La novedad del Adviento

Isaías 11,1-10 | Salmo 71 | Romanos 15,4-9 | Mateos 3,1-12

Pablo Garrido Sánchez
Pablo Garrido Sánchez

Se percibe en el nuevo Año Litúrgico el influjo renovador de las lecturas bíblicas que marcan una línea de Esperanza. Tratamos de las cosas nuevas, porque rescatamos la mirada hacia el futuro de las grandes figuras bíblicas. Las profecías anteriores y los textos del Nuevo Testamento se dan la mano para ambientarnos espiritualmente a la espera del SEÑOR que viene. No erramos lo más mínimo en esta apreciación: ¡Maranatha! ¡El SEÑOR viene! La Palabra de la Biblia o la celebración litúrgica no pierden actualidad, porque la realidad profunda se fundamenta en JESUCRISTO que viene. ¡Maranatha! Es la aclamación que reconoce el hecho. Todas las sombras no son capaces de oscurecer el anhelo íntimo de los corazones, pues todos acusamos una necesidad vital de celebrar algo distinto, aunque sea una vez en el año, que nos reconcilie con el buen clima familiar, la amistad desinteresada o la gratuidad, que nos aparte por un momento del utilitarismo. Se acercan los días de la Navidad, y muchos elementos del ambiente nos predisponen positivamente. La mayoría volveremos a saludar o felicitar a personas que no contactamos durante el resto del año, y ese hecho en sí mismo es positivo. Todavía en los lugares donde hacemos y exponemos los belenes, se disponen los árboles de Navidad, o se ambientan las calles con villancicos, eso contribuye en mayor medida a que afloren las actitudes navideñas. No es ocioso o falso desear una “feliz Navidad” o “feliz año” a los familiares, amigos, vecinos y conocidos. La dureza de los acontecimientos no debe impedir que exista todavía un recinto en nuestro interior que acoja y exprese de múltiples formas todo el bien posible a los que nos rodean. Haremos bien, aunque sea por unos días, dejar a un lado los augurios sombríos y pesimistas, que los sucesos y acontecimientos imponen: en los  momentos más duros de una guerra se abren paréntesis y se canta, pues de lo contrario es más difícil sobrevivir.

Llamados a transformar el mundo

Podría ser un eslogan de sencilla formulación: “no os acomodéis a este mundo” (Cf. Rm 12,2ª). Añadamos algún sinónimo: adaptar, habilitar, disponer, igualar, amoldar, sujetar, cuadrar, conformarse, avenirse. El mundo crea sus pequeños o grandes universos, pequeños o grandes sistemas que buscan adeptos y cobran tributos. Entendemos ahora por mundo todo aquello que gravita fuera de la órbita del Evangelio, pone en marcha sus medios de atracción y nos va seduciendo. El mundo busca a sustituir a DIOS en el horizonte de todas nuestras aspiraciones. Las palabras de san Pablo son oportunas en cualquier época de la historia. El seguidor de JESUCRISTO es un elemento crítico con su pensamiento y conducta. El tiempo de Adviento devuelve al creyente a un proceso de profunda conversión, pues aparecen de nuevo ante nuestros ojos las imágenes bíblicas de otro mundo que DIOS tiene dispuesto como posible para los hombres. A pesar de todo el catálogo de malas noticias, ídolos trampa, argumentos capciosos, falsificación de las instituciones o coacciones directas, el tiempo de Adviento nos prepara para el nacimiento del SEÑOR, y nos devuelve la mirada a otro mundo posible renovado por el poder de DIOS. Es necesario, no obstante, adoptar una actitud personal evangélicamente crítica, rebelde frente a los poderes que dictan lo que resulta políticamente correcto; hay que salir del “sueño de la noche, porque comienza a amanecer” (Cf. Rm 12, 13,11-12); y hemos de afrontar con lucidez el tiempo que nos toca: lúcidos para salir al encuentro del SEÑOR que llega; y lúcidos para desenmascarar las falsas imágenes que las sombras provocan alrededor. San Pablo dirige la atención de los suyos al discernimiento: “transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de tal modo que podáis distinguir cuál es la volunta de DIOS: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Cf. Rm 12,2b). El cristiano está llamado a pasar por este mundo en una línea de permanente conversión: inteligencia y voluntad vueltas hacia DIOS, y una ética conforme a los principios y valores evangélicos. La “transformación de la mente” no se logra en un día, sino que es la tarea de todos los días. La mente y la voluntad tienen que ser alimentadas con los contenidos adecuados. La “transformación” no se produce de forma instantánea, sino paulatina por medio de una “renovación” en el tiempo. Nuestro espíritu humano –inteligencia y voluntad- tiene que ser renovado diariamente por el ESPÍRITU SANTO, que viene principalmente mediante la oración, la meditación de la Palabra de DIOS y los distintos Sacramentos. La transformación personal completa su proceso con una acción permanente que realiza y promueve la verdad, lo bueno y lo que pertenece y agrada a DIOS.

La Caridad no es filantropía

El cristiano vive la Caridad según el señorío de CRISTO, dependiendo de ÉL en todo momento. La renovación personal y del mundo se concibe desde la Fe disponiendo su fundamento en CRISTO. Sólo JESUCRISTO puede dispensar al mundo la acción del ESPÍRITU SANTO con carácter general para una renovación desde la raíz. La Caridad, que es el Amor de DIOS actuando mediante el hombre, también puede ser fingido, y por tanto desnaturalizado en hueca filantropía. El hombre no es bondadoso por sí mismo, ni dispensa una solidaridad universal por el hecho de ser hombre. Este hombre no existe. Buscando entre las personas más representativas, encontramos los casos siempre excepcionales de los que fueron transformados por el ESPÍRITU SANTO y se dieron de forma heroica al servicio de sus hermanos, en ocasiones con el sacrificio de sus vidas. San Pablo llama la atención: “que vuestra Caridad sea sin fingimiento, detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros, estimando en más cada uno a los otros” (Cf. Rm 12,9-10). La Caridad sin la humildad no existe; la Caridad ejercida con aire de superioridad, orgullo o soberbia, es una farsa. La Caridad que renueva personas, familias, parroquias y ámbitos de acción social, es aquella que se ejerce en la línea del Siervo de YAHVEH. “Constantes en la tribulación, perseverantes en la oración, compartiendo las necesidades de los hermanos y ejerciendo la hospitalidad” (Cf. Rm 12,12). Este versículo describe una Caridad operativa y bien afianzada, que está siendo probada en los contratiempos de la vida y con la fuerza de la oración no esconde la ayuda que debe prestar según sus posibilidades. La hospitalidad es el ejercicio de la Caridad efectiva con personas que siendo próximas no tienen necesariamente que pertenecer al círculo familiar. Un mundo cambia cuando somos capaces de cambiar en algo el pequeño mundo en el que nos desenvolvemos. En las próximas fechas, los días de la Navidad, celebraremos el nacimiento de JESÚS y recordaremos lo que sucedió a la hora de pedir alojamiento por parte de MARÍA y José; y la reunión de un grupo de pastores alrededor de aquella cueva, que daba cobijo al HIJO de DIOS. La Redención comenzaba en ámbitos reducidos y pasaba del todo desapercibida; pero aquellos pequeños pasos irían seguidos de otros más visibles.

Caridad heroica

“Bendecid a los que os persiguen, no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir los unos para con los otros, sin complaceros en la altivez” (Cf. Rm 12,14). San Pablo tiene muy claro en su predicación que debe promover en toda ocasión los “círculos virtuosos”, pues de lo contrario no será posible erradicar el reino de Satanás, que promueve el odio y la división. Este modo de proceder en las relaciones cercanas y personales no excluye la acción coercitiva de los poderes públicos cuando de cumplir la ley se trata. Pero los grandes conflictos empiezan a promoverse en los primeros peldaños de la acción personal y social. Si el agravio, el desprecio o la indiferencia son contestados con una acción pacificadora, lo más probable es que el proceso violento concluya y no crezca en intensidad. Si ante la ofensa reaccionamos con una bendición habremos conseguido ganar una batalla al Malo. Por otra parte, y no menos importante, habremos dado un incremento al crecimiento de la virtud, que refuerza el propio carácter y nos encamina a conseguir una personalidad en CRISTO. Las virtudes son hábitos que se adhieren a la propia manera de ser y actuar, pero un hábito precisa de un considerable número de acción repetidas en el mismo sentido. Los hábitos forjados en el buen obrar constituyen las virtudes. El hábito o la virtud no se consigue con la sola consideración o meditación devota sobre la misma. La virtud exige la acción para ser fijada en la propia personalidad espiritual. Como bien sabemos los dones del ESPÍRITU SANTO son necesarios para ejercitar las virtudes. Por tanto, la virtud es un resultado espiritual de una cualidad que precisa de la cooperación de la gracia particular y de la acción personal y concreta.

La falta de humildad mata la Caridad

“Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir los unos para con los otros, sin complaceros en la altivez atraídos más bien por lo humilde” (Cf. Rm 12,15-16). Recordamos que la humildad o “pobreza de espíritu” (Cf. Mt 5,3) es la llave que abre la puerta al resto de las bienaventuranzas expuestas por san Mateo (Cf. Mt 5,1-12). Pero ahora san Pablo dispone la humildad en el campo de entrenamiento, que hoy calificamos de empático: reir con los que ríen y llorar con los que lloran. JESÚS se unió a la celebración y la fiesta de los parientes que celebraban su boda (Cf. Jn 2,1ss); y compartió el dolor de la viuda de Naim por la muerte de su hijo (Cf. Lc 7,12-13 ); igualmente que lloró y acompañó el dolor de las hermanas de Lázaro (Cf. Jn 11,35). En la terminología bíblica está disposición a participar de los estados de ánimo dolorosos se denomina “compasión”. Es un acto de gran Caridad no estropear la fiesta al que con todo derecho vive momentos de alegría. Denota grandeza de alma aquella persona que es capaz de alegrarse de los éxitos ajenos, pues pone en evidencia que la envidia no mueve sus fibras interiores. La envidia mata, entristece al que la padece y divide. San Pablo da muestras en distintas ocasiones de transmitir y contagiar alegría, a pesar de las propias cargas y penalidades personales. Esto último entra dentro del apartado de las heroicidades, con las que los santos nos dan ejemplo. San Pablo conoce muy bien la condición humana y lo dado que somos a la altivez, la vanagloria y el narcisismo –porque yo lo valgo-. San Pablo desea infundir a los suyos un realismo cristiano: sin JESUCRISTO no son nada; y por tanto por si solos no son nada, por lo que la altivez es para los insensatos. No siempre lo anterior se acepta de buen grado y conviene, por tanto, recapacitar y traer la idea a nuestra consideración.

La Ciencia Divina

DIOS tiene presupuestos que no asumimos con facilidad o en absoluto. Uno de ellos es el que nos transmite san Pablo como conclusión de este capítulo idóneo para el tiempo de Adviento: “no te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Cf. Rm 12,21). El Cristianismo no es un colectivismo. La igualdad sin la singularidad propia de los hijos de DIOS es una uniformidad despersonalizadora y satánica. La máxima que ofrece san Pablo recae con todo su peso en el ámbito particular. JESÚS no se dejó vencer por todo el mal que recayó sobre ÉL en su martirio y muerte en la Cruz. San Pablo, como demuestran sus cartas, no se dejó vencer por el mal que lo confinó en la prisión y lo llevó a la muerte: “he combatido bien mi combate; he corrido hasta la meta; he mantenido la Fe; y ahora me espera la corona merecida” (Cf. 2Tm 4,7-8). No sabemos todo el mal revestido de multitud de circunstancias que nos puede afectar; pero debemos estar preparados para levantar la mirada hacia el SEÑOR, que nos puede dar la fuerza necesaria y proveer de los bienes precisos en esos momentos. Al mal lo doblega JESUCRISTO que es el bien y la verdad con poder espiritual suficiente para vencer. Si el mal deja de tener la última palabra en la vida particular de los cristianos, pronto dejará de tener también la última palabra en el campo social.

La función del rey en Israel

El rey de Israel ostentaba una soberanía que procedía directamente de YAHVEH. Fue el Pueblo quien pidió a Samuel el profeta que les diera un rey como los otros pueblos (Cf. 1Sm 8,5); pero la monarquía es asumida por el SEÑOR en tiempos del rey David cuando el SEÑOR establece el firme compromiso de la pertenencia del MESÍAS al linaje de la Casa de David (Cf.  2Sm 7,1ss). A la monarquía de la tribu de Judá no sólo se le encomienda el mantenimiento de la teogracia, sino que está dispuesta como la línea genealógica que dará al MESÍAS, que superará todas las deficiencias de los reyes anteriores, y llevará al Pueblo al máximo esplendor. Cada rey de Israel es un ungido como el propio David reconocía en la persona de Saúl: “no se puede atentar contra la vida del ungido del SEÑOR” (Cf. 1Sm 24,6) Los ungidos del SEÑOR poseen su Espíritu, que en el Antiguo Testamento no tiene el rango de tercera persona de la santísima TRINIDAD, pero encierra un conjunto de cualidades extraordinarias, pues se trata del Espíritu de YAHVEH. Los ungidos del SEÑOR poseerán los dones espirituales precisos para regir al Pueblo según lo quiere el SEÑOR mismo. Los ungidos del SEÑOR no carecerán de don alguno tanto material como espiritual, a condición que se mantengan fieles al SEÑOR que los protege y encomienda a regir los destinos del Pueblo. Las deficiencias de los monarcas que estuvieron al frente del Pueblo fueron siempre incentivos para desear con más necesidad el protagonismo del MESÍAS. Así llegamos a la época de dominación amorrea, en el siglo segundo, sobre Israel, que intentaba erradicar las tradiciones religiosas del Pueblo. Fueron aquellos unos años muy duros, en los que surgió una gran resistencia por parte de unas minorías fieles a la Ley. Con estas circunstancias políticas y sociales crecieron con gran intensidad los deseos de la aparición del MESÍAS. Así para preparar su venida se entendía que era preciso volver a la práctica rigurosa de la Ley con objeto de purificar los corazones y mantenerse en vela, pues el MESÍAS debería llegar de un momento a otro. Con estos criterios llenos de buenas intenciones se movían tanto los fariseos como los esenios, que partían del tronco común de los “hasidin”. Los esenios se habían retirado de las prácticas rituales del Templo al entender que esta institución religiosa se había corrompido. Los fariseos mantuvieron su relación con el Templo pero con una cierta distancia respecto a la clase sacerdotal en manos de los saduceos. Al MESÍAS se le esperaba para restablecer la teocracia y romper así el yugo romano establecido desde el año sesenta y tres (a.C.); y también el MESÍAS debía poner orden en la marcha del Templo. El MESÍAS vendría con poder, restablecería la justicia y empezaría a reinar la paz tan ansiada para el Pueblo.

Setecientos años antes

Con algo más de setecientos años, ocho siglos, el profeta Isaías ofrece una visión de los anhelos permanentes de los devotos israelitas en todos los tiempos, incluso de los actuales. Pero no sólo de los pertenecientes al conjunto del Pueblo judío, sino de la humanidad en su conjunto. El cuadro de la visión resalta a un rey sabio y prudente, en cuyo reinado todo es paz y armonía en medio de las fuerzas contrarias: “el león y el buey comerán paja” (v.7). El carnívoro león modificará su alimentación y no tendrá que matar para subsistir. El tiempo del MESÍAS según la visión de Isaías es un retorno al Paraíso. El profeta Isaías prevé que DIOS llevará a término su Plan con los hombres: el designio que venía establecido desde el principio, pero malévolamente alterado en el intento satánico de hacerlo fracasar.

El ESPÍRITU SANTO habló por los profetas

Una cosa es la plena revelación y otra la acción permanente y continuada en este caso del ESPÍRITU SANTO. Sabemos con claridad de la TRINIDAD porque el HIJO nos lo ha revelado, lo que no impide que las tres Personas de la TRINIDAD estuvieran actuando a su modo durante toda la Historia de la Salvación. Así, pues, en el Credo rezamos que “el ESPÍRITU SANTO habló a los antiguos por medio de los profetas”. Estos versículos del capítulo once, del profeta Isaías, son un buen ejemplo. Todos los reyes estaban ungidos y revivieron en la medida oportuna los dones señalados en este texto, pero según las disposiciones personales. Los seis o siete dones del ESPÍRITU acompañaron a JESÚS de manera plena.

Los dones del ESPÍRITU

Todos los reyes de Israel debían estar poseídos por la unción del ESPÍRITU con la plenitud de dones y facultades para regir al Pueblo de YAHVEH. “Reposará sobre el MESÍAS el ESPÍRITU de YAHVEH” (v.2). Esta es la fórmula empleada para indicar que el ESPÍRITU SANTO está en JESÚS y actúa en ÉL de forma excepcional. Lo encontramos en la manifestación del bautismo en el Jordán (Cf. Mt 3,16), y en la sinagoga de Nazaret (Cf. Lc 4,18). Con buen juicio la interpretación cristiana de este texto desdobló el don de temor en el de “piedad y temor”, pues el ungido del SEÑOR no puede prescindir de la comunicación y encuentro con el SEÑOR. De esta forma tenemos los siete dones del ESPÍRITU SANTO leídos a luz del Nuevo Testamento: “sabiduría e inteligencia; consejo y fortaleza; ciencia y temor” (v.2). Estos seis o siete dones dan a entender que el rey posee la plenitud del ESPÍRITU de YAHVEH, y podrá realizar con toda competencia la misión que le está encomendada.

El rey prudente

La prudencia es la virtud que nos asiste para el buen empleo de las propias facultades. En el caso del rey, la virtud de la prudencia es esencial para emitir o dictar juicios ponderados, y resolver así los conflictos inevitables dentro de la convivencia de los súbditos. “Al rey le inspirará el temor de YAHVEH y no juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres” (v.3). Constituye un común denominador de todos los profetas la advertencia realizada al poderoso para que atienda debidamente la causa de los más débiles. De la buena marcha de la justicia dependerá la paz en el reino. La injusticia genera odios, resentimientos y rivalidades, porque se aboca al Pueblo a la ley de la venganza, que en realidad carece de una verdadera naturaleza de ley. Si la justicia del rey no se realiza, la convivencia vuelve al caos social y a la perversión del individuo. Gran responsabilidad la del rey, que en todo momento tiene que actuar con equidad.

Modelo de rey

El profeta ofrece el modelo de rey: “juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres; herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el ceñidor de sus flancos” (v.4-6). Isaías se dispone en este relato en el camino que conduce al REY de reyes, JESUCRISTO, que es presentado por el vidente Juan: “Gracia y paz de parte de JESUCRISTO el testigo fiel, el primero entre los reyes de la tierra, que nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados; y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para nuestro DIOS y PADRE” (Cf. Ap 1,5-7). También el Rey de reyes tiene que realizar su Justicia para traer la paz a la tierra; más aún, es la Justicia del Rey de reyes la única que puede dar la paz a los hombres. Desdeñar o arrinconar la soberanía del REY de reyes supone la arbitrariedad de todos los que deciden sus normas y leyes propias sin contar con el dictado de la prudencia y los dones propios del ESPÍRITU SANTO.

Un niño pequeño los conducirá

El buen gobierno del REY prudente permitirá que el niño se mueva con libertad entre las fieras más agresivas, que habrán cambiado su comportamiento gracias a las bendiciones venidas sobre la tierra por al buen hacer del REY conforme a la Voluntad de DIOS. “Todo el Monte Santo estará lleno de la Ciencia del SEÑOR como cubren las aguas el mar” (v.9). La barbarie y la violencia no están en el Plan inicial de DIOS, que intenta restaurar el orden inicial en cuanto tiene oportunidad. Como en el primer relato de la Creación, los animales salvajes dejan de comer carne para volverse herbívoros (Cf. Gen 1,29-31). El mandato inicial indicaba una alimentación para todo animal incluido el hombre. Después del pecado las cosas cambiaron y al hombre se le dio licencia para proveerse de la carne animal destinada a su alimentación (Cf. Gen 9,1-3). Si los cristianos tuviésemos alguna duda, recordamos la visión de san Pedro en casa de Simón el curtidor, en Joppe. Allí el apóstol contempla un mantel lleno de cuadrúpedos y se le ordena que “mate y coma” (Cf. Hch 10,12-13), a lo que san Pedro se niega en principio, pues “nada impuro ha entrado nunca en su boca”, pero la voz le dice: “no llames impuro, a lo que YO hice puro” (Cf. Hch 10,15). El hombre conocido, o sea nosotros, es omnívoro: necesitamos para nuestro buen funcionamiento biológico de las proteínas animales, de las verduras y hortalizas, de las frutas en una gran diversidad. A lo largo de muchos siglos tenemos un organismo adaptado a una alimentación muy diversificada que no se puede reducir a un régimen vegetal extremo. De modo similar tenemos que señalar las diferencias del aparato digestivo del león y del buey, que al primero le sería imposible una alimentación a base de hierba, pues no es rumiante como el buey. Por tanto, debemos quedarnos con el carácter simbólico de este pasaje de Isaías en el que fundamentalmente se pretende significar el estado pacífico de la Creación cuando la acción del monarca se realiza según DIOS.

Juan el Bautista

Juan dice de sí mismo que no es el MESÍAS (Cf. Jn 1,20); y se identifica con las palabras del profeta Isaías: “yo soy la voz que clama, en el desierto preparad un camino al SEÑOR” (Cf. Jn 1,23). JESÚS en su momento habla de Juan y dice a los que lo oyen: “¿qué habéis ido a ver en el desierto, una caña cascada por el viento, alguien vestido con molicie? ¿habéis ido a ver un profeta? Sí, y YO os digo, más que profeta; pues Juan es el hombre más grande nacido de mujer, pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él”  (Cf. Mt 11,7-11). Los seguidores de Juan el Bautista no se disolvieron cuando JESÚS dio inicio a su ministerio público como lo atestiguan los evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Un grupo de discípulos se dirige a JESÚS preguntándole si ÉL era el MESÍAS o tenían que esperar a otro (Cf. Lc 7,18-19); y en el libro de los Hechos, san Pablo encuentra en Éfeso a un grupo de discípulos del Bautista, que no habían recibido el ESPÍRITU SANTO, y no sabían tan siquiera de ese ESPÍRITU SANTO, hasta que les impusieron las manos (Cf. Hch 19,2-7). Lo anterior da una idea de la gran personalidad espiritual de Juan el Bautista santificado en el seno de su madre antes de nacer (Cf. Lc 1,41). Juan el Bautista viene primero para anunciar que el MESÍAS está a punto de manifestarse, y para reconocerlo es necesario tener un corazón vuelto hacia DIOS o convertido.

Juan Bautista era un asceta

Juan entendió su vida como penitente y asceta alejado de cualquier religiosidad vacía de contenido. Como siempre el vestido empleado habla de la persona que lo lleva. Juan viste pieles de camello con un cinturón para ceñirse. El camello es un animal considerado impuro, pero al Bautista le importa poco ese extremo, y resalta con este atuendo la aspereza de su vida en el desierto: la piel de camello no era agradable de llevar. Y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Ambas fuentes de alimentación eran a su vez impuras. Los saltamontes y las plagas de los mismos eran frecuentes; la miel silvestre no se libraba de otros insectos que acudían a ella en busca de alimento, quedando presa de la miel que intentaban comer. Estas cuestiones secundarias hablaban de la personalidad espiritual de Juan, y pronto se vio rodeado de discípulos que deseaban conocer el trasfondo de su predicación y ministerio. Por el evangelio de san Juan sabemos, que el Bautista no adopta ese estilo de vida por su propia decisión, sino que es enviado: “el que me mandó a bautizar, me dijo…” (Cf. Jn 1,33).

Confesión de los pecados

“Acudía a él todas las gentes de Judea, de Jerusalén y de la región del Jordán, y eran bautizados por Juan confesando sus pecados (v. 5-6). La confesión de los pecados tiene un efecto pacificador o liberador en gran medida; por eso las gentes acuden a Juan que refuerza aquella confesión con el rito del agua bautismal, que simboliza la limpieza y la purificación espiritual. Juan escuchaba a los arrepentidos, pero el perdón no le tocaba a él concederlo, y supo muy bien en todo momento no traspasar esta línea. El perdón de los pecados pertenecía al MESÍAS, y él no era el MESÍAS. Sin embargo, el Pueblo comenzaba a intuir que algo grande y distinto estaba comenzando, y el texto señala que acudían a él de las regiones próximas en cantidad importante. Aquello empezaba a preocupar a los dirigentes religiosos, que lo veían con nerviosismo: ¿sería capaz el Bautista de desviar la práctica religiosa del Templo con su sistema de sacrificios rituales, por concentraciones religiosas en el desierto? Los fariseos y saduceos como autoridades del Templo tenían que enterarse bien de  todo ello.

Juan se enfrenta a los fariseos y saduceos

“Viendo Juan venir a muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo:  raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, frutos de conversión; y no creáis que basta decir en vuestro interior: tenemos por padre a Abraham, porque yo os digo que DIOS puede hacer de estas piedras hijos de Abraham” (v.7-8). Juan increpa a los fariseos y saduceos con gran dureza. Es lícita y lógica la indignación del profeta ante personas que se ejercitan en la hipocresía más refinada. La sensibilidad espiritual de Juan Bautista veía a pocos centímetros la hipocresía de aquellos y lo llevaba muy mal; y el Bautista reclama para ellos también la conversión: dad frutos de conversión.  San Mateo en el capítulo veintitrés recoge los “ayes” de JESÚS contra los mismos fariseos con un tono similar al de Juan el Bautista. No basta decir: “somos hijos de Abraham”; o en nuestro caso, no basta decir fuimos un día bautizados y somos cristianos. También a nosotros se nos piden frutos de conversión, que consisten en practicar las obras de misericordia con el prójimo.

Distinción de ritos

“Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias, ÉL os bautizará con ESPÍRITU SANTO y fuego” (v.10-11). Juan Bautista no comete error alguno en la distinción realizada, que es de una importancia capital. Es el fuego del ESPÍRITU SANTO el que ejecuta la transformación del verdadero bautismo; y lo que Juan hace en el Jordán es un pálido reflejo de la profunda acción espiritual llevada a cabo por el ESPÍRITU SANTO. Esta distinción básica y radical cuesta trabajo hacerla entender a los devotos que hoy leen este pasaje de la Escritura. Nuestra religión conserva el agua como elemento material del Sacramento del Bautismo, pero lo que hace eficaz al agua es la acción inseparable del ESPÍRITU SANTO en el momento de sumergir o derramar el agua sobre la cabeza del fiel.

El Día del SEÑOR

“En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era; recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (v.12). Los golpes del bieldo separan el trigo de la paja, que servirá de pasto a las llamas y el trigo lo almacenará en los graneros preparados que sugieren las moradas eternas en las que habitarán los justos. Es un Día de Juicio, en el que unos entrarán en la Salvación definitiva y otros acabarán en ruina eterna. En línea profética con Joel, Sofonías o Zacarías, Juan Bautista concebía la llegada del MESÍAS asociada de forma íntima al Día del SEÑOR. A la visión de Juan Bautista le faltaba la perspectiva del tiempo y de la Historia de la Salvación, aunque el fondo de la profecía sea rigurosamente cierto: estamos en un periodo de Juicio, el SEÑOR se está manifestando y el momento final del Juicio lo afirmamos con la misma rotundidad que al comienzo del Cristianismo.

San Pablo, carta a los Romanos 15,4-9

En sus escritos, san Pablo se dirige a los gentiles sin descuidar a los judíos. Antes de  aparecer como Pablo el Apóstol de las gentes era Saulo de Tarso, judío de nacimiento perteneciente a la tribu de  Benjamín; discípulo de Gamaliel y celoso observante de la Ley; y como consecuencia de lo anterior Saulo se distinguió por la saña con la que persiguió a los cristianos, hasta que el SEÑOR se le manifestó en el camino de Damasco (Cf. Hch 9,3-6; Gal 1,15-16). San Pablo recibe la revelación y se le otorga la Fe de forma absolutamente gratuita, y en nada fue algo proveniente del cumplimiento de la Ley. Una vez convertido a JESUCRISTO, san Pablo estaba en condiciones de dirigirse tanto a los hermanos judíos como a los gentiles. La carta a los Romanos es la exposición doctrinal de la Salvación por la Fe en JESUCRISTO, y la prescripción de la Ley con sus obras, pues ninguna de ellas posee eficacia salvadora. Los gentiles estamos de enhorabuena, porque el tiempo en el que DIOS abre las puertas de la Salvación a todos los hombres ha llegado. La circuncisión y el Templo con todo su sistema ritual y de sacrificios, ha quedado sin eficacia alguna frente a la verdadera acción del ESPÍRITU SANTO que viene a los hombres por medio de JESUCRISTO. En la carta a los Romanos, san Pablo trata de llevar a los judíos de la sinagoga a la revelación de los últimos tiempos, y ante la resistencia tenaz prevé para el futuro la unión de los dos pueblos: el pueblo judío de las promesas y los gentiles. Ambos pueblos en este momento miramos hacia el futuro: los cristianos gentiles esperamos al MESÍAS en su Segunda Venida, y los judíos permanecen a la espera, también, del MESÍAS, que instaure el Reino en este mundo.

La Escritura

“Todo cuanto fue escrito en el pasado fue escrito para enseñanza nuestra, para que con el consuelo y la paciencia que dan las Escrituras mantengamos la Esperanza” (v.4). El punto de encuentro que san Pablo buscaba para evangelizar a los judíos era la Escritura, leída por supuesto a la luz de la Resurrección del SEÑOR. Con ello pretendía derribar el muro que separaba a los judíos de los gentiles, pero no siempre fue posible. El Adviento de los dos pueblos, el judío y el gentil, tiene actualidad y continúan los estudios conjuntos por parte de judíos y cristianos de los escritos sagrados de la antigüedad. Para nosotros, en este momento, la afirmación del Apóstol con respecto a las Escrituras señala un pilar sobre el que descansa el edificio mismo de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. La Escritura nos enseña, fortalece y consuela el alma, dando un nuevo contenido a la Esperanza. Sabemos algo sobre DIOS gracias a que su revelación se fijó en las Escrituras. Al leer la Palabra nuestra alma reconoce la verdad encerrada y las promesas en ella contenidas. Las Escrituras nos recuerdan la fugacidad de la vida humana y el deseo de DIOS de llevarnos para siempre a su Bienaventuranza Eterna. Las Escrituras traen del pasado lo que DIOS ha hecho por los hombres y anuncian lo que está dispuesto a realizar a favor de todos y cada uno de sus hijos.

La comunidad

“El DIOS de la ciencia y del consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos según CRISTO JESÚS” (v.5) DIOS tiene que manifestarse en medio de la comunidad cristiana, que debe reflejar los mismos sentimientos que tuvo CRISTO JESÚS. San Pablo no deja textos sobre discursos o milagros de JESÚS, pero da por hecho que la presencia del ESPÍRITU SANTO en la comunidad cristiana infunde en todos y cada uno “los mismo sentimientos y pensamientos de CRISTO”, aunque, por otra parte, recoja de forma sintética listados de virtudes y cualidades que el cristiano debe cultivar coincidentes con el ideal narrado en el Sermón de la Montaña (Cf. Mt 5,6 y 7). DIOS tiene paciencia con los hombres, sabe de que barro estamos hechos y los ritmos a los que somos capaces de avanzar en la vida cristiana. Aún siendo tierra buena, unos dan el treinta, otros sesenta y otros el ciento por uno (Cf. Mc 4,20).

Comunidad de alabanza

“Unidos en los mismos sentimientos, para que unánimes, a una sola voz, glorifiquéis a DIOS y PADRE de nuestro SEÑOR JESUCRISTO” (v.6). La fórmula recogida en este versículo es común en todas las cartas de san Pablo y revelan la base teológica en la que dispone la evangelización y su propia Fe. DIOS es el PADRE de nuestro SEÑOR JESUCRISTO, al que no cabe otra cosa que glorificar con nuestras obras y palabras. En una línea tenemos la distinción básica de nuestra religión con respecto a todas las demás. Nosotros los cristianos decimos que el único y verdadero DIOS es el PADRE de JESUCRISTO que es el SEÑOR. Decimos, pues, que JESUCRISTO es DIOS, y es también objeto de nuestra alabanza y glorificación.

La Comunión de los Santos

“Acogeos mutuamente como os acogió CRISTO para Gloria de DIOS” (v.7). Rezamos en el Credo, que “creo en la Comunión de los Santos”, pues vivimos la Fe en la Iglesia que peregrina y está siendo permanentemente salvada por el SEÑOR. Los Bienaventurados son los totalmente santificados, que miran y acompañan a los que vamos avanzando en la santificación al construir, no sin dificultades, la fraternidad cristiana entre todos los hermanos de la Iglesia. JESUCRISTO nos acogió en su Misericordia, para que también nosotros la vivamos con nuestro prójimo.

Cumplimiento de las promesas

“Afirmo que CRISTO se puso al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de DIOS para dar cumplimiento a las promesas hechas a los patriarcas; y para que los gentiles glorificasen a DIOS por su Misericordia como dice la Escritura: por eso te bendeciré entre los gentiles y ensalzaré tu Nombre” (v.8-9). JESÚS en su ministerio público desplegó todos los recursos dispuestos por el PADRE para dejar en evidencia que ÉL era el ENVIADO de DIOS; y de esta forma se puso al servicio de los circuncisos, aludiendo a los judíos. Una parte importante no quiso escuchar sus palabras, ni tener en cuenta sus milagros, signos y prodigios. Todos los signos realizados por JESÚS fueron mesiánicos, aunque durante su ministerio público algunos retaron a JESÚS para que realizase un signo mesiánico. Nicodemo lo expresó muy bien: “nadie puede hacer los signos que TÚ haces, si DIOS no está con él” (Cf. Jn 3,2). Muchos no quisieron ver, lo que a través de JESÚS se podía ver, y permanecieron en su ceguera. A través de la predicación de los Apóstoles el PADRE es glorificado entre los gentiles en el Nombre de JESUCRISTO el SEÑOR.

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