El término “retribución” no aparece en la Escritura, pero constituye el apartado en el que la teología trata de la recompensa que se obtendrá en el más allá, o la otra vida, como denominamos a la Vida Eterna. El término “retribución” está relacionado con la paga justa, el reconocimiento de los méritos adquiridos, el justo salario por la obra realizada. El episodio del evangelio de este domingo cierra el capítulo dieciséis de san Lucas, que iniciamos el domingo anterior. En este texto nos volvemos a encontrar con el conocido pasaje del rico que banquetea sin medida y del pobre Lázaro que mendiga a la puerta del rico frívolo y desaprensivo. A lo largo de los libros de la Biblia la “retribución” se ve como un enigma y una necesidad. Por una parte no se sabe muy bien la manera en la que se va a concretar la retribución en el más allá; y por otra parte resulta muy impreciso el modo de existencia de ultratumba. Pudiera darse, para algún autor sagrado, un lugar común donde van las almas de los muertos, sin grandes diferencias en el trato recibido en el más allá. El caso siguiente refleja algo de lo anterior: Saúl, rey de Israel, va a entrar en guerra y busca una palabra del SEÑOR pero no la encuentra, y recurre a la médium de Endor, para que le evoque el espíritu de Samuel. La mujer así lo hace, y Samuel primero reprende a Saúl por haberlo llamado y molestado, y en segundo término le avisa que en breve estará donde él se encuentra, dándole a entender que morirá en la batalla (Cf. 1Sm 28, 9-19) Samuel, habiendo salido del Sheol, le dice a Saúl: “mañana tú y tus hijos estaréis conmigo” (Cf. 1Sm 28,19). El Sheol era visto como el lugar común donde iban a parar las almas de los que dejaban este mundo. La derrota en la batalla iba a producirse porque YAHVEH había reprobado a Saúl por su desobediencia, sin embargo el estado en el Sheol no sería diferente del propio Samuel, que gozaba de una paz a la que no deseaba renunciar ni para atender a Saúl en sus preocupaciones. El autor del salmo setenta y tres declara destinos diversos para los que han tenido comportamientos contrarios: el que actúa en justicia, vivirá siempre en la presencia del SEÑOR; y el inicuo se precipita para siempre en la ruina. El autor de este Salmo setenta y tres comienza afirmando que DIOS es bueno: “bueno es DIOS para Israel…” (v.1); pero se siente desconcertado el salmista por las malas acciones de los impíos y sus consecuencias en un primer momento: “al ver la paz de los arrogantes y la paz de los impíos, pues no hay congojas para ellos, sano y rollizo está su cuerpo… (v.4). El salmista sigue refiriendo las cosas buenas y agradables que están en las vidas de los impíos, y señala su altanería: “se sonríen y pregonan la maldad… (v.8). No tiene límites su procacidad” ponen en el Cielo su boca y su lengua se pasea por la tierra…. (v.9). El salmista admite que los impíos viven con tranquilidad, no son molestados ni incomodan mientras no se alteren sus intereses. Está viendo y describiendo el salmista la prosperidad del inicuo y concluye con decepción y cierto resentimiento: “en vano he guardado mi corazón puro, y lavado mis manos en la inocencia”. El autor de este salmo se plantea el mismo argumento de fondo que el libro de Job: ¿por qué sufre el justo, y al malvado le van bien las cosas?. En el libro de Job este dilema se resuelve con los hechos, pues el final de Job es más exitoso que los comienzos; y el salmista encuentra respuesta al entrar en el misterio de DIOS para con sus hijos: “me puse a pensar para entenderlo…, hasta que entré en los divinos santuarios donde el destino de los hombres comprendí…” (v.17). El autor sagrado se da cuenta que esta vida no es suficiente para la retribución justa de los hijos de DIOS. La injusticia lo desequilibra todo y se es pobre o rico por causas ajenas a lo que es justo en muchas ocasiones; se disfruta de salud aún llevando una vida desajustada, o se tiene suerte sin haber contribuido a crearla. Sin saber la razón, hay personas que encuentran gran abundancia. El estado de vida presente no ofrece un panorama para una verdadera justicia, por tanto DIOS ha tenido que encontrar una solución desconocida en principio para nosotros. El salmista reconoce en sus meditaciones que la retribución tiene lugar en el estado de vida que se abre tras el presente. Cuando entré en los divinos santuarios comprendí el destino de los impíos. TÚ en un precipicio los colocas, a la ruina los empujas, y pronto causan horror. Como en un sueño al despertar, así desprecias sus sombras” (v.18-19). No todas las estancias en el Sheol son iguales, pues no todos llegan a cruzar la línea divisoria entre esta vida y la otra en las mismas condiciones espirituales. El autor de este salmo todavía no conoce la Vida Eterna dada por JESUCRISTO, pero puede distinguir estados de vida distintos para las almas que dejan este mundo. Allí recibirán el castigo o la recompensa por el bien realizado. El destino del hombre impío y criminal es el abismo. El destino final es muy distinto para el que cuenta con el favor de DIOS: “a mí, que estoy siempre contigo de la mano derecha me has tomado. Me guiarás con tu consejo y tras la Gloria me llevarás. ¿quién hay para mí en el Cielo?, estando CONTIGO no encuentro gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen, ROCA de mi corazón, mi porción, DIOS por siempre” (v.20-26). Este salmo, junto con el quince y en cierta medida el ciento treinta y ocho, muestran la prolongación de la existencia en una perfecta unión con DIOS. Por otra parte, “todos los que se alejan del SEÑOR perecerán, pues TÚ aniquilas a todos los que te son infieles” (v.27). Este salmo encontrará su pleno cumplimiento con la muerte y Resurrección de JESÚS, que abre para los hombres las moradas eternas que estaban cerradas, pero de modo anticipado se le concede al salmista una visión del Día del SEÑOR como le sucedió a Abraham, en palabras de JESÚS: “Abraham se alegró de ver mi Día” (Cf. Jn 8,56). Al acercarnos a los tiempos mesiánicos algunos libros muestran una clara certeza en la Vida Eterna y en una estrecha relación entre los que estamos en este mundo y los hermanos, que habiendo muerto puedan estar padeciendo purificación por algún motivo, como muestra el segundo libro de los Macabeos (Cf. 2Mac 12,42-46). El motivo de la oración expiatoria por los compañeros muertos en la batalla fue que les encontraron toda suerte de amuletos debajo de sus ropas, cosa del todo prohibida por la Ley de Moisés. Lo importante en este caso es la convicción de la Vida Eterna más allá de este mundo, a la que sólo se llega en las condiciones que prescribe la Ley. Pero también aparece la acción reconfortante de los que todavía en este mundo pueden orar e interceder para bien de los hermanos fallecidos. Cualquier oración de intercesión por nuestros hermanos fallecidos tiene su razón y fundamento en la Oración Sacerdotal de JESÚS (Cf. Jn 17), que compendia cualquier petición realizada por los hermanos. No se pueden pedir dones más elevados para nadie que los manifestados por JESÚS en su Oración Sacerdotal, que incluye a todos los hombres. Nosotros no sabemos pedir como conviene (Cf. Rm 8,26), pero JESÚS sí conoce cuál es su destino y el nuestro.
- Creados para la Salvación
- La profecía de Amós
- DIOS espera a sus hijos
- Culto vacío
- El lujo hiriente
- Un canto a la frivolidad
- Culto al cuerpo
- Resultado de los excesos
- Enseñanzas de JESÚS
- El hombre muy rico
- El mendigo Lázaro
- Muerte de Lázaro
- Visión del rico sin nombre
- La recompensa
- Planos infranqueables
- Algo extraordinario
- Moisés y los Profetas
- Insistencia del rico reprobado
- Prevenir para no lamentarse
- La militancia por el Evangelio
- El testimonio de la Fe
Creados para la Salvación
Nuestro destino es el Cielo y sabemos algo de él cuando nos acercamos a lo que se revela en el Nuevo Testamento. La Vida Eterna es la meta de cualquiera de nosotros, dotados de un alma espiritual y creados a “imagen y semejanza de DIOS” (Cf. Gen 1,27). San Pablo lo decía así: “he combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la Fe; y ahora me espera la corona que el SEÑOR me tiene reservada…” (Cf. 2Tm 4,7-8). No sólo la corona de la victoria está reservada para san Pablo, sino para todos los que lleguen al final unidos a CRISTO. Desde siempre la Divina Misericordia sale en busca del pobre, débil, enfermo menesteroso. La Divina Misericordia por parte de DIOS no es una pose de última hora para salvarnos de nuestros pecados y reconducir nuestras vidas en el camino de vuelta al PADRE. La Divina Compasión no exime de la santidad y nuestro destino eterno se ajustará a esta premisa fundamental: “seréis santos, porque YO vuestro DIOS soy SANTO” (Cf. Lv 11,44). JESÚS con suprema autoridad reeditará el antiguo precepto: “sed perfectos como vuestro PADRE celestial es perfecto” (Cf. Mt 5,48) DIOS nos ama y nos quiere salvar porque somos sus hijos, pues por Amor nos creó. Nos asiste por tanto todo el interés de DIOS por llevarnos con ÉL para siempre después de este tiempo de prueba en este mundo calificado de injusto, e imperfecto, porque el pecado lo ha trastocado todo. Si llegamos al final de nuestros días sin la purificación debida, la Divina Misericordia ha dispuesto el Purgatorio como lugar intermedio o proceso preparatorio para entrar definitivamente en el Cielo. Nuestros familiares, amigos y almas en general esperan nuestras oraciones de intercesión para abreviar el estado transitorio en el Purgatorio. Debemos sentirnos reclamados por la Comunión de los Santos que comprende a todos los bautizados, que peregrinamos por este mundo, los que aún permanecen en el Purgatorio y todos los que han alcanzado la Bienaventuranza Eterna. Nuestros hermanos en el Purgatorio esperan nuestras oraciones. Cuando rezamos el Santo Rosario repetimos unas cincuenta veces: “Santa MARÍA, Madre de DIOS, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén” Unimos la propia súplica a la oración o ruego por nosotros de la VIRGEN MARÍA. El ruego imperioso es por el momento presente y el de nuestra muerte. Al pedir por los hermanos difuntos a la santísima VIRGEN, su intercesión es “ahora” en ese instante. Si la intercesión la presentamos con Fe y Caridad es posible que en cada “ahora” sean liberadas un buen número de almas del Purgatorio y llevadas al Cielo. Ante JESÚS no existe mejor intercesora que su MADRE y nuestra MADRE. Viene a ser lectura obligada los números del Catecismo de la Iglesia Católica que tratan sobre el Cielo, el Purgatorio y el infierno (Cf. Nn 1023-1037). Aunque no nos guste el infierno existe desde el momento en el que aparecen los ángeles caídos, aquellos que siguiendo a Lucifer se pronunciaron en contra de DIOS y su obra. Muchos dicen que el infierno está en este mundo. Deberíamos entender que Lucifer trajo el infierno a este mundo y ha echado raíces de gran variedad. Sí es cierto: hay muchos infiernos en este mundo, demasiados. Pero los que construyen infiernos aquí, y no se arrepienten ni enmiendan, continuarán su vida infernal más allá de este mundo como lo reflejaba el salmo setenta y tres. Si la libertad del hombre se aparta de la Gracia se termina en la muerte espiritual necesariamente.
La profecía de Amós
Las palabras de Amós nos siguen acompañando este domingo. La palabra de los profetas es muy clara al disponer en primer lugar la caridad activa antes que los ritos religiosos. Llega a su punto de mayor rechazo el culto que se realiza para enmascarar la injusticia. La ofrenda realizada para deslumbrar y llamar la atención se vuelve una acción de culto rechazada por DIOS. El profeta predica la vuelta del Pueblo al culto del único DIOS acompañado siempre de la atención a los necesitados cumpliendo así toda justicia, pero no deja el profeta de poner el acento en la primacía de la búsqueda de DIOS. La disyuntiva religiosa es buscar a DIOS o seguir a los ídolos; la disyuntiva moral consiste en seguir el camino del bien y la verdad, o el del mal y la mentira. Este esquema tan sencillo recorre la Escritura desde la primera línea hasta su término. El profeta Amós no teme equivocarse y exhorta con indignación y vehemencia: DIOS está de parte de aquel que practica la justicia y del oprimido que sufre la injusticia; y DIOS rechaza al hipócrita religioso, que se encumbra por encima de todos.
DIOS espera a sus hijos
DIOS es fuente de Vida para los que lo buscan: “buscad a YAHVEH y viviréis, pero no busquéis otros dioses” (Cf. Am 5,5). El SEÑOR pide la conversión del pecador mientras todavía hay tiempo, pero aquellos israelitas acomodados en su opulencia despreciaban la condición de los pobres: “YO sé que son muchas vuestras rebeldías y graves vuestros pecados, opresores del justo que aceptáis sobornos y atropelláis a los pobres en la puerta” (Cf. Am 5,12). La puerta principal de la ciudad era el lugar en el que estaba el tribunal para juzgar; y estas élites son denunciadas por Amós como agentes de corrupción, que se prestan al soborno y dictan sentencia contra el inocente. De esta forma no se puede obtener el favor de DIOS por muchos rituales y sacrificios en el templo. En un tono similar al profeta Isaías, el SEÑOR dice a través del profeta Amós: “detesto vuestras fiestas, no me gusta el olor de vuestras reuniones solemnes, no me complazco en vuestras oblaciones ni en los sacrificios de comunión de vuestros novillos cebados” (Cf. Am 5,21-22).
Culto vacío
“Ay de los que se sienten seguros en Síon, y de los confiados en la montaña de Samaria” (Cf. Am 6,1). En tiempos del profeta Amós el templo y el trono estaban estrechamente relacionados, pues Israel se regía por una teocracia como el resto de los pueblos. El Reino del Norte después de separarse del Reino de Judá vio como prioridad el establecimiento de un lugar de culto propio, que evitase a los israelitas del Reino del Norte desplazarse a Jerusalén para las distintas fiestas religiosas y los diversos actos de culto. Por tanto en los tiempos de Amós había dos santuarios reales: uno en Judea y otro en Samaria. El ministerio profético de Amós en un territorio que no es el suyo pone de relieve, que el Reino del Norte no queda excluido de la acción providencial de YAHVEH, aunque todos los textos bíblicos que tratan la “reunificación del Pueblo elegido” realzan a Jerusalén como el lugar en el que serán convocadas todas naciones. Los cánticos referidos a Síon, el Monte del Templo en Jerusalén, serán trasladados al propio JESUCRISTO, pues el lugar de culto y adoración lo tendrá a ÉL como lugar espiritual de convocatoria, pero pasaran varios siglos antes de llegar a esa revelación. Amós no tiene especial interés en remover el lugar de culto y trasladarlo a Jerusalén. Lo que prioritariamente le preocupa al profeta es la erradicación de la injusticia que aplasta al pobre.
El lujo hiriente
Amós emplea imágenes tomadas de la vida real y de forma abierta destaca el gran desprecio de los poderosos opulentos por la suerte de los demás: “acostados en camas de marfil, arrellenados en sus lechos comen corderos y carneros sacados del establo” (Cf. Am 6,4). El pobre carecía en muchos casos del pan cotidiano mientras el lujo innecesario revestía unas vidas disipadas y ajenas a cualquier movimiento interno de solidaridad o compasión. También entre las clases pudientes de Israel se estilaba la posición tumbada del hombre libre para comer, mientras los sirvientes iban pasando con los distintos platos o manjares que se degustaban, sin que faltase el vino en estos casos. La cerveza al obtenerse de la fermentación de cereales diferentes era la bebida de los pobres y su consumo se encuentra acreditado en tablillas sumerias (2000 a.C.).
Un canto a la frivolidad
“Canturrean al son del arpa y se inventan como David instrumentos de música” (Cf. Am 6,5). La música y el baile forman parte de los compases iniciales de fiestas y banquetes que pueden derivar en otro tipo de excesos nada recomendables ni piadosos. El texto de Amós sugiere que la imagen de disipación inicial continúe por escenas de frivolidad en las que se da pie al juego con lo ilícito, que atrae de forma especial en un ambiente que ha roto toda inhibición. No eran desconocidos en aquellos tiempos los ritmos musicales que favorecían estados de trance hipnótico. La música y la percusión de distintos instrumentos conocidos o inventados para el caso contribuían a la novedad y exotismo de la reunión. No olvidemos que desde hace muchos siglos el hombre en sociedad es capaz de vivir la fiesta y la guerra; la exaltación y la tortura; la competición y la muerte en el circo. Han cambiado las formas de vivir, pero las emociones contenidas en el corazón del hombre permanecen constantes con las variantes particulares.
Culto al cuerpo
El cuidado físico de la propia imagen no es nuevo. Los tiempos presentes marcan una diferencia cuantitativa con los siglos anteriores, pues la producción en serie de nuestros días hace posible que los bienes de consumo alcancen a una mayoría que ostentan la cualificación de consumidores. El culto al cuerpo como factor principal de la propia imagen es un gran motor que mueve gran cantidad de recursos. También este componente personal y social queda reflejado en la profecía de Amós: “beben vino en anchas copas, con los mejores aceites se ungen y no se afligen por el desastre de José” (Cf. Am 6,6). El vino es el símbolo de la fiesta y la alegría y en algún contexto puede simbolizar la fuerza, el sacrificio y la vida. No obstante el vino también actúa como droga que sumerge en el radio de giro del ego personal, y en este punto se banaliza la apariencia física que se utiliza como instrumento de seducción y de poder. Los mejores aceites van destinados a embellecer una piel que atraiga la mirada y el tacto con la fuerza de un poderoso imán. El profeta reprocha que esta embriaguez del ego personal se desentiende del dolor y el sufrimiento ajeno representado en José, que fue vendido por sus hermanos por la envidia homicida. Cualquiera de los pecados capitales enraizados en el corazón del hombre suprimen al prójimo del propio radio de percepción personal: el prójimo deja de existir. Vamos a ver en el evangelio de hoy, que Lázaro no existe para el rico opulento y banqueteador.
Resultado de los excesos
“Ahora irán a la cabeza de los cautivos al cautiverio, y cesará la orgía de los sibaritas” (Cf. Am 6,7). Los clásicos descubrieron las cuatro virtudes cardinales sobre las cuales tiene que construirse la vida de los hombres. Una de las virtudes es la templanza, que provee de moderación y equilibrio las actuaciones personales. El ser humano no está hecho para vivir al límite durante un tiempo prolongado. No es posible mantener cualquier tipo de placer en el punto más alto durante un tiempo indefinido, pues pronto el placer se vuelve dolor. Se debe identificar a tiempo la tendencia permanente a la felicidad y no equiparar la felicidad al placer. Por otra parte no es el placer de los sentidos la fuente principal de la felicidad. En la vida diaria del común de los mortales, los momentos placenteros coinciden con la satisfacción de felicidad propia del espíritu humano. Una persona no puede vivir en un estado de frustración continua, pues tal cosa no es soportable. Amós señala a los que viven entregados a una vida de orgías, y les dice que encabezarán el destierro. Ciertamente, los que viven en el exceso permanente secan sus raíces y se vuelven estériles, y no producen más que náusea y vacío. A su alrededor atraerán a otros que se verán absorbidos como por un poderoso agujero negro, que todo lo anula y absorbe. Todavía unos años para que el Reino del Norte sea deportado, pero el hecho histórico tendrá lugar hacia el setecientos veintiuno (a.C.).
Enseñanzas de JESÚS
El evangelista nos dice a quién dirige JESÚS sus palabras: a todos en general, incluyendo en este caso a los fariseos que observan y escuchan buscando algún tipo de error doctrinal para acusar a JESÚS, o comprobar si pueden atribuirle un carácter revolucionario y violento. También podrían acusar a JESÚS si se pronunciase en contra o de forma crítica frente a las instituciones religiosas, como el Templo, los sacerdotes o el régimen de sacrificios. Nada sólido van encontrando estos veedores u observadores designados, pero en el juicio ante Anás y Caifás comprarán a testigos falsos para que argumenten en los aspectos antes mencionados, inventando palabras de JESÚS sobre el Templo o la Ley de Moisés. Con la autoridad espiritual que le es propia, JESÚS propondrá algunas novedades para el discípulo que esté llamado a seguirlo y trabajar por el Reino de DIOS. No son asuntos separados: el Reino de DIOS se abre paso cuando el discípulo sigue a JESÚS. En estos versículos (Cf. Lc 16,14-18), JESÚS pronuncia varias exhortaciones a los fariseos que lo escuchan sobre lo que es verdaderamente justo. Los fariseos era un grupo religioso escindido de los hasidin, de mediados del siglo segundo (a.C.) que esperaban al MESÍAS con la preocupación fundamental de mantener la pureza ritual y el cumplimiento estricto de la Ley de Moisés. Gracias al grupo de los fariseos, continuó el Judaísmo después del año setenta, en que Tito destruyó la ciudad de Jerusalén y el Templo. De forma especial fueron los fariseos desplazados en Babilonia los que dieron continuidad al Judaísmo con el comentario del Talmud, que comenta y amplía lo dicho en la Ley de Moisés y la Mishná. Tienen ahora mejor encaje y sentido los versículos, de este capítulo dieciséis, entre el evangelio del domingo anterior (Cf. Lc 16,1-13), y el evangelio de este domingo (Cf. Lc 16,19ss), que relata la parábola del rico y el pobre Lázaro. Con su enseñanza severa para aquellos fariseos, JESÚS muestra que también le importan y les dirige algunas exhortaciones para que recapaciten: “vosotros buscáis aparecer justos delante de los hombres, pero DIOS conoce vuestros corazones, porque lo que es estimable para los hombres es abominable ante DIOS” (v.15). JESÚS les da la oportunidad de comprobar que lo que piensan y sienten en su fuero interno es leído y claro ante su mirada, por lo que deberían sentirse interpelados por sus palabras y dejar a un lado las dobleces y la mirada torcida. JESÚS puede mirar hasta el fondo de sus corazones y les declara que su amor por el dinero, su codicia y avaricia, hacen que en su interior reine la abominación, y ahora están a tiempo de convertirse, de cambiar y volver de verdad su corazón hacia DIOS. Está muy bien que hayan buscado en la Ley un camino de perfección, pero “la Ley llega hasta Juan, y a partir de él se predica el Reino de DIOS, y es necesario esforzarse por entrar” (v.16). Las obligaciones de la Ley ceden ante la acogida de la Gracia que se está manifestando en el propio JESÚS. Para creer en JESÚS el MESÍAS hay que hacerse algo de violencia, tomar una determinación por seguirlo o realizar una “opción fundamental” que esté a la altura de lo que DIOS está manifestando en su HIJO. Por parte de JESÚS no faltaron señales para despertar a la Fe, que abriera los corazones a la Gracia propia de los tiempos mesiánicos. JESÚS no vino a proscribir la Ley, sino a darle su pleno cumplimiento (Cf. Mt 5,17): “más fácil es que el Cielo y la tierra pasen, que caiga un ápice de la Ley” (v.17). La Ley es santa y fue dada por la intermediación de los Ángeles (Cf. Hch 7,53). La Ley es santa porque afirma el monoteísmo que dispone a YAHVEH como el único DIOS y SEÑOR. La Ley inicia una Revelación que tiene su vértice en JESUCRISTO, y de ella no puede desmerecerse nada, pero esta Ley ha sido llevada a su plenitud y JESÚS propone una muestra con su Evangelio: “todo el que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio, el que se casa con una repudiada por su marido comete adulterio” (v.18). El divorcio estaba legislado y regulado en la legislación deuteronómica (Cf. Dt 24,1-4). En los tiempos mesiánicos las concesiones al divorcio tal y como se entendían quedan abolidas, pues en este caso JESÚS quiere devolver el vínculo matrimonial al pronunciamiento original: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne” (Cf. Gen 2,24), que san Pablo eleva a la unión de CRISTO con la Iglesia (Cf. Ef 5,23). La unión matrimonial remite a la unión indisoluble de CRISTO con su Iglesia, y en este punto se encuentra la plenitud de la Revelación antigua. Todavía JESÚS dedica una nueva parábola para mover a sus observadores fariseos al desprendimiento y al cambio de vida, pues era real el riesgo en el que ponían su salvación.
El hombre muy rico
“Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino y celebraba todos los días espléndidas fiestas” (v.19). JESÚS sigue enseñando sobre los estilos de vida en el momento presente con sus consecuencias en la Vida Eterna, que se abre un instante después de haber dejado este mundo. Los fariseos creían en la resurrección de los muertos al final de la historia, y daban crédito a la existencia de los Ángeles y a la existencia del alma inmortal en cada persona. A JESÚS le interesa dibujar a un hombre muy rico, que ya venía con un patrimonio heredado de su familia, pues los otros cinco hermanos a los que se va referir también son ricos y pueden llevar un ritmo de vida frívola y desenfrenada semejante al suyo. Todos los días había motivo para organizar una gran fiesta y su hacienda no se resentía, por eso este hombre tenía que ser muy rico; pues, además, vestía como los reyes de púrpura y lino. El hombre en cuestión tenía que aparecer deslumbrante ante sus comensales a los cuales demostraba diariamente que podía permitirse su continuo banqueteo. El que es rico quiere demostrar que lo es, y no le tiembla el pulso ante determinado nivel de despilfarro. Suponemos que a este rico su patrimonio básico le venía de familia, pero con el tiempo debió incrementarlo a base de especulación y circunstancias favorables en las que siempre intervienen personas influyentes. Al rico no sólo le importan las personas que están en el círculo íntimo y próximo, sino la red amplia de conocidos y contactos con los que se puede negociar. Para el Imperio, en tiempos de JESÚS, las personas ricas de las distintas provincias gozaban de privilegios especiales, llegando a poseer la ciudadanía romana como fue el caso de Trajano o su sobrino Adriano, procedentes de la Bética, España. Claro, que estos no perdieron el tiempo en banquetear espléndidamente todos los días. El objeto de la parábola, por parte de JESÚS, es el de establecer de nuevo la repercusión de la actuación personal, que ha de estar regida por la Caridad. El hombre es sujeto de una dignidad personal porque DIOS se la da.
El mendigo Lázaro
“Era otro hombre pobre, llamado Lázaro, que echado en su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y le lamían las llagas” (v.20-21). La parábola marca de forma hiperbólica los dos tipos de hombre: el muy rico, y el hombre sumido en la más absoluta de las desgracias. El pobre se muere de hambre y está afectado de una dolencia semejante a la lepra, dado la purulencia de sus llagas, que los perros venían a lamer, según nos dice el texto. La parábola quiere resaltar la proximidad del hombre que es muy rico y su comportamiento en relación al extremadamente indigente, del que nunca podría argumentar que no tenía noticia de su existencia, pues estaba en su portal. No se dice que el rico fuese causante de la miseria de Lázaro, pero se le reprochará no haberlo auxiliado en esa misma necesidad extrema. La avaricia, la codicia, la frivolidad, las actitudes cínicas, el espíritu prepotente, o el desprecio por el que no pertenece a la propia clase o casta, aíslan las conciencias y las separan de las necesidades reales que afectan a los hombres en su conjunto y cada uno en particular. El pobre Lázaro podía carecer de todo, sin comida, un techo donde dormir y otras atenciones básicas. Una persona así ve acortada considerablemente su vida y la muerte le llegará con mayor celeridad, lo que supondrá para éste una verdadera liberación; pero no deja de existir una responsabilidad social que proporcione unas condiciones mínimas para llevar una vida con decoro o dignidad. El Buen Samaritano (Cf. Lc 10,29-37) atendió al que había sido molido a palos por unos bandidos, y le aplicó los remedios de urgencia, curando sus llagas con vino y aceite, y llevándolo en su propia cabalgadura a la posada más cercana.
Muerte de Lázaro
“Sucedió que murió el pobre Lázaro y fue llevado por los Ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado” (v.22). Cruzado el umbral de la muerte las suertes cambian y el que acumulaba todas las riquezas posibles es sepultado sin nada, en una soledad total. Cruzado el umbral de la muerte, Lázaro es llevado por los Ángeles al seno de Abraham. Tampoco Lázaro se lleva nada, pero allí se encuentra que es recibido por los Ángeles que lo acompañan en el ascenso espiritual para llegar al seno de Abraham. El rico cae sepultado por el peso de sus miserias con destino a ninguna parte, y un previsible abismo de oscuridad lo empezará a acompañar. El rico es sepultado probablemente en una tumba nueva escavada en piedra, pero parece que se quisiera significar que fue sepultado y de todo lo anterior no ha quedado nada. El rico se queda sepultado en dirección al inframundo y Lázaro es ascendido por los Ángeles al seno de Abraham. Las suertes han trocado: Lázaro se presenta como el pobre menesteroso y recibe la bienaventuranza eterna; el rico presenta sus credenciales de banqueteador y se queda apegado a sus deseos materiales que cultivó con diligencia y esmero.
Visión del rico sin nombre
“Estando el rico en el Hades, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. Gritando dijo: padre Abraham, ¡ten compasión de mí! Envía a Lázaro a que moje su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama” (v.23-24). Como punto de partida en estos versículos, debemos considerar que el diálogo expuesto no corresponde a un condenado en el infierno, lo cual no significa que el infierno como lugar de condenación no exista. En el infierno nadie siente compasión por otros; o se tiene una visión aunque sea fugaz de los bienaventurados. En el infierno sólo rige el odio y la maldición; el desprecio y el morbo por el espíritu que está más próximo. Este rico, que está cumpliendo su pena y condenación ve a lo lejos a Lázaro, al que reconoce en un nivel de bienaventuranza, que desearía para él, pues sufre tormentos que no cesan. Aquí se presentan los tormentos provocados por un fuego abrasador, pero en otros lugares se habla del “crujir y rechinar de dientes” (Cf. Mt 13,42-43), que da idea de un frío extremo. La pena de sentido resulta indiferente en cierta medida, pues nada físico causa los males en el infierno, sin negar en absoluto los dolores y sufrimientos provocados por la radical separación de DIOS y su mundo espiritual bienaventurado. Los que viven en la contemplación de DIOS obtienen su ámbito propio de bienaventurados para compartir una eternidad de con ÉL. JESÚS se hacía entender al destinar al Seno de Abraham a Lázaro. El rico ahora en medio de las llamas pide una compasión que negó a Lázaro en esta vida, pero es algo extraño para un condenado en el infierno experimentar algún tipo de compasión, incluso para sí mismo, pues la ganancia del condenado es el mal y el odio permanente.
La recompensa
“Abraham le dice: hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida, y Lázaro sus males. Ahora, él es aquí consolado y tú atormentado” (v.25). La formulación del estado definitivo de Lázaro y del rico es simple: bienes aquí, escasez total en el más allá; fiestas y goces aquí, y penas en el más allá. Pero la retribución para unos y otros reviste mayor complejidad, en cualquier caso la Palabra Revelada quiere que deleguemos todo juicio en DIOS, en quien reside la verdadera Justicia. La pauta a la escena presente viene dada en la exposición de las bienaventuranzas: “bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados” (Cf. Lc 6,21). Pero, ¡ay de vosotros los ricos!, porque habéis recibido ya vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre” (Cf. Lc 6,24-25). Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados” (Cf. Lc 6,21 a). Esta parábola del rico y el pobre Lázaro plasma en un caso lo predicado por JESÚS en el Sermón de la Llanura, del que leemos estas bienaventuranzas con sus correspondientes malaventuranzas, que van en sentido opuesto. Al rico banqueteador no se le asigna nombre alguno, pero al pobre que está a la puerta de la casa del rico se le designa con el nombre de Lázaro, que viene a significar “DIOS ayuda”. El rico que es compasivo se convierte en administrador de los bienes recibidos y lleva a cabo su misión dentro del Plan de DIOS, pero este rico vivía sólo para establecer su bienestar en este mundo, sin mirar siquiera que un día habría de morir. Lázaro responde a la primera bienaventuranza dada: “bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de los Cielos” (v.20). La indigencia y la enfermedad humillaban a Lázaro hasta hacerlo verdaderamente humilde, por eso podía heredar el Reino de los Cielos. Otros seguirán una vía diferente, pero cada persona que aspire al Reino de los Cielos tendrá que pasar por la puerta estrecha de la humillación, para una verdadera transformación. A la vista de estos y otros textos de la Escritura hemos de pedir a DIOS que nos renueve los dones de la prudencia, sabiduría y conocimiento, sin que falte el don de temor, por el que nos mantengamos con un margen de incertidumbre, que nos haga volcarnos más en el Amor de DIOS.
Planos infranqueables
“Sigue hablando Abraham: entre vosotros y nosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni de ahí puedan pasar donde nosotros” (v.26). Nos revela este versículo la existencia de planos espirituales, mundos o universos espirituales, de los que no se puede salir, a no ser que DIOS lo disponga de alguna manera. Lázaro no puede ir a refrescar al rico que arde con las llamas de infierno en el que ha caído. Tan sólo le es permitido a Abraham dirigirse al rico precisándole la situación en la que se encuentran con la intención de aleccionar a todos los hombres. El infierno no es una broma de mal gusto, sino un destino de los que lo eligen con su planteamiento de vida. Podemos engañarnos todo lo que queramos, pero DIOS se hace el encontradizo con cada uno de sus hijos a lo largo de la vida y recibimos señales del camino a seguir. No podemos olvidar tampoco las palabras de JESÚS: “me voy a prepararos sitio…” (Cf. Jn 14,2-3). ¿queremos el sito que JESÚS nos prepara junto a SÍ? Cuando la respuesta es afirmativa, nuestros pasos se encaminan siguiendo su Evangelio, aunque sea de modo imperfecto. La estancia para el cristiano en el más allá es como dice san Pablo “estar con JESUCRISTO” (Cf. Flp 1,21-30). ÉL nos dice: “en la Casa de mi PADRE hay muchas moradas” (Cf. Jn 14,2) no nos equivocamos si decimos que cada bienaventurado es una morada en el Cielo. Ya no estamos en el seno de Abraham, sino en la contemplación de la santísima TRINIDAD. Estas cosas y otras forman parte de la Esperanza cristiana que ofrece el Nuevo Testamento.
Algo extraordinario
“Dice el rico: te pido padre Abraham que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio y no vengan a este lugar de tormento” (v.27-28). El réprobo, antes rico, presenta un extraño movimiento espiritual de compasión hacia sus hermanos a los que desearía llegar un mensaje sobre las penas padecidas en aquel lugar de sufrimiento. Ya que él mismo no puede ser aliviado, porque es infranqueable el nivel espiritual en el que está, por lo menos que sus hermanos, que están en la casa paterna sepan a lo que se exponen de continuar aquel estilo de vida de despilfarro y frivolidad sin límites. La aparición de un difunto puede contarse como algo preternatural, o de índole sobrenatural. Si la aparición del difunto es preternatural no tiene como finalidad la mejora espiritual en orden al Evangelio. Si la aparición viene dada por la Divina Misericordia añadirá un beneficio espiritual al que recibe la señal. Muchas almas errantes se mueven en el plano preternatural y sólo cultivan el interés por lo extraordinario que se mueve en planos de existencia incierta, pero en nada ayudan a una experiencia de Fe que tiene a JESUCRISTO como el contenido central de la misma. Todas las apariciones son interpretables y nada asegura que los cinco hermanos fueran a seguir las indicaciones del comunicado de Lázaro. La tendencia a permanecer en las propias costumbres traería mil argumentos en contra de un cambio de vida.
Moisés y los Profetas
“Le dice Abraham: tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen” (v.29). La Ley de Moisés es el pedagogo que conduce al Pueblo elegido hacia la Tierra prometida. Los Profetas deben actualizar la Ley de Moisés en cada época, intentando extraer lo esencial de la misma. Ambos cuerpos doctrinales o de Revelación conducen a JESUCRISTO, que es mucho más que la aparición de un difunto. Abraham es el padre en la Fe, y se comporta de acuerdo a su encargo y misión. La Fe llega a tomar contenido cuando la palabra de la Ley y los Profetas es escuchada como lo hace el verdadero discípulo. Un icono de escucha de la Palabra en el evangelio de san Lucas es María, la hermana de Marta y de Lázaro (Cf. Lc 10,38-42). Precisamente, Lázaro devuelto a este mundo por un milagro extraordinario de JESÚS fue visible para muchos, pero no evitó la condena a muerte de JESÚS a manos de las autoridades religiosas, que estaban pensando en acabar con Lázaro, pues mucha gente creía en JESÚS a causa del que antes había fallecido (Cf. Jn 12,11). En caso de negativa por parte de aquellos cinco hermanos al cambio de vida y conversión, la responsabilidad aumentaría y su condena sería aún mayor.
Insistencia del rico reprobado
“No, padre Abraham, sino que si alguno de los muertos va donde ellos se convertirán” (v.30). De mostrarse Lázaro a los cinco hermanos no sería como fenómeno preternatural, sino como señal dada con el beneplácito de la Divina Providencia. En ese caso el rico condenado pudiera tener parte de razón, pues alguno de los hermanos podría convertirse. Los que aún vivimos en este mundo tenemos oportunidades para la acción de la Gracia y la conversión. Las señales extraordinarias estuvieron presentes en la predicación y misión de JESÚS, y no han cesado a lo largo de la Historia de la Iglesia. ¿Queda del todo desoída la petición del réprobo por razón de su condición de condenado? La parábola cierra este interesante intercambio con las palabras de Abraham: “si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite” (v.31). La aparición de Lázaro a sus hermanos no entrañaba la resurrección de Lázaro, pues podría resolver la cosa una simple visión del alma del difunto. ¿Están siendo las palabras de Abraham una queja por la increencia de los que presenciaron revivificado a Lázaro de Betania? Una lectura positiva de las palabras de Abraham en esta parábola nos lleva a concluir sin reticencias sobre el gran poder transformador de la Palabra revelada en la Biblia. La aparición de un difunto nos puede conmover, pero la lluvia fina de la Palabra de DIOS que va impregnando el corazón resulta profundamente transformante. A partir de este punto está todo lo que la Palabra puede hacer por nosotros, pero eso lo vamos escudriñando cada semana, o cada día.
San Pablo, primera carta a Timoteo 6,11-16
San Pablo ofrece distintos consejos a Timoteo, que van acompañados de pronunciamientos doctrinales de fondo. JESUCRISTO es la razón del modo de comportarse en su Iglesia. “Grande es el Misterio de la Piedad -JESUCRISTO-, ÉL ha sido manifestado en la carne, justificado en el ESPÍRITU, visto de los Ángeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la Gloria” (Cf. 1Tm 3,16). Esta breve síntesis cristológica se ofrece a través de la Iglesia, que es “columna y fundamento de la Verdad” (Cf. 1Tm 3,15b). Timoteo presidía la comunidad de Éfeso donde concurrían diversas espiritualidades y cultos mistéricos. La batalla de DIOS contra Amalec continuaba (Cf. Ex 17,16), y en tiempos del Apóstol mantenía algunos rasgos reeditados en la actualidad de diversas formas: “El ESPÍRITU dice que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la Fe, entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas…, que prohíben el matrimonio y el consumo de alimentos, que DIOS creó, pues todo lo que DIOS creó es bueno. Si tú, Timoteo, enseñas estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de CRISTO. Rechaza las fábulas…, ejercítate en la Piedad. Los ejercicios corporales sirven para poco, en cambio la Piedad tiene la promesa de la Vida Eterna” (Cf. 1Tm 4,1-9). Estamos en una nueva versión de “la apostasía de los últimos tiempos” y se multiplican los grupos espiritistas o que abiertamente dedican culto a Lucifer como el portador de la luz para los hombres. No ayuda la tendencia interna de la Iglesia Católica que rebaja el papel de JESUCRISTO como el único SALVADOR, y tampoco ayuda la proclama de que todas las religiones son iguales. Así las cosas, la Iglesia deja de ser columna que sostiene la Verdad. La carta concluye aportando consejos que se acercan a prescripciones o mandatos. Dice el Apóstol: “la raíz de todos los males es el afán de dinero y algunos por dejarse llevar de él se extraviaron en la Fe y atormentaron con muchos dolores” (v.10). Este versículo debería estar incluido en la segunda lectura, pues mantiene la línea de la primera lectura y el evangelio. La afirmación de san Pablo es rotunda: el afán de dinero -codicia y avaricia- es la raíz de todos los males. Parece que algunos de la comunidad por pervertir la Fe con la avaricia terminaron con malas enfermedades. Así lo señala el Apóstol y desea servir de aviso a navegantes.
Prevenir para no lamentarse
“Tú, Timoteo, huye de estas cosas, corre al alcance de la piedad, de la Fe, de la Caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura,” (v.11). Al revestirse del conjunto de virtudes mencionadas se está forjando un verdadero escudo espiritual, frente a las fuerzas espirituales que buscan destruirlo a ÉL y a la comunidad que preside. Ningún don o virtud aparece de forma aislada. Las tres Virtudes Teologales no se dan por separado, aunque la Fe es distinta de la Esperanza, pero ninguna de las dos se da sin la Caridad. Pero a Timoteo se le indica que tales virtudes son un don, pero no viene si no se corre tras ellas: hay que perseguirlas para conseguirlas.
La militancia por el Evangelio
“Combate el buen combate de la Fe, conquista la Vida Eterna a la que has sido llamado, y de la que hiciste solemne profesión delante de muchos testigos” (v.12). San Pablo pide a Timoteo que reafirme su opción fundamental por las mismas verdades que nosotros formulamos en el Credo. La Fe es don y colaboración personal como respuesta necesaria a la Gracia recibida. Las obras cuentan si afirman el seguimiento de JESÚS, con el que estaremos para siempre en la bienaventuranza del Cielo. Conviene señalar que el Pueblo de Israel sentenció su deambular por el desierto durante cuarenta años, cuando protestó enérgicamente a la hora de no aceptar la conquista de la Tierra Prometida, a causa de los comentarios hechos por los exploradores, que afirmaban haber visto hijos de Anac -gigantes-, ante los que nada podrían hacer para tomar la Tierra. DIOS había transigido y perdonado muchas rebeliones, pero la duda sobre la Tierra que ÉL había prometido no era admitida, y los que se negaron a entrar en la Tierra quedaron en el desierto sin verla. Nuestra Tierra Prometida es la Vida Eterna, que JESÚS adquirió para nosotros a precio de su sangre, y a nosotros nos toca emplear las fuerzas disponibles en correspondencia al supremo sacrificio de JESÚS.
El testimonio de la Fe
Los versículos últimos de este texto encierran el depósito fundamental de la Fe, que Timoteo tiene que guardar fuera de interpretaciones extrañas. Este núcleo fundamental responde a la pregunta clave, ¿quién es JESUCRISTO?. Este depósito de la Fe ha de ser custodiado hasta que se “manifieste nuestro SEÑOR JESUCRISTO” (v.14), pues ÉL volverá y ha encargado a la Iglesia mantener su legado. Su venida es inminente o está próxima. JESUCRISTO es “REY de reyes y SEÑOR de señores” (v.15). ÉL es SEÑOR de la historia, del Universo y de la vida de todos los hombres redimidos a precio de su sangre. Así lo predica la Iglesia a partir de Pentecostés: “tenga en cuenta toda la Casa de Israel, que DIOS ha constituido SEÑOR y CRISTO a este JESÚS que vosotros habéis crucificado” (Cf. Hch 2,36). JESÚS es el único que posee la inmortalidad, que habita en una Luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A ÉL el honor y el poder por siempre. Amén” (v.14-16) JESÚS es resucitado por el ESPÍRITU SANTO, que también mora en nosotros y un día también nos resucitará (Cf. Rm 8,11). La muerte se encontró la trágica sorpresa para ella de haberse cruzado con la inmortalidad del RESUCITADO. Este núcleo de verdad tiene que ser custodiado por Timoteo para el bien de los suyos y de toda la Iglesia a lo largo de los siglos.


