¿Has sentido alguna vez que algo te pertenece tanto que ya no recuerdas quién te lo confió? Puede pasar con la vida, con la familia, con los dones que tienes o incluso con la fe. Sin darte cuenta, puedes empezar a vivir como dueño y olvidar que todo es un regalo de Dios.
Jesús cuenta la historia de un propietario que plantó una viña y la confió a unos viñadores. Cuando envía a sus servidores para recoger los frutos, los maltrataron y los mataron. Al final mandó a su propio hijo pensando que lo respetarían, pero también a él lo echaron fuera y lo mataron.
Jesús habla de sí mismo. La viña es el pueblo judío, los servidores son los profetas que fueron rechazados. El hijo del propietario es Jesús mismo, rechazado y condenado a morir; sin embargo, la piedra que desecharon los constructores se convertirá en la piedra fundamental.
La muerte no tuvo sobre él la última palabra. La viña es todo lo que en la vida Dios ha puesto en tus manos. No la recibiste para guardarla con egoísmo, sino para cuidarla y hacerla fecunda. Tu fe debe dar fruto en la manera de tratar a tu familia, tus bienes, en la generosidad, tu tiempo, en el servicio, tus palabras, en el consuelo y la verdad.
A veces puedes conservar las apariencias y, sin embargo, negar a Dios los frutos que espera. Puedes rezar, venir a misa y hablar de amor, pero guardas rencor, eres indiferente ante quien necesita ayuda o te niegas a pedir perdón. Jesús no te pregunta cuántas cosas tienes ni cuánto aparentas.
Te pregunta qué fruto estás dando en tu vida. Dios a lo largo de tu vida ha tenido paciencia contigo. Te ha hablado de muchas maneras, quizá por medio de una persona que te corrigió, de alguien que te pidió ayuda o de una inquietud que no has querido escuchar.
Todavía te llama, no para humillarte ni para amenazarte, sino para que vuelvas a Él y tu vida dé fruto, el fruto que Él espera. No dejes fuera al Hijo, es decir, a Jesús, recíbelo en aquello que te cuesta cambiar. Si algo se ha endurecido en ti, pídele que te ayude a cambiar y le puedas entregar el fruto que espera de ti.
Esta semana busca un fruto concreto, reconcíliate con alguien o ayuda a una persona sin esperar nada a cambio y cada día pregúntate, Señor, ¿qué esperas hoy de mí?
“Jesús, dueño de la viña y piedra angular de mi vida, no permitas que me encierre en lo mío, que me vuelva egoísta, enséñame a recibir tus dones con gratitud, a darte gracia siempre de todo lo que tú me has dado y a ofrecerte frutos de amor”.
¡Feliz domingo, Dios te bendiga!

