La sonrisa que venció a la muerte: Carlo Acutis, testigo de una fe inmensa

Un adolescente normal que encontró en la Eucaristía, en la Virgen y en la alegría de vivir el camino hacia la santidad.

El 7 de septiembre de 2025, el Papa León XIV canonizó a Carlo Acutis, el muchacho italiano de apenas quince años que hoy la Iglesia proclama santo. Su vida breve, luminosa y profundamente normal se ha convertido en un faro para el mundo entero: un chico alegre, rodeado de amigos, amante de la tecnología y del deporte, pero que había centrado su existencia en lo esencial: Jesucristo presente en la Eucaristía.

Lo que vuelve encantador a Carlo es la paradoja de su sencillez y su grandeza. Con la naturalidad de un adolescente, supo vivir una fe profunda en medio de una vida cotidiana normal. No se encerró en un mundo irreal: jugaba, reía, tenía amigos como cualquier otro joven. Pero en todo buscaba a Cristo y lo encontraba en lo ordinario. De ahí que pudiera afirmar con claridad: «Estar siempre unidos a Jesús, ese es mi proyecto de vida».

La Eucaristía fue la pasión de su existencia. Decía con convicción: «Cuanto más Eucaristía recibamos, más nos pareceremos a Jesús, de modo que en esta tierra tendremos un anticipo del cielo». A través de la misa y de la adoración, Carlo descubrió el centro de la santidad. Su celo lo llevó a difundir por internet los milagros eucarísticos, convencido de que la fe debía anunciarse también en el mundo digital.

Su amor a María fue igual de profundo: «La Virgen María es la única mujer en mi vida», repetía con ternura. En la Madre de Dios encontró refugio y guía segura hacia Cristo. Ese amor filial lo acompañó hasta el final, sosteniéndolo en la enfermedad.

Su vida estuvo marcada por la pureza y la alegría. Era un muchacho que transmitía gozo de vivir, lo que él mismo llamaba “la alegría de la santidad”. Incluso en la enfermedad, lejos de quejarse, ofreció su sufrimiento “por el Papa”, entonces Benedicto XVI, que atravesaba momentos de gran prueba. Su fe no solo lo sostuvo a él: transformó a sus propios padres, que eran poco religiosos y que, gracias al testimonio de Carlo, redescubrieron la fe.

Quizá la imagen más conmovedora sea la de su serenidad ante la muerte. Poco antes de fallecer, se le grabó diciendo con una sonrisa en los labios: “Estoy destinado a morir”, expresión que desarmaba por su paz. Y al final de su vida, pudo dejar un testamento que resume todo su camino: «Estoy feliz de morir, porque he vivido mi vida sin desperdiciar un minuto en aquellas cosas que no agradan a Dios».

Carlo no fue un héroe inalcanzable, sino un adolescente normal que se dejó modelar por la gracia. Su vida de piedad sencilla, su devoción mariana, su amor eucarístico y su alegría de vivir se han convertido en un camino de conversión para muchos. La prueba más cercana fue la de sus propios padres; pero ahora, canonizado por la Iglesia, se vuelve un modelo para millones de jóvenes que buscan sentido en medio de la banalidad.

Al proclamarlo santo, el Papa León XIV subrayó que la santidad no depende de la edad, sino de la radicalidad con que se vive el Evangelio. Carlo Acutis es prueba de que un jovencito, con fe profunda y sonrisa limpia, puede convertirse en un gigante espiritual. Un muchacho normal, inmenso en su tiempo, que encontró en Cristo la fuente de la felicidad verdadera.

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