«Debemos amar la verdad no por quien la dice, sino porque es la verdad, aunque ningún filósofo la haya conocido.»
En el Congreso Internacional de Filosofía, León XIV ofreció una meditación sobre la relación entre la fe y la razón. Siguiendo los pasos de san Juan Pablo II y san Agustín, invitó a los pensadores cristianos a reconectarse con una sabiduría iluminada por la gracia, capaz de unir verdad, cultura y evangelización.
El discurso, «Aportes a las culturas: Filosofía, cristianismo y América Latina», aclara la relación entre la fe y la razón. El texto sigue los pasos de la Fides et Ratio de san Juan Pablo II, al tiempo que amplía la intuición agustiniana de un diálogo fructífero entre la sabiduría humana y la revelación divina.
Desde las primeras líneas, el Papa invita a los pensadores a superar los temores heredados de cierto antiintelectualismo:
«El creyente no debe distanciarse de lo que proponen las diversas escuelas filosóficas, sino que debe dialogar con ellas a partir de la Sagrada Escritura».
Rechaza la tentación de reducir la fe a una experiencia puramente interior, recordando que la razón, lejos de ser un rival, es un instrumento creado por el Creador para acceder a la verdad. La filosofía, explica, debe entenderse no como una amenaza, sino como un lugar de encuentro.
León XIV también advierte contra dos actitudes opuestas:
- la confianza excesiva en la razón, capaz de erigirse en absoluta —desde Pelagio hasta Hegel, abundan los ejemplos—
- y la desconfianza en el pensamiento racional, percibido como un peligro para la pureza de la fe.
Resume esta tensión en una fórmula que se ha vuelto fundamental: «La razón, cerrada a la luz de la fe, se convierte en una sombra de sí misma».
Para el Papa, la fe ilumina, purifica y eleva la razón, así como la gracia sana y realiza la naturaleza. También destaca los riesgos de ciertas filosofías modernas que, bajo la apariencia de racionalidad, caen en el relativismo o el pesimismo.
Sin condenar el pensamiento contemporáneo, llama al discernimiento crítico: no todo lo que se presenta como filosófico conlleva necesariamente la verdad. Según León XIV, el valor de un pensamiento se mide «por su conformidad con la verdad del ser y su apertura a la gracia que ilumina toda inteligencia».
En la parte final de su mensaje, el Papa desarrolla la idea del diálogo y la proyección, entendida como la encarnación concreta del pensamiento cristiano en el seno de las culturas.
Finalmente, el mensaje papal invita a revalorizar la figura del filósofo cristiano, llamado a ser testigo de la sabiduría y artífice del diálogo entre la inteligencia y la fe. En un contexto donde la tecnología parece dominar la reflexión y donde el pensamiento está fragmentado, León XIV ve en la filosofía un servicio esencial a la dignidad humana y a la búsqueda de sentido.
Mensaje deLeón XIV con motivo del Congreso Internacional de Filosofía – 11 de octubre de 2025
“ Queridos hermanos y hermanas,
Quisiera dirigir mi saludo en primer lugar a Su Excelencia Reverendísimo Monseñor Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch., Gran Canciller de la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción , así como a todos los organizadores y participantes de este congreso internacional, que busca analizar el papel y el significado del pensamiento filosófico cristiano en la configuración cultural del continente, con vistas a iluminar, a la luz de la fe, los desafíos contemporáneos.
El congreso pretende ser un espacio de encuentro, diagnóstico, diálogo y proyección. Buscar el encuentro es un objetivo loable, opuesto a la tentación de quienes han visto en la reflexión racional —por haber nacido en un entorno pagano— una amenaza que podría contaminar la pureza de la fe cristiana. Pío XII, en la encíclica Humani generis , advirtió contra la actitud de quienes, pretendiendo exaltar la Palabra de Dios, terminaban menospreciando el valor de la razón humana (n.º 4). Esta desconfianza hacia la filosofía también se encuentra en algunos autores modernos, como el teólogo reformado Karl Barth. En respuesta a esto, san Agustín recordaba: «Quien rechaza indiscriminadamente toda filosofía, condena con ello el amor a la sabiduría» ( De ordine , I, 11, 32). Por lo tanto, el creyente no debe distanciarse de lo que proponen las diversas escuelas filosóficas, sino entablar un diálogo con ellas basándose en la Sagrada Escritura.
De esta manera, el pensamiento filosófico se convierte en un espacio privilegiado para el encuentro con quienes no comparten el don de la fe. Sé por experiencia que la incredulidad suele estar vinculada a un conjunto de prejuicios históricos, filosóficos y de otra índole. Sin reducir la filosofía a una simple herramienta apologética, el bien que un filósofo creyente puede lograr mediante su testimonio de vida es inmenso, siguiendo la exhortación del apóstol Pedro: «Glorifiquen a Cristo el Señor en sus corazones. Estén siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes» (1 P 3:15).
El segundo objetivo, el diagnóstico, nos permite desenmascarar la pretensión de alcanzar el conocimiento trascendente únicamente mediante el análisis racional, hasta el punto de confundir los bienes propios de una vida «conforme a la razón» con aquellos que solo pueden llegarnos por la gracia divina. En la antigüedad, el monje Pelagio afirmó que la voluntad humana era suficiente para cumplir los mandamientos sin la indispensable ayuda de la gracia; a esta tesis, San Agustín respondió de una manera tan completa como profunda. En la era moderna, GWF Hegel, mediante su especulación sobre el «espíritu absoluto», terminó subordinando la fe al desarrollo racional del espíritu. En diversos pensadores encontramos esta misma ilusión: creer que la razón y la voluntad por sí solas son suficientes para alcanzar la verdad.
No debemos olvidar que la filosofía, aunque es una ardua tarea del intelecto humano, puede ascender a alturas que iluminan y ennoblecen, pero también descender a los oscuros abismos del pesimismo, la misantropía y el relativismo, donde la razón, cerrada a la luz de la fe, se convierte en una sombra de lo que fue. No todo lo que se adorna con el nombre de «racional» o «filosófico» posee, en sí mismo, el mismo valor: su fecundidad se mide por su conformidad con la verdad del ser y su apertura a la gracia que ilumina toda inteligencia. Con sincera empatía por todos, debemos ofrecer nuestra contribución para que la noble tarea de filosofar revele cada vez más plenamente la dignidad del hombre creado a imagen de Dios, la clara distinción entre el bien y el mal, y la fascinante estructura de la realidad que conduce al Creador y Redentor.
El siguiente paso es esencial: el diálogo. Este ha resultado extraordinariamente fructífero para los grandes pensadores, teólogos y filósofos cristianos. Han demostrado cómo la racionalidad humana es un don expresamente querido por el Creador, y cómo la búsqueda más profunda de nuestra inteligencia tiende hacia la sabiduría, que se manifiesta en la creación y alcanza su culmen en el encuentro con nuestro Señor Jesucristo, quien nos revela al Padre. En esta perspectiva, ya perceptible en el siglo II en san Justino, filósofo y mártir, y posteriormente perseguida por figuras tan eminentes como san Buenaventura y santo Tomás de Aquino, parece que la fe y la razón no solo no se oponen, sino que se apoyan y complementan admirablemente. Como dijo mi predecesor, san Juan Pablo II: «La íntima relación entre la sabiduría teológica y el conocimiento filosófico es una de las riquezas más originales de la tradición cristiana en la profundización de la verdad revelada» ( Fides et Ratio , 105).
El pensador cristiano está llamado a ser un recordatorio vivo de la verdadera vocación filosófica: una búsqueda honesta y perseverante de la Sabiduría. En una época en la que tantas cosas, incluso las personas, se consideran desechables, y en la que la proliferación de avances tecnológicos parece oscurecer las cuestiones más trascendentes, la filosofía tiene mucho que cuestionar y mucho que aportar al diálogo entre la fe y la razón, entre la Iglesia y el mundo.
Finalmente, la proyección se nos presenta como una tarea en el ámbito de la intersección entre filosofía y fe. Sin duda, la filosofía, más a través de sus preguntas que de sus respuestas, nos permite examinar la esencia de los valores y las deficiencias específicas de cada pueblo. En esta línea, la labor de los filósofos creyentes no puede limitarse a proclamar, ni siquiera con un lenguaje elaborado, lo exclusivo de su propia cultura. La cultura, en este sentido, no puede ser un fin. San Agustín afirma que no debemos amar la verdad porque la haya conocido tal o cual sabio o filósofo, «sino porque es la verdad, aunque ninguno de estos filósofos la haya conocido» ( Carta a Dióscoro , 118, IV, 26). Por el contrario, es necesario que, sin perder de vista la riqueza cultural, estos pensadores nos ayuden a situarlos dentro del conjunto de las grandes tradiciones del pensamiento. Así su aportación será magnífica, y si además, gracias a este conocimiento, se instruye a los obispos, sacerdotes y misioneros que están llamados a llevar la Buena Nueva, el mensaje de salvación se transmitirá en un lenguaje más comprensible y actual para todos.
Confiando al Señor el fruto de vuestros trabajos, invoco sobre todos vosotros la protección de la Bienaventurada Virgen María, Trono de la Sabiduría, y os concedo la Bendición Apostólica como prenda de abundantes bienes celestiales.
Por QUENTIN FINELLI.
CIUDAD DEL VATICANO.
SÁBADO 11 DE OCTUBRE DE 2025.
TCH.

