La Palabra no cesa

Jeremías 38,4-6.8-10 Salmo 39 Hebreos 12.1-4 Lucas 12,49-53

La Palabra de DIOS y sus derivadas no cesan en su llegada a los hombres. La Palabra de DIOS necesita voces proféticas que la difundan. Hoy partimos en la primera lectura de un episodio de la vida de Jeremías, que ejerce como profeta de Israel en un momento crucial de su historia. Isaías había dicho: “una voz grita: en el desierto preparad un camino al SEÑOR” (Cf. Is 40,3). En todo tiempo DIOS se procura voces, que preparen caminos para su venida, pues tampoco quiere llegar de improviso. Cada época precisa de los profetas que sirvan la Palabra de DIOS a los fieles. La Gracia se multiplica cuando asistimos a la constitución de un Pueblo profético. El ESPÍRITU SANTO viene incesantemente sobre la Iglesia y no sólo a los que participan del ministerio ordenado, sino que también son alcanzados los fieles que necesitan una palabra cierta y ungida para transmitir a sus hijos o a otros hermanos que les son encomendados para acompañarlos hacia la Iniciación Cristiana. Como en el caso de Moisés y Aarón seremos profetas los unos para los otros. Recordamos que Moisés tenía dificultades para hacerse entender y cumplir con el cometido de su misión, por lo que el SEÑOR le dice que su hermano Aarón será su profeta, o tomará la Palabra en su lugar cuando sea preciso (Cf. Ex 7,1). El silencio contemplativo es el cauce invisible para que la Palabra se haga audible y llegue a los oídos de muchos. Algo de esto sucede en la Iglesia de Antioquía, en un momento en el que estaban en días de retiro, ayuno y oración, y el ESPÍRITU SANTO, mediante el carisma de profecía de algunos hermanos ordena separa a Pablo y Bernabé para la misión a la que habían de ser enviados (Cf.  Hch 13,1ss). En este caso, el ESPÍRITU SANTO habla al corazón de algún profeta de la comunidad, para que otros hermanos se encarguen de la predicación de la Palabra en lugares distintos a los propios. En esa ocasión el texto nos dice, que después de haber recibido aquella revelación continuaron un tiempo más ayunando y orando por los hermanos que habían sido elegidos. A Pablo y Bernabé en Listra les pasó algo similar que a Moisés y Aarón, a Pablo lo querían identificar como Zeus y a Bernabé como la representación de Hermes por su facilidad de palabra y oratoria. Estaba en el lugar de la predicación un tullido, cojo de pies, que nunca había andado. Tras la predicación de Pablo, probablemente, el tullido estaba conmovido y receptivo, y Pablo consideró que estaba en condiciones de ser curado y le dijo: ponte derecho sobre tus pies. El hombre se puso derecho y comenzó a caminar. Se verificó un verdadero milagro, como los relatados en el Evangelio, caracterizado por la instantaneidad y la no reversibilidad. Al punto aquel hombre se levantó y se puso a andar. Al presenciar aquella señal extraordinaria el sacerdote de Zeus trajo toros y guirnaldas con objeto de hacer un sacrificio, pero Pablo y Bernabé se lo impidieron (Cf. Hch 14,8-10). El objetivo de las grandes señales como de la Palabra transmitida es el cambio del corazón, o la conversión. El establecimiento de pequeñas comunidades desde un principio favoreció al comienzo una gran vitalidad espiritual, que se manifestaba en abundancia de dones y carismas, que responden a la acción consoladora del ESPÍRITU SANTO. La vida cristiana es exigente, pero no se puede vivir como una carga insoportable. JESÚS pide, “niégate a ti mismo, carga con tu cruz y sígueme” (Cf. Lc 9,23). Si los dos pasos iniciales se dan de verdad, la consolación espiritual tiene que surgir para confirmar la preponderancia de la Divina Voluntad sobre el propio ego, y hacer de las cargas y cruces una carga llevadera. Sin Cruz no hay Gracia, y en cierta medida se puede formular en sentido opuesto. El Cielo no está en este mundo, pero algo del Cielo tiene que ser vivido ahora en el tiempo, entre aciertos y contradicciones.

Comunidad profética

¿Puede existir una comunidad cristiana que no sea profética? La comunidad es profética cuando habla de JESUCRISTO y lo hace presente con su unidad, señales y predicación. La unidad de la comunidad cristiana no está en la uniformidad de sus integrantes, sino en la diversidad de personalidades, funciones y carismas como recoge san Pablo en el capítulo doce de la primera carta a los de Corinto. La diversidad en la unidad se consigue atendiendo de forma principal a la Caridad, de la que el Apóstol nos habla en el capítulo trece de la misma carta. A poco que hayamos dado unos pasos dentro de la vida cristiana, entendemos que el Amor de JESUCRISTO es el vínculo esencial. El Amor a JESUCRISTO es el que hace posible el verdadero Amor a los hermanos, porque el Amor a JESUCRISTO nos hace partícipes de sus mismos sentimientos (Cf. Flp 2,5-11). De vuelta a la primera carta a los Corintios, los rasgos dispuestos por san Pablo para hablarnos de la Caridad radiografían el Corazón de JESÚS: “la Caridad es paciente, es servicial, la Caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe, es decorosa, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad, todo lo escusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La Caridad no acaba nunca” (Cf. 1Cor 13,4-8). De este Amor en JESUCRISTO, ¿quién nos separará?. Las cualidades propias del Amor de JESUCRISTO no nos pertenecen, pero las necesitamos. San Pablo está persuadido que nada ni nadie nos puede separar del Amor de JESUCRISTO, y en este punto está garantizado el Amor del SEÑOR para toda su Iglesia y cada uno de sus hijos. San Pablo transmite la certeza del Amor del SEÑOR para su Iglesia y cada uno de los suyos: “estoy persuadido que ni la muerte, ni la vida, ni los Ángeles, ni los Principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las Potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del Amor de DIOS manifestado en CRISTO JESÚS, SEÑOR nuestro” (Cf. Rm 8,38-39). Estos textos utilizan un lenguaje que resulta lejano y para otros inadmisible, pues afirma de forma rotunda el compromiso del SEÑOR con cada uno de sus hijos y la Iglesia en su conjunto. La convicción profunda causa sospecha y desconfianza cuando se trata de valores evangélicos. Sin embargo, los profetas de nuestros días tienen que transmitir las verdades fundamentales de siempre en el lenguaje inteligible de esta época. Es una tarea para la que el mismo SEÑOR tiene que iluminar y dar con los procedimientos adecuados con objeto no traicionar el contenido del Mensaje. La actualización del Mensaje tiene sus riesgos, pero es preciso hacerlo. Hay cosas que no cambian como pueden ser las condiciones para seguir a JESÚS (Cf. Lc 9,23); o el objetivo capital dentro del Plan de DIOS manifestado en el HIJO JESUCRISTO, que tiene como meta principal la santidad de los hijos adoptivos de DIOS (Cf. Ef 1,5). El Sermón de la Montaña tiene dos mil años, y en aquel momento se dijeron una serie de verdades que tienen vigencia, y ahora se impone la tarea de hacerlas inteligibles a los hombres del momento presente. Hace décadas la estrecha vecindad hacía raros los casos de soledad; hoy resulta alarmante el número de personas que mueren solas en las grandes urbes, por lo que aparece un modo de ejercer la Caridad activa que es nuevo y adaptado a estos tiempos de muchas redes virtuales, pero de escasos vínculos personales. La comunidad profética es un ámbito de Gracia en el que el Amor de JESUCRISTO se manifiesta e interpela.  Tenemos necesidad de ser reconfortados espiritualmente, y la comunidad profética tiene una clara dimensión misionera. Otros deben saber de JESÚS de Nazaret dispuesto para renovar los corazones cansados y humillados de sus hijos (Cf. Mt 11,28).

El caso de Corinto

Desde el primer momento parece que las cartas a los de Corinto van respondiendo a cuestiones surgidas de la vida de las comunidades, y todo ello no rebaja la claridad doctrinal o la profundidad espiritual. Los de Corinto tenían un gran aprecio por los carismas extraordinarios, y en algún caso san Pablo tiene que llamar al orden, porque estaban dando lugar a una mal disposición a la hora de dar cauce a las manifestaciones del ESPÍRITU SANTO. El capítulo catorce de la primera carta a los Corintios describe propiamente una reunión carismática, que para bien de todos hemos de tener en cuenta. El término orden es el estribillo que se repite a lo largo de todo el capítulo. Comienza el Apóstol reconociendo la importancia del carisma de profecía: “buscad la Caridad, pero aspirad a los bienes espirituales, especialmente a la profecía” (Cf. 1Cor 14,1).  Como este capítulo catorce de Corintios no se proclama nunca en la liturgia, tampoco hay oportunidad para que los fieles escuchen un comentario del mismo. Parece que en la selección de textos consideraron que esta cuestión carece de importancia y valor. Pero san Pablo no opina de la misma forma, y el primer versículo del capítulo ofrece las tres partes de lo que podría llegar a ser un ensayo de teología espiritual. El primer apartado y fuente de todo el resto es la Caridad. En segundo lugar, los componentes de la comunidad cristiana deben dar testimonio de la acción del ESPÍRITU SANTO en la Iglesia a través de los múltiples dones y carismas, dispuestos al servicio de la Palabra predicada. Una vez afianzados en la Caridad se debe aspirar de modo especial al don de profecía en sus distintas variantes. La profecía debe estar presente en la predicación, para que ésta muestre su condición de Palabra ungida por el ESPÍRITU SANTO. La profecía habrá de estar entreverada en la enseñanza, que de modo más reducido esclarece las verdades de la Fe con auxilio de los recursos de la exposición. En este capítulo catorce aparece la profecía ligada a la Palabra de Conocimiento, por la que el que interviene en la reunión dice algo que ilumina la conciencia de un hermano o de alguien que llega por primera vez y se siente reflejado e interpelado en las palabras que está escuchando. Algo así como aquellas palabras reveladoras de JESÚS al recién llegado Natanael: “he ahí un verdadero israelita en quien no hay engaño. ¿De qué me conoces, MAESTRO? JESÚS le dice: cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Cf. Jn 1,47-48). En un momento dado, la palabra profética desvela el propio misterio, sin que el predicador en realidad tenga intención de tal cosa, pero la unción que acompaña a la Palabra toca el corazón del receptor. La palabra profética por la unción que la acompaña es por sí misma sanadora. Lo vimos en el milagro protagonizado por san Pablo en la persona del tullido, en la ciudad de Listra (Cf. Hch 14,8-10). El hombre estaba receptivo después de haber escuchado la predicación, y las palabras ungidas de san Pablo dando orden a la curación de los miembros atrofiados surtió el efecto esperado. El enfermo quería ser curado después de escuchar la predicación, y el ESPÍRITU SANTO también. El profeta del Nuevo Testamento es el que hace presente a JESÚS en medio de la vida de los hombres de su tiempo. Cualquier bautizado debería pretender servir de puente entre JESÚS y el hermano. Dicho de otra forma: JESÚS quiere hablarnos a través de los que ÉL ha ungido mediante el Bautismo y de forma especial el Sacramento del orden -diáconos, presbíteros y obispos-. El protagonismo y el orgullo espiritual ante un carisma acentuado es un riesgo que corre el propio sujeto, pero ese riesgo disminuye o desaparece si se cumplen las dos partes anteriores recogidas en el versículo inicial. Si la Caridad es nuestro norte inspirador y al mismo tiempo nos hacemos acompañar de otras virtudes o dones espirituales, entonces los riesgos de vanagloria disminuyen. Las comunidades de Corinto no eran de Ángeles, sino de individuos muy humanos y bastaría raspar un poco la superficie y aparecerían egoísmos, tensiones, y divisiones. Los carismas están al servicio de la comunidad y la evangelización. La santidad que se pide al cristiano está en la permanencia del proceso de conversión. San Pablo tiene que poner algo de orden en las reuniones de algunas comunidades. Son reuniones en las que afloran los carismas de glosolalia, interpretación de lenguas y profecía. Quien habla en lenguas -glosolalia- habla a DIOS y no a los hombres con un lenguaje inteligible, que después debe ser interpretado por el que posee el carisma. Pero san Pablo dice que en dichas reuniones debe prevalecer la profecía, pues alguien por primera vez va a la reunión puede sentirse interpelado, al escuchar una palabra profética con sentido. Como la glosolalia es la expresión audible del canto de júbilo o de la oración jubilosa, les dice que él habla en lenguas más que todos ellos (v.18), pero estando con los hermanos reunidos prefiere trasmitir frases con sentido comprensible. Para mejor entender lo que respecta a la glosolalia se puede echar mano de cualquier vídeo en internet de una oración de la Renovación Carismática Católica. Todos pueden participar y aportar una profecía, otro una interpretación de alguien que haya hablado u orado en lenguas; pero todo debe hacerse con orden. Esta es la directriz principal de san Pablo para las reuniones de oración y enseñanza. Se considera la glosolalia el carisma más elemental, sin embargo a través de este don el SEÑOR puede conceder gracias muy importantes de sanación física y espiritual, con lo que no sólo tenemos glosolalia y profecía, sino también gracias de conversión, sanación interior y en ocasiones curaciones físicas. San Pablo dice que se debe aspirar a que estos carismas se hagan visibles en las distintas comunidades. Los prejuicios y recelos son lo suficientemente grandes para impedir precisamente que estos carismas se hagan visibles con naturalidad, pues es cierto que obligaría a incorporar algunos aspectos a la vida parroquial. Nadie perdería y todos saldrían beneficiados.

El verdadero profeta

La primera lectura es del profeta Jeremías y relata el episodio en el que el profeta es arrojado a una cisterna sin agua, y se va hundiendo en el barro, con lo que la muerte le llegará en poco tiempo. Los tiempos son de extrema gravedad, pues Nabuconodosor, rey de Babilonia era la potencia militar dominante en aquellos momentos e Israel se presentaba como un territorio fácil para la conquista. En el año quinientos noventa y siete se había producido una primera deportación de israelitas a Babilonia y en el trono de Judá estaba Sedecías con el compromiso de pagar un tributo a Nabuconodosor. Sedecías incumplirá sus compromisos y los babilonios arrasarán la ciudad y el Templo con todos sus tesoros incluido el Arca de la Alianza, que para los babilonios no representaba más que un relicario de oro macizo, sin ningún otro significado religioso. La segunda deportación se produce en el año quinientos ochenta y siete (a.C.), por lo que se vive un intervalo de diez años en los que se especula de muchas formas. Teniendo en cuenta lo que recoge el profeta Jeremías se debate principalmente la conveniencia de aliarse y pedir ayuda a los egipcios, o simplemente pagar el tributo exigido. En fechas próximas al año quinientos ochenta y siete la cuestión se centra en la rendición total o la confrontación con Nabuconodosor. Desde los tiempos de Moisés hasta esos momentos, Israel había recibido en numerosas ocasiones la promesa por parte del SEÑOR sobre su protección, y la conquista progresiva de la Tierra de Israel, como Tierra Prometida, así lo confirmaba. Distintas batallas y guerras, Israel las había ganado sin que sus guerreros tuvieran que disparar una sola flecha, porque YAHVEH había intervenido, pues las guerras de Israel eran las guerras de YAHVEH, que estaba al frente de los ejércitos. No en vano YAHVEH es el DIOS de los Ejércitos -YAHVEH Sabaot-. En una total relación con el Shemá (Cf. Dt 6,4-9), que propone el Amor a YAHVEH como el vértice de todo el edificio religioso, en la formulación de las Diez Palabras dadas en el Sinaí, lo que aparece al comienzo es la incompatibilidad entre el culto a YAHVEH y a los ídolos (Cf. Ex 20,3-5). Israel tiene que guardarse de manera escrupulosa de ofrecer el más mínimo culto a los ídolos. Quedan excluidas, al mismo tiempo, las prácticas adivinatorias, la invocación de espíritus, los conjuros o la astrología. YAHVEH quiere ser la única realidad trascendental, a la que los israelitas han de dirigirse.  Como hombres de DIOS o intermediarios el SEÑOR dispone a los profetas y a los que integran la tribu de Leví, que están destinados a las cosas del SEÑOR en el templo y la atención con actos de culto menores en los lugares donde habiten. La tribu de Leví no posee territorio y de esa forma puede estar más disponible para las cosas del SEÑOR. El SEÑOR mantiene su Alianza a pesar de los pesares, pero en tiempos de Jeremías se produce la destrucción de Jerusalén, del templo y el exilio de la población por un tiempo de cincuenta o setenta años. Algunos israelitas se quedaron en Babilonia definitivamente, pues se adaptaron al nuevo estilo de vida. Los años previos al exilio se veían como una prueba en la que, una vez más, el SEÑOR intervendría a favor de Israel, pero no fue así. La contaminación espiritual por el culto idolátrico había paralizado a la Divina Providencia. Israel, tozudamente, había elegido a los ídolos y los iría a servir a una tierra extranjera. El proceso de destierro trajo muerte, destrucción, violaciones de las mujeres, saqueo de las propiedades, esclavitud de los mejores y secuestro de los niños. El juego frívolo de los israelitas con los ídolos dio lugar al desastre nacional y el destierro. Estos episodios quedan como lección y advertencia para todas las generaciones. Nos hacemos deudores de quien rendimos culto. El ídolo paga con la muerte, y DIOS comunica su Vida.

Sentencia contra Jeremías

“Hágase morir a ese hombre, pues con sus palabras desmoraliza a los guerreros que quedan en esta ciudad y a toda la plebe; diciéndoles tales cosas, pues este hombre no procura el bien del Pueblo sino su daño” (Cf. Jr 38,4). El profeta del SEÑOR tiene que hablar cuando recibe una Palabra clara e inspirada. En este caso Jeremías tiene una Palabra de extrema gravedad: “así dice YAHVEH, sin remisión será entregada esta ciudad en manos de tropas del rey de Babilonia…” (v.3). Toda palabra profética con carácter exhortativo puede ser cambiada por un verdadero arrepentimiento y conversión, como ejemplifica el libro del profeta Jonás. Los de la corte del rey que oyen a Jeremías se sienten contrariados y su argumento en contra del profeta lleva razón: aquellas palabras inducen al desánimo, pero el paso siguiente debía ser la conversión de todos, pero tal cosa no se produce. Jeremías tan sólo transmite la sentencia que DIOS mismo establece. La reacción debiera ir dirigida hacia DIOS mismo, pues el profeta es sólo un intermediario de la Palabra a la que debe servir. La conjura se establece contra el mensajero, pensando que acabando con él todo comenzará a solucionarse.

El rey de Israel se desentiende

“Dijo el rey Sedecías: ahí lo tenéis en vuestras manos, pues nada podría el rey contra vosotros. Ellos se apoderaron de Jeremías y lo echaron a la cisterna de Malquías hijo del rey que había en el patio de la guardia, descolgando a Jeremías con sogas. En el pozo no había agua, sino fango y Jeremías se hundía en el fango” (v.5-6). El rey Sedecías es voluble, negligente y acomodaticio, capaz de confesar que él no puede hacer nada -tiene las manos atadas- frente a unos subalternos. El monarca absoluto no puede contrariar las disposiciones homicidas de unos consejeros entre los que se cuenta su propio hijo, que no iba a heredar reino alguno y sufriría las represalias de Nabuconodosor. No le llegará la muerte a Jeremías en ese pozo, pero es un episodio que pone al límite las fuerzas del profeta. Si el rescate no se llegara a producir la muerte llegaría sin remedio alguno.

El rey recapacita

“Salió Ebeb-Melek de la casa del rey y le habló en estos términos: oh, mi señor el rey, está mal hecho todo cuanto esos hombres hicieron a Jeremías, arrojándolo a la cisterna, pues lo mismo se iba a morir de hambre, pues ya no quedan víveres en la ciudad. Entonces le dijo el rey a Ebeb-Melek: toma treinta hombres y sube a Jeremías del pozo antes que se muera” (v.8-10). Ebeb-Melek era uno de los eunucos al servicio del rey ocupado en las funciones propias de estos personajes, que por su condición alguno llega a tener bastante ascendencia ante el rey. Recordamos al eunuco etíope, ministro de finanzas de la reina de Candaces (Cf. Hch 8,27ss). En este caso es la opinión del eunuco cusita que presentó un argumento que convenció al rey para no ser cómplice de un atentado que iría contra DIOS mismo. El profeta Jeremías terminaría sus días en Egipto con un grupo de israelitas que se libró de la deportación. El profeta que acompañó a los exiliados en Babilonia fue Ezequiel con un buen número de profecías orientadas a la restauración del Pueblo caído en desgracia.

Cinco versículos

Las palabras del capítulo doce de san Lucas van dirigidas de modo especial a los discípulos o seguidores más próximos. El desprendimiento de las cosas de este mundo favorece la vigilancia sobre la propia conducta y el cumplimiento fiel de la voluntad del SEÑOR, que volverá pero en hora y día inciertos, por lo que es necesario permanecer vigilantes, diligentes y actuando con un proceder justo. JESÚS refleja en los siguientes versículos sus sentimientos que giran siempre alrededor del cumplimiento de la Voluntad del PADRE y la Salvación de los hombres. A los discípulos, seguidores y misioneros, deben empezar a preocuparles las mismas cosas que a JESÚS por la Salvación de los hombres. El discípulo de JESÚS adquiere una mirada general o universal de lo que trae entre manos, aún actuando en un radio concreto y reducido. Lo primero es trabajar por el Reino de DIOS (v.31-32). Jesús tiene por delante la muerte en la Cruz, que desde la percepción humana es un tiempo de angustia. El ESPÍRITU SANTO vendrá a traer el fuego mesiánico a la tierra, y el que blasfeme contra el ESPÍTU SANTO no tendrá remisión.

El Fuego de DIOS

“Dice JESÚS: he venido a traer fuego a la tierra, y quisiera que estuviera ya ardiendo” (v.49). La acción del ESPÍRITU SANTO es la de transformar a los hombres según el modelo que es CRISTO mismo. La nueva condición de los hombres como hijos de DIOS es obra directa del ESPÍRITU SANTO (Cf. Ef 1,5). Pero el tiempo del ESPÍRITU SANTO no había comenzado, porque JESÚS todavía no había ascendido al Cielo a la derecha del PADRE. Este hecho capital significaba que JESÚS habría pasado por su Pasión y Cruz. Ambos acontecimientos son profundamente deseables, pero el segundo que condiciona el primero es en extremo doloroso, por eso la manifestación de dolor por parte de JESÚS. Ahora bien, el objetivo final para JESÚS merece la pena, pues llegará un momento en el que la acción del ESPÍRITU SANTO llene toda la tierra y realice en el corazón de todos los hombres las maravillas que obró en la venida realizada al grupo de los Doce en Pentecostés (Cf. Hch 2,1ss). A lo largo de los siglos, el ESPÍRITU SANTO vino iluminando las conciencias de muchas personas, haciendo de otras verdaderos faros de la acción evangelizadora, sin embargo nos queda por asistir a una acción generalizada como la señalada en el evangelio de san Juan: “cuando venga el PARÁCLITO convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la Justicia y en lo referente al Juicio. En lo referente al pecado, porque no creen en MÍ; en lo referente a la Justicia, porque me voy al PADRE y ya no me veréis; en lo referente al Juicio, porque el príncipe de este mundo está ya condenado” (Cf. Jn 16,8-10) ¿Hay señales que hagan plausible el cumplimiento literal de este texto en el momento presente de la historia? La señal principal del Cielo en estos momentos la constituye el conjunto de apariciones marianas en los últimos doscientos años. Además de las apariciones marianas poniendo de relieve el estado espiritual de la humanidad en su conjunto, hay que añadir los mensajes privados a distintas místicas en todo este tiempo. Es posible que las apariciones más acreditadas en los tiempos actuales sean las apariciones de Fátima, en mil novecientos diecisiete, a los tres pastores, Lucia, Jacinta y Francisco. Estas seis apariciones en Fátima, de la VIRGEN, tienen que ser complementadas con las recibidas por Lucia en Pontevedra (1925), y Tuy (1929), en España. La revelación más notable en la línea de lo que vamos tratando es el mensaje de la santísima VIRGEN sobre el triunfo de su Inmaculado Corazón, porque DIOS lo quiere así. Probablemente el Mensaje de Fátima sea el más importante de los tiempos modernos por el contenido, que no es posible desbrozar en estos comentarios, pero baste señalar esta rotunda afirmación de la VIRGEN a los tres pastores para indicarnos un cambio de época en el que se hará justicia al sacrificio redentor de JESÚS, que es el único SALVADOR, porque es el HIJO de DIOS, sentado a su derecha, y posee su misma naturaleza. Lo mismo que para verificar la Encarnación intervinieron el ESPÍRITU SANTO y MARÍA, también en el nuevo renacimiento de la humanidad intervendrán la MADRE acreditada en la Cruz y la acción universal del ESPÍRITU SANTO. Mirando a los bautizados lo dicho anteriormente no encuentra apoyos, y las estructuras de la Iglesia no pasan por el mejor momento -como casi siempre-, pero DIOS tiene la última palabra y la cumple. Vivimos unos tiempos en los que unas élites pretenden decirle a DIOS que ellos son los dueños del mundo con capacidad de decidir quién vive o muere, y pretensión de invadir en detalle la vida privada de todas y cada una de las personas. En momentos así aparece la intervención de DIOS como en la torre de Babel (Cf. Gen 11,6-9). Ningún hombre va a ocupar el lugar de DIOS y todos los que ahora vivimos somos sus hijos con mejor o peor fortuna, por lo que su Divina Providencia está asegurada.

Anuncio velado

“Con un bautismo tengo que ser bautizado, y qué angustiado estoy hasta que se cumpla” (v.50) Estaban subiendo a Jerusalén donde se iba a realizar el bautismo de sangre. La sangre es la sede de la vida y ésta le pertenece en exclusiva a DIOS. La vida de JESÚS estaba a las puertas de ser inmolada. San Juan recoge unas palabras de JESÚS cuando unos griegos quieren ver a JESÚS: “ahora mi alma esta turbada, y qué voy a decir, PADRE líbrame de esta hora, pero si he llegado a esta hora para esto. PADRE glorifica tu Nombre. Vino entonces una voz del Cielo: le he glorificado y de nuevo lo glorificaré” (Cf. Jn 12,27-29). La Subida a Jerusalén es en realidad el ascenso interior que prepara a JESÚS y a sus discípulos para el momento cumbre de la Cruz. JESÚS como el HIJO de DIOS dispone de todo el Poder para corregir las circunstancias y favorecer una salida distinta. Pero las cosas iban por otro camino en los planes del PADRE, y se trataba de ver hasta dónde llegaba el libre albedrío de los hombres y la Misericordia del Hombre-DIOS recibiendo sobre SÍ toda la Justicia del Cielo por unos pecados que no eran suyos, sino de todos y cada uno de los seres humanos. Lo recogido por la carta a los Hebreos iba adquiriendo toda su densidad: “al entrar el VERBO en el mundo dice, holocaustos y sacrificios no te han satisfecho, y TÚ me has preparado un cuerpo; y he aquí que vengo, oh DIOS, a cumplir tu Voluntad” (Cf. Hb 10,5-7). El fuego del ESPÍRITU SANTO que arderá en el mundo para transformarlo todo según DIOS cuenta con el tesoro de gracias inagotable de la muerte redentora de JESÚS en la Cruz. Quien muere en la Cruz es el Hombre-DIOS y tal cosa es difícil de valorar. Una sola gota de sangre del REDENTOR podría ser suficiente para redimir a todos los hombres de todos los tiempos. Nada es imposible para DIOS en este mundo de hombres hechos a imagen del Hombre-DIOS.

“DIOS nos bendice con su Paz” (Slm 29,11)

“¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división” (v.51). La Paz Mesiánica no es la pax romana resultado de la acción militar y política. La paz Mesiánica resulta de la conversión de cada persona particular. La Paz Mesiánica es una bendición que se puede rechazar, y así se lo hizo saber JESÚS a los setenta y dos misioneros: “en la casa que entréis, saludad con la Paz, y si allí hay personas de Paz la Paz reposará sobre ellos, de lo contrario volverá a vosotros” (Cf. Lc 10,5-6). El orden social sin grandes conflictos es el resultado de acuerdos, negociaciones y un buen número de tolerancias en cuestiones que el sistema puede soportar. Pero la Paz Mesiánica atiende a la conversión, que representa el giro de ciento ochenta grados, por el que la persona empieza a mirar a DIOS como rector de su vida. Es muy deseable que las leyes de un Estado no entren en grave conflicto con los deberes éticos y religiosos de un creyente, en este caso católico. Acentuamos lo de católico porque es la Iglesia Católica quien mantiene un régimen institucional más complejo con el fin de proporcionar los medios de la Gracia a sus fieles con la mayor facilidad posible. El Evangelio es compatible con una monarquía o una república como formas de estado y de gobierno; pero el Evangelio nunca estará de acuerdo con que se declare el aborto como un derecho, sea en república o monarquía. La Paz que nos da JESUCRISTO es de suyo una bendición, que a su vez atrae sobre el fiel otras muchas bendiciones. La Paz Mesiánica en el corazón del creyente es fuente de muchas virtudes y de forma especial de la Fortaleza. La Fortaleza espiritual hace que la persona no se quiebre espiritualmente ante la adversidad, que tarde o temprano llegará. El evangelio de san Juan sigue esclareciendo la naturaleza de la Paz dada por JESÚS: “os doy mi Paz, no la doy como la da el mundo” (Cf. Jn 14,27). La Paz que JESÚS transmite a los suyos es una gracia del ESPÍRITU SANTO enviado por el HIJO desde el seno del PADRE (Cf. Jn 14,26.28). El discípulo de JESÚS asistido por esta bendición estará necesariamente en revisión permanente frente a los postulados del mundo. En más de una ocasión en los tiempos modernos los principios del Reino de DIOS, o del Evangelio, entran en frontal conflicto con un progresismo social, que no se sabe bien dónde se dirige.

Cinco divididos

“Desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. Estarán divididos el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre, la hija contra la madre, y la madre contra la hija; la nuera contra la suegra, y la suegra contra la nuera” (v.52-53). Las tradiciones religiosas formaban parte principal de la estructura familiar y social. En el pueblo judío de forma especial era el papel de la madre en la trasmisión oral de las tradiciones religiosas. El Evangelio, la persona de JESÚS y su manifestación, presentaba cumplimiento y al mismo tiempo ruptura. Había que estar asistido de una gracia añadida para rastrear el perfil del MESÍAS en las Escrituras y verlo plasmado en JESÚS de Nazaret. JESÚS representa el cumplimiento o plenitud de la Ley y los Profetas, incluidos los Salmos y los otros escritos sapienciales e históricos. Como a los de Emaús (Cf. Lc 24,31), el SEÑOR ha de abrir el entendimiento para comprender lo que del MESÍAS está escrito. Al mismo tiempo JESÚS representa ruptura, pues la acción de la Gracia dada por JESÚS invalida las prescripciones sacrificiales y rituales anteriores. El único sacrificio válido ante DIOS es el realizado por JESÚS, y todos los anteriores no han salvado a nadie, y los que se puedan hacer en el futuro son inútiles. Suspendidos los sacrificios de animales y los rituales añadidos, el Templo quedaba con un contenido mínimo e incierto, relegándolo al papel de una sinagoga. Tal cosa era un choque frontal para la religiosidad tradicional judía. El Judaísmo no aceptó el panorama apuntado y la defensa celosa de las tradiciones se trasladó a la organización de los zelotas contra Roma, que en el año setenta dejó a los judíos sin el lugar señalado por las Escrituras para realizar las ofrendas rituales y los sacrificios de animales. El Templo había desaparecido, de él no quedaba piedra sobre piedra (Cf. Lc 21,6) como había anunciado JESÚS. El Judaísmo se reinventa por la vía del Talmud, en las sinagogas y con los fariseos como protagonistas de las reformas religiosas tendentes a un rigorismo en las formas. El Judaísmo se reafirma contra la mesianidad de JESÚS, y se recoge en las dieciocho bendiciones que se recitan diariamente. La nueva religión cristiana, que hunde sus raíces en las mismas escrituras que manejan los judíos se hizo irreconocible para estos. Las palabras de JESÚS se cumplieron, pues la división no es superficial y afecta al núcleo mismo de la vida social del individuo. Este núcleo es la familia. Donde se viven las relaciones más estrechas y conformadoras del propio desarrollo, cabe que se produzcan disensiones y distanciamientos irreconciliables por la confesión del Nombre de JESÚS como el único SALVADOR. La resolución de este gravísimo problema no viene por la fuerza de las armas o el combate de las ideologías. Sólo la acción de la Gracia puede iluminar las conciencias sobre la naturaleza real de las cosas. No son las melifluas tolerancias o el abandono de la razón apologética quien vaya a procurar el acercamiento. El Cristianismo en razón de la identidad misma de JESUCRISTO no puede dejar de sostener con firmeza que el Cristianismo es la religión, la única religión donde el hombre puede encontrar la Salvación que va más allá de esta vida terrenal. No es necesario levantar mucho la voz, sólo lo suficiente para que se note la convicción en la predicación, que es el instrumento destinado a tal fin desde Pentecostés.

Carta a los Hebreos 12,1-4

Los capítulos once y doce de esta carta a los Hebreos resaltan la comunión de los creyentes por la Fe en el mismo DIOS providente. La Fe de los que ahora vivimos nos pone en comunión con todos los anteriores que nos han precedido; siendo nosotros, al mismo tiempo, el eslabón que da continuidad para las generaciones futuras de creyentes. Crecemos en la Fe apoyados también en la Fe de los que nos han precedido. Las historias ejemplares de los antepasados en la Fe nos permiten a los creyentes del presente crecer como adultos y afrontar el futuro con sabiduría y responsabilidad. Decía el sabio: “si no conoces lo que sucedió antes que nacieses, serás siempre un niño”. Esto vale para los hechos históricos que forman nuestras raíces, y también para el crecimiento en la Fe. Es verdad que nos separan miles de años de los protagonistas bíblicos, y resulta difícil la comprensión de algunos comportamientos, pero las lecciones de sus vidas con luces y sombras tejen la trama de una Historia de Salvación, que es la historia de la Fe. La lectura de la Biblia es algo obligado e imprescindible para madurar en la Fe. Frente a lo que se nos escapa o no comprendemos debemos profesar una devoción filial que nos disponga ante DIOS, mucho más real que las formas literarias, en las que la Revelación está expresada en el Libro Sagrado.

Somos multitud

“Teniendo en torno a nosotros tan gran número de testigos, sacudamos todo el lastre y el pecado que nos asedia y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone” (v.1). El concepto de “mártir” o “testigo” es intercambiable: todo mártir es testigo de la Fe, pues entrega su vida por JESUCRISTO; y todo testigo padece a lo largo de su camino en la vida un lento martirio, que lo va confirmando en la confesión de JESUCRISTO como su único SALVADOR. Sólo el SEÑOR tiene la vara de medir a unos y otros, y a nosotros sólo nos queda agradecer el resultado final como muestra del infinito AMOR de DIOS. Alrededor siguen acompañándonos multitud de intercesores y protectores con los que los lazos de sangre o amistad vividos en este mundo adquieren un nuevo rango. Pervive, pues, la comunidad de bienaventurados que se está formando con cada uno de los hermanos que deja este mundo para unirse a la asamblea celestial. Miles y miles, miríadas de miríadas aprecia el autor sagrado del Apocalipsis (Cf. Ap 5,11;7,9). En las misas que celebramos estamos convocados los que peregrinamos por este mundo y algunos de los hermanos que han dejado este mundo y por designio divino participan conjuntamente con nosotros del inaudito milagro de la transubstanciación: el momento en el que el pan y el vino dejan de serlo para convertirse en el CUERPO y la SANGRE de JESUCRISTO. En este punto de nuevo se abre el Cielo y DIOS irrumpe en el altar de su Iglesia. Es un momento especial para la adoración en el que somos acompañados por nuestros Ángeles y nuestros hermanos fallecidos.

Todavía en camino

“Fijos los ojos en JESÚS, en quien se consuma la Fe; el cual en lugar del gozo que se le proponía, soportó la Cruz, sin miedo a la ignominia” (v.2). Nuestra vida presente es un complicado campo de prueba, y son numerosos los retos que es necesario resolver. Para una carrera de fondo hay que fortalecerse con buena alimentación, hábitos correctos y un ejercicio suficiente y adecuado. DIOS no quiere hijos amargados en este mundo, pero tampoco disipados. El autor sagrado ofrece la regla de oro: fijar la mirada en JESÚS que no atendió al gozo inmediato, sino que mantuvo en todo momento la mirada puesta en la misión singular a ÉL encomendada. La Redención por la cruz dejó de ser una opción para convertirse en un imperativo dispuesto por el pecado del hombre actualizado en las circunstancias históricas que rodearon la vida y la muerte de JESÚS. Nos guste o no, esto marcó el destino en lo sucesivo de cada uno de los seguidores de JESÚS: “si morimos con ÉL, viviremos con ÉL; si sufrimos con ÉL, reinaremos con ÉL; si lo negamos, también ÉL nos negará; si somos infieles, ÉL permanece fiel” (Cf. 2Tm 2,11-13). La verdadera salida de las penumbras de esta existencia es la Vida Eterna, y quien busque otra cosa caminará de decepción en decepción. Y la Vida Eterna es el don del único SALVADOR, JESUCRISTO.

Signo de contradicción

“JESUCRISTO soportó la Cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del Trono de DIOS. Fijaos en ÉL, que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo” (v.3). Los evangelios, de modo especial, levantan acta notarial de los acontecimientos de la Salvación. Sólo DIOS puede convertir el dolor en fuerza salvadora para la Vida Eterna y la misma muerte en resurrección. Estos dos hechos marcan la gran incomprensión de los judíos, que sentían profundamente herida su sensibilidad religiosa ante la predicación que se hacía del MESÍAS sufriente, cargado con los pecados de todos (Cf. Is 53,4), y crucificado como el peor de los malhechores. Los hombres provocamos el drama del deicidio, y DIOS pacientemente lo acepto con AMOR infinito, para que el AMOR destilado de aquel horror surtiese de gracias y beneficios espirituales para todos. Pero a cada uno de los seguidores del MESÍAS se ofrece el privilegio de participar en alguna medida de este mismo proceso que entraña sufrimiento, muerte y Resurrección. Cada cristiano padece y está marcado por el signo de contradicción: DIOS ama a su HIJO infinitamente, pero el HIJO en determinado momento experimenta una soledad total. Con todo, no debemos asustarnos, pues nuestra participación no se acerca ni de lejos a los padecimientos de CRISTO, y tampoco caeremos en los mismos abismos de soledad.

La lucha contra el pecado

“No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en la lucha contra el pecado” (v.4). Con mucha probabilidad el autor sagrado se está refiriendo al pecado de apostasía, pues para luchar contra él la alternativa era el martirio cruento. Los “lapsi” eran aquellos que ante la persecución volvían al culto de los dioses del Imperio Romano, o del emperador mismo, que en tiempos de Decio, en la década de los noventa, exigió ser reconocido en vida como “Dominus et Deus” -Señor y Dios-. Los emperadores hasta entonces habían reclamado su atributo de divinidad para después de la muerte, aunque alguno se sintiese en vida descendiente directo de algún dios. Ante la pérdida de una batalla importante, las autoridades podían atribuir la derrota al enfado de los dioses del Imperio por no recibir el reconocimiento adecuado. Un recurso fácil era culpar a los cristianos de traicionar al Imperio por no sacrificar a sus dioses. Algunos cristianos acusados, perseguidos y obligados cedían a ofrecer sacrificios a los dioses del Imperio. Para los “lapsi” había retorno a la comunidad cristiana después de un tiempo prolongado de penitencia pública, que se visibilizaba de forma especial en las celebraciones litúrgicas. En nuestros días la insensibilidad ante el pecado contribuye a una continua apostasía silenciosa. Existe en general una preocupación burocrática por los que abandonan la Fe en JESUCRISTO, pero se adolece en nuestro Occidente de un verdadero espíritu misionero. A muy pocos cristianos, pastores incluidos, les quema por dentro la deserción de tantos bautizados. El impulso misionero, kerigmático y catequético resulta episódico. El secularismo está ganando una batalla de consecuencias impredecibles: si a DIOS no se le espera en la vida de una gran mayoría, hablar del pecado resulta un sin sentido, pues tal cosa es una ofensa al que no se tiene en la más mínima consideración. Las encuestas que dan una impronta de las preocupaciones del hombre en la sociedad occidental, DIOS ocupa un lugar próximo al cincuenta. La preocupación por el perfeccionamiento religioso no existe para la mayoría.

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