La plenitud de la ley

Pbro. Crispín Hernández Mateos
Pbro. Crispín Hernández Mateos

Las lecturas de este domingo nos hablan de la dicha vivida al cumplir la voluntad de Dios, al respetar su Palabra y su Ley, acción que permite estar en paz, en comunión y reconciliación con Él. Veamos.

LOS MANDAMIENTOS

Son caminos que orientan el rumbo hacia la casa del Padre, una luz que iluminan la vida del creyente, una lámpara para los pasos del discípulo misionero (cf. Sal 119,105). El camino muestra una trayectoria, por ello, los mandamientos siempre orientan hacia el bien, hacia lo bueno, hacia lo perfecto (Rm 12,2).

Son leyes que garantizan el orden, la justicia y el bien común. Las leyes humanas tienen vigencia, sin embargo, los mandamientos de Dios “son inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes” (CATIC # 2072).

Son actitudes que brotan del corazón y la recta conciencia, por lo cual deben ser tenidos como convicciones y principios básicos. Ellos ponen “de relieve los deberes esenciales y los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana” (CATIC # 2070).

LOS VALORES QUE RESGUARDAN

El «no matarás» tiene como trasfondo el respeto a la vida humana, la cual «es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (EV # 53, cf. Donum Vitae, introducción # 5 y CATIC # 2258). “Explícitamente, el precepto «no matarás» tiene un fuerte contenido negativo: indica el límite que nunca puede ser transgredido. Implícitamente… conduce a una actitud positiva de respeto absoluto por la vida…” (EV # 54)

El «no cometerás adulterio» tiene como sustrato el respeto por el matrimonio, que es sagrado por ser una obra de Dios, pero que exige de parte del hombre: fidelidad, respeto y ayuda mutua. En este contexto, el matrimonio es una alianza irrevocable entre un hombre y una mujer y tiene como propiedad esencial la indisolubilidad: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19,6; cf. CATIC # 1603-1604). El adulterio y la infidelidad atentan contra el  sagrado vínculo del matrimonio, pero no son causa de nulidad.

El respeto a la dignidad de la persona. “De todas las criaturas visibles sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador (GS 12,3); es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad” (CATIC # 356).  El hombre es imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), es Templo del Espíritu Santo (cf. 1ª Cor 6,19), es hijo de Dios (cf. 1ª Jn 3,1-2; Gal 3,26 y 4, 6-7), es una criatura poco inferior a los ángeles (cf. Heb 2,7 y Sal 8,5). Aquí está la razón de la grandeza de su dignidad, por lo cual no se le debe ofender ni despreciar.

LA APLICACIÓN PRÁCTICA

Jesucristo viene a dar plenitud a la ley, no viene a abolirla, derogarla o dar por terminada su vigencia. Por ello, hace jurisprudencia de la misma: la interpreta en su sentido original y trasciende la aplicación limitada a una cultura. Jesucristo, en este sentido, es muy práctico en la aplicación del juicio, pues pide cosas sencillas: no enojarse, no ofender, no despreciar, ponerse de acuerdo con el enemigo, no mirar con malos deseos (lujuria), despreciar la parte del cuerpo con la cual se peca y no jurar por nada, sólo mantener un sí o un no. ¿Cumples los mandamientos de la ley de Dios? ¿Observas los mandamientos por convicción o por miedo? ¿Eres cumplidor de la ley o sólo el juez de la misma?

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