Una de las polémicas que siempre me han parecido más extrañas es la de si la Eucaristía es un banquete o un sacrificio. Aparentemente, a algunos lo primero les parece una modernez y a otros lo segundo ni siquiera les suena ya.
Lo cierto es que, a cualquier antiguo israelita, y también a cualquier pagano de la época, le habría costado sobremanera entender siquiera donde estaba el problema. En cierto modo es como si les hubieran preguntado si el fuego quemaba o alumbraba.
La práctica casi universal de los sacrificios, ya fuera a Dios entre los israelitas o a los ídolos entre los paganos, era que lo sacrificado posteriormente se consumía. No hacía falta ni decirlo. Al sacrificio seguía una comida, un banquete, en el que se comían los animales sacrificados, igual que después de una boda hay un banquete. Ya se sabe.
En la misma Escritura aparecen multitud de referencias a esta práctica. Generalmente, los sacrificios del Antiguo Testamento se “repartían” de diversas maneras entre Dios, los sacerdotes y los fieles oferentes y, por ejemplo en el Levítico, hay multitud de normas sobre la forma en que se organizaba todo eso en concreto. También era habitual que los paganos comieran los animales sacrificados a los ídolos, como se indica varias veces en el Nuevo Testamento, en el que la cuestión de si debía o podía comerse la carne sacrificada a los ídolos aparece varias veces.
Es decir, “banquete” y “sacrificio” no son en ningún sentido opuestos, sino que, más bien y según la concepción antigua del sacrificio, una cosa requiere la otra. La Misa es un banquete porque es un sacrificio y, al ser un sacrificio, conlleva necesariamente un banquete. No digo “necesariamente” a la ligera: la comunión como mínimo del sacerdote celebrante es una parte obligatoria de la Misa. No existen las Eucaristías sin comunión, aunque, por supuesto y como sabemos, eso no significa que todos los fieles tengan que comulgar.
También por supuesto, todo esto no significa que sacrificio y banquete sean igualmente importantes. Lo esencial es el sacrificio, del cual deriva el banquete. Ambas cosas están unidas, pero no como dos bueyes que tiran del mismo carro, sino como el arroyo que fluye de un manantial: porque Cristo se sacrifica por nosotros, nosotros podemos unirnos a ese sacrificio y recibir sus frutos, no a la inversa.
En cualquier caso, quedémonos con que la Iglesia enseña que “la misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor” (Catecismo de la Iglesia Católica 1382). No es una idea moderna, sino lo más tradicional que hay, como podría atestiguar cualquier contemporáneo de Cristo.

Por BRUNO MORENO RAMOS.
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