El 30 de abril de 2026, en plena mañanera de Palacio Nacional, la celebración del Día del Niño se convirtió en un espectáculo que refleja la crisis del régimen, pero más aún, canalizando la impotencia que sólo puede controlar a través de la manipulación de los más vulnerables, los niños y las niñas
Quizá los orgullosos padres y madres dieron su consentimiento para que, junto con la presidenta “con a”, sus hijos aparentaran una desmedida felicidad teniendo como bufón al Secretario de Educación Pública. Mientras la banda infantil tocaba “Vamos a brincar” y “Chin-chin el que se mueva”, el vocalista, visiblemente incómodo, tuvo que corregirlos: “mejor hacia un lado porque así como que no la están armando”, “ven para acá mejor”, “suban un poquito”.
Los pequeños no brincaban, no cantaban, no sonreían. La mayoría miraba al piso, se movía con timidez o permanecía inmóvil evidenciando incomodidad y desagrado. Fue tan evidente que la propia presidenta lo reconoció en voz alta: “La última pregunta porque ya veo que las niñas y los niños se están aburriendo”. Y aun así, el show continuó. Se tomó la foto grupal, se hizo el “six-seven” y se proyectó la imagen de una fiesta feliz.
Pero esa irreal escena quería esconder la del México narco. Mientras la presidenta y su secretario de Educación Pública, señalado desde hace meses por presuntos vínculos con el huachicol fiscal y con Sergio Carmona, uno de sus principales operadores, ellos sonreían, bailaban y brincaban como si la realidad del país fuera la del mundo feliz. Apenas 24 horas antes, habían recibido el golpe demoledor contra el gobernador de Sinaloa, un senador de la República y varios funcionarios estatales, acusados de conspirar con el cártel de Sinaloa para traficar drogas, sobornar y manipular elecciones. Era, sin duda, una de las mañaneras más delicadas de la presidencia. En lugar de enfrentar el escándalo con seriedad institucional, se optó por disfrazar la aparente normalidad con niños obligados a actuar.
Este uso de la niñez no es un error, es una forma de esconder y aparentar. Es la consecuencia lógica de la urgencia desesperada por proyectar estabilidad y felicidad en un gobierno acusado una y otra vez de proteger a narcogobernadores y narcopolíticos. Cuando la realidad habla de pobreza persistente, violencia estructural y complicidades con el crimen organizado, la única salida es recurrir a la moneda más emotiva y manipulable, los niños. Se les exhibe como trofeos de una supuesta prosperidad que no llega a millones de hogares. Se les obliga a simular la alegría que el régimen necesita vender. Y se hace en el mismo espacio donde se supone que se informa al pueblo.
A lo largo de la historia, regímenes que después demostraron ser de los más oscuros y siniestros que ha conocido la humanidad, han recurrido exactamente a esta misma táctica. Han colocado niños en carteles, desfiles y actos públicos para legitimarse, para humanizarse, para hacer creer que su proyecto era el del futuro radiante y de inocente esperanza. Los niños se convertían en moneda de cambio propagandística: su imagen pura servía para blanquear lo impuro. Con el paso del tiempo, esas imágenes quedaron como testimonio de cinismo, de la decadencia y de que los niños son el recurso ideal para justificar el engaño y consumar la manipulación.
Mientras en Palacio Nacional se fingía una fiesta, miles de niños, niñas y adolescentes mexicanos seguían siendo víctimas de la violencia o permanecían desaparecidos. Solo en 2025 se registraron 10,707 reportes de desapariciones de menores, 29 casos diariosm, y al inicio de 2026 casi 3,000 continuaban sin ser localizados. Miles más enfrentan pobreza extrema, rezago educativo, hambre y exposición directa al crimen organizado. Esa es la verdadera cara de la niñez mexicana.
De este modo, persiguiendo falaces ideales, la infancia mexicana “corre el riesgo de encontrar amargura y humillación, hostilidad y odio, absorbiendo la insatisfacción y el vacío de lo que está impregnado el ambiente circundante, como lo señaló San Juan Pablo II en la Jornada Mundial por la Paz de 1996, al tratar sobre la delicada situación de la niñez en el mundo y cuyas palabras parecen tienen actualidad induscutible en esta decadente realidad.
Hoy, el clip viral de la mañanera del 30 de abril corre el mismo riesgo, convertirse en el documento de una instrumentalización descarada en la que los niños de México son eso, marionetas de un narcorégimen, ese mismo que una presidenta defiende, valiéndose de la patética manipulación de la niñez.
Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno y se le hundiese en lo profundo del mar…

