La lección de Afganistán: el ‘intervencionismo humanitario’ extranjero y las bombas…no construyen naciones.

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Cada vez que alguien, en redes sociales o en la prensa, exponga realidades lacrimógenas al otro lado del mundo, en países lejanos cuya historia, circunstancias y cultura conocemos mal o nada en absoluto, junto a peticiones de “hacer algo”; cada vez que se monte una campaña mediática azuzando para intervenir militarmente en alguna zona remota del planeta, deberíamos poner a los activistas en cuestión ante la foto del aeropuerto de Kabul, la escena caótica de los que tratan de escapar de lo que empezó, supuestamente, con las mejores intenciones.

Han sido más de dos décadas de ocupación, de ‘nation-building’, como se le bautizó con optimismo suicida, de más de cien mil muertos, de dos billones (de los nuestros, millones de millones) de dólares tirados a la basura o, mejor, regalados al nuevo régimen talibán. Hace solo unos meses todavía se podían leer noticias como la inauguración del primer curso de Ciencias de Género en Afganistán, o verse la bandera arcoiris ondeando sobre una base en el país, como indicio de un gran logro.

Hoy, los nuevos dueños de Afganistán no solo son más fuertes que antes de la invasión americana -que se encargó, entre otras cosas, de eliminar a todos los otros grupos rebeldes del país, enemigos acérrimos de los talibán-, sino que pueden beneficiarse, a medida que las tropas del gobierno se incorporan a las suyas, del entrenamiento recibido de los soldados estadounidenses y, sobre todo, de su armamento. Todo un éxito.

Pero algo podría sacarse bueno de todo esto si aprendemos la lección. Y la primera lección es que una nación no se construye a base de bombas, ni imponiéndoles modelos que no son los suyos; algunos, que ni siquiera eran los nuestros hace solo unas décadas y que son para la población dominada una indignante abominación.

No hay invasiones bonitas. Es ridículo pensar que estamos legitimados, por no sé qué superioridad moral intrínsica, para solucionar todos los problemas del planeta invadiendo o bombardeando países. El ejército más disciplinado y bienintencionado actúa matando, no hay otra forma; y cuando es tratado como lo que es, un invasor extranjero, es más que frecuente que la moral se esfume y proliferen los abusos, las violaciones, las extorsiones y la corrupción. Es la naturaleza humana.

Tras el rezo del Ángelus, Su Santidad nos ha pedido que recemos con él “para que cese el ruido de las armas y se encuentren soluciones en la mesa del diálogo”. Y es, ciertamente, algo por lo que vale la pena rezar. Pero también, inevitablemente, nos lleva a reflexionar sobre los límites y la verdadera naturaleza del diálogo, ese ‘curalotodo’ que tan a menudo invoca el Santo Padre sin especificar exactamente cuál es su mecanismo, en qué consiste su magia.

¿Qué puede dialogarse con los talibán? Naturalmente, habrá diálogo, ya lo ha habido y seguirán negociando. Pero cada parte tiene su palo y su zanahoria, algo con lo que amenazar y algo con lo que seducir. Así funciona, y el resultado no suele ser lo que una persona normal llamaría “satisfactorio”.

Lo mismo que he afirmado de las ‘intervenciones humanitarias’ o, al menos, bienintencionadas, puede aplicarse a las admoniciones a los gobiernos para que hagan esto o lo otro, para que apliquen una más justa distribución de la riqueza o que acojan a un mayor número de inmigrantes. No es que se deban, necesariamente, olvidar estos nobles objetivos, pero debe hacerse recordando siempre, en todo momento, que lo que se decida se impondrá por la fuerza. El Estado no tiene otra forma de hacer las cosas.

Recordar que no es lo mismo aconsejar a un individuo que haga algo bueno que recomendárselo a un gobierno, porque en el primer caso la persona podrá actuar en libertad, mientras que el gobierno solo puede actuar obligando a otros. El gobierno es ‘solidario’ quitándole a otros el dinero, y es ‘valiente’ mandando a otros al combate y a una muerte probable.

 

Por Carlos Esteban.

Infovaticana.

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