimiento». Pero detrás de los mantras de gratitud y los reels de tarot, yace un vacío que el demonio explota: trastornos obsesivo-compulsivos mal diagnosticados como meras patologías psicológicas, obsesiones diabólicas que el psicólogo del Congreso, Mauro Billetta, comparó con síntomas psiquiátricos y un auge de suicidios vinculados a sectas ocultas.

El padre John Szada, psicólogo y exorcista estadounidense, insistió en un discernimiento unitario: la fe debe integrar la ciencia, no rechazarla, para evitar que el maligno se cuele por diagnósticos precipitados. En México, donde el 40% de los jóvenes reporta depresión según la OMS, esta confusión es letal. La secularización rampante nos deja desarmados, convirtiendo terapias online en portales inadvertidos para influencias preternaturales.

Y si el congreso iluminó el panorama global, los hechos recientes en México lo vuelven escandalosamente local. En los últimos tres meses, julio y agosto de 2025, el satanismo no ha sido un rumor lejano, sino un estallido tangible que clama por exorcistas. En Saltillo, Coahuila, la diócesis alertó el 2 de agosto sobre una secta de santería activa, responsable de rituales con sacrificios de animales y prácticas ocultistas que han coincidido con un repunte de suicidios entre jóvenes.

Solo una semana después, el 31 de julio, un comunicado eclesial vinculó explícitamente estas prácticas a un aumento de casos trágicos, donde el espiritismo condena a los difuntos a un limbo ficticio, contrario a la doctrina católica de 1979. Pero el colmo llegó el 25 de agosto: la inauguración del primer templo satánico en Saltillo, bautizado como «Guardianes de Lucifer», un espacio abierto a «explorar las profundidades del sendero zurdo» que atrajo a decenas de curiosos, muchos de ellos menores de edad atraídos por la rebeldía digital. Este evento, reportado ampliamente, no es aislado; en Boca del Río, Veracruz, se anuncia otro templo similar para las próximas semanas, en una zona donde el satanismo crece crece como los hongos.

El congreso de Roma nos urge a actuar. En México, donde el mal se manifiesta en balaceras narco disfrazadas de «paz» y en apps que venden pactos digitales, la Iglesia debe elevar su voz, no como inquisidora, sino como madre que libera. La juventud no necesita más filtros de Instagram; necesita discernimiento evangélico. Como el cardenal Arthur Roche predicó en el Congreso: el exorcismo es signo del amor eclesial. Ignorémoslo, y el maligno seguirá riendo en las sombras resplandecientes de nuestros smartphones. Es hora de invocar la victoria de Cristo, antes de que la magia del caos nos reclame por completo.

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