La ruptura que provoca su presencia

Dime, ¿alguna vez has tenido que tomar una decisión que te costó lágrimas porque sabías que cambiaría tus relaciones, tu seguridad o incluso tu paz? Quizás fue elegir entre la verdad y la mentira, entre la justicia y la comodidad, entre seguir a Cristo o seguir el camino fácil. En esos momentos, el corazón late más fuerte, la mente busca excusas y todo dentro de ti se resiste al cambio. Naturalmente, tiendes a evitar el dolor y buscas lo fácil. Por eso, elegir lo que exige Jesús es tan difícil.

En el Evangelio de este domingo, Jesús te dice con firmeza, ¿piensas que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo, no he venido a traer la paz sino la división. Palabras duras, pero verdaderas.

Jesús no habla de la división de las guerras o las venganzas, sino de la ruptura que provoca su presencia. Quien lo elige a él, descubre que no hay nada más grande, ni siquiera la propia familia. Su amor es tan radical que pide estar en el centro de tu vida por encima de tus seguridades, de tus afectos y de tus bienes.

Jesús trae fuego, el fuego de su amor, de su verdad que purifica y divide lo verdadero de lo falso, lo eterno de lo pasajero. Lo sabes bien, seguir a Jesús no te dará aplausos. Tal vez en tu familia o en tu trabajo te miren como exagerado por vivir con coherencia. Quizá te duele cuando alguien cercano se burla de tu oración, o cuando te piden que calles tu conciencia para no incomodar.

La vida te pone constantemente entre dos fuegos, el de la tibieza que acomoda o el del amor que transforma. Lo que más te cambia no son los razonamientos fríos, sino las decisiones tomadas en medio de emociones intensas.

Por eso Jesús te dice, he venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo. Él quiere que ardas en el fuego de su amor, no en la indiferencia que adormece. Hoy Jesús te pide que decidas, no puedes seguirlo a medias, no puedes amarlo un poco mientras tu corazón sigue esclavo de tus miedos, tus apegos o tus seguridades. Él te dice, quien me prefiere a mí por encima de todo, ese es mi discípulo.

Pregúntate, ¿qué ocupa el primer lugar en tu vida? ¿Es tu comodidad, tu familia, tu trabajo, tu propio yo o Cristo? Deja atrás la tibieza, abandona las excusas, entrégale tus miedos y dile con verdad, Señor, quiero que seas lo primero en mi vida.

Esta semana te propongo dos compromisos sencillos pero exigentes. El primero, ora cada día con dedicación, al levantarte al menos dedica cinco minutos y dile a Jesús, hoy quiero arder en tu fuego, hazme preferirte a ti sobre todo lo demás.

Segundo, elige un acto concreto de fidelidad, en tu familia, en tu trabajo o en tus amistades, no escondas tu fe, haz un gesto claro que muestre que Cristo está primero, una palabra de verdad, una ayuda generosa, un perdón ofrecido.

Si lo haces, experimentarás que ese fuego no destruye sino que da vida, que la aparente división que causa Jesús se convierte en una paz más profunda, la paz de saberse amado sin medida.

“Señor Jesús, hazme arder en tu fuego, quita de mí la frialdad, hazme amarte más que a mí mismo, tú has venido a traer fuego y yo me estoy muriendo de frío, hazme arder en tu amor, ayúdame a comprender que amándote a ti primero sobre todas las cosas, es como podré amarme de manera sana a mí mismo y a los demás”. Feliz domingo, Dios te bendiga.

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