¿Te ha pasado que caminas, trabajas, rezas, pero por dentro sientes que Dios no está? Cumples, haces lo correcto, incluso vas a misa, pero el corazón está frío, como apagado. Es una experiencia muy humana, estar en camino, pero sin rumbo interior. Así van los discípulos de Emaús, caminando, pero derrotados, hablando de Dios, pero sin esperanza.
El Evangelio de este tercer domingo de Pascua nos relata que, el mismo día de la resurrección, dos discípulos emprenden el camino desde Jerusalén hacia el pueblo de Emaús. Caminan tristes y desconcertados por lo sucedido.
En el trayecto Jesús se les une, aunque ellos no lo reconocen. Él les pregunta de qué van hablando y ellos le comparten la tragedia que ha ocurrido con su maestro, Jesús de Nazaret. Entonces el Señor les reprocha su falta de comprensión, pues todo lo que ha sucedido ya había sido anunciado en las Escrituras. A continuación les explica paso a paso cómo en Él se han cumplido las profecías.
Al llegar a su destino, Jesús hace una demanda de seguir adelante, pero ellos le invitan a quedarse porque ya está oscureciendo. Se sientan a la mesa y en el momento en que Jesús toma el pan, lo bendice y lo parte, sus ojos se abren y lo reconocen. Llenos de alegría regresan inmediatamente a Jerusalén para anunciar la gran noticia. Jesús ha resucitado, está vivo y ellos son testigos de ello.
Jesús se acerca y camina con los dos discípulos, pero no lo reconocen. ¿Dónde empieza a cambiar todo? Primero, cuando les explica las Escrituras, les abre la inteligencia y el corazón. Después, cuando parte el pan, en ese momento lo reconocen.
Ahí está el corazón del Evangelio. Cristo se da a conocer en dos mesas inseparables, el pan de la Palabra que ilumina la mente y enciende el corazón, el pan de la Eucaristía que abre los ojos y transforma la vida.
Por eso ellos dicen, “¿no ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?” El cristiano vive de esos dos panes, sin ellos se enfría, se pierde, se cansa, y la vida de fe se muere.
Tú puedes asistir a misa, pero no dejándote tocar. Escuchas la Palabra, pero no la interiorizas, no la haces tuya. Recibes la comunión, pero sin conciencia, sin hambre, sin fe viva. Y entonces pasa lo mismo que a los de Emaús antes del encuentro. Caminas, pero sin alegría. Crees, pero sin fuego interior. Vives la fe, pero sin una experiencia real de Cristo.
El problema no es que Cristo no esté. El problema es que no lo reconoces porque no te detienes a escucharlo ni a acogerlo.
Hoy necesitas hacer un cambio muy concreto. Empezar a asistir a misa no sólo para cumplir, sino porque la necesitas para vivir. Escuchar la Palabra como si Dios te hablara hoy a ti. Recibir la Eucaristía sabiendo que es el cuerpo y la sangre del Señor, tu alimento real y tu pase a la vida eterna.
Tú te alimentas de estos dos panes. ¿Qué tanto nutres tu vida de fe con el pan de la Palabra de Dios? ¿Es tu verdad, tu luz que ilumina tu vida? ¿Qué tanto te alimentas de la Eucaristía que es Jesús mismo, quien viene para darte su propia savia, su propia vida divina? El que come de este pan, dice Jesús, vivirá eternamente porque si no comes de estos dos panes, tu fe se debilita inevitablemente.
Esta semana te propongo dos compromisos muy claros. Uno, en la misa dominical o diaria, escucha un solo versículo del Evangelio y guárdalo en el corazón durante el día. Dos, al comulgar, haz una breve oración consciente, di, “Señor, quédate conmigo, enciende mi corazón”.
Hazlo en serio y verás cómo algo cambia dentro de ti porque el cristiano no vive de ideas, vive de Cristo. Y Cristo se te da en dos panes, la Palabra que enciende y la Eucaristía que transforma.
Que hoy puedas decir como los discípulos de Emaús, “Señor, quédate conmigo, porque sin ti el camino pierde sentido y no tengo a dónde ir”.
Feliz Domingo. Dios te bendiga.

