En su carta al seminario de Trujillo, León XIV pinta una visión idílica de la formación sacerdotal; una que se asemeja más a un folleto de retiros jesuitas que a un manual para soldados de Cristo. Habla de «rectificación interior», «libertad de ambición» y «obediencia transparente». Hermosas palabras, si no estuvieran imbricadas en un sistema donde el primer acto de obediencia es al Concilio que destruyó la obediencia misma.
El seminarista que describe Leo no es San Juan Vianney, forjado por la penitencia y el fuego, sino un joven moderno y sensible que ‘aprende’ el discernimiento y el diálogo. Atrás dejaron el lenguaje del sacrificio, la jerarquía y la gracia como poder. La rectitud de intención que elogia es psicológica, no moral; una suerte de autenticidad vocacional divorciada de la verdad objetiva.
Incluso la vida intelectual, otrora la culminación de la formación en el seminario, se reduce a «el estudio como forma de amor». Suena noble hasta que uno recuerda que el currículo moderno del seminario trata a Rahner como un Padre de la Iglesia y a Tomás de Aquino como una figura histórica. El elogio de León XIII a la «fidelidad al Magisterio» suena vacío cuando ese Magisterio ahora bendice la herejía bajo la etiqueta de acompañamiento.
Este es el sacerdote moderno: serio, obediente al rito, formado para amar a todos excepto a aquellos que aún creen en lo que la Iglesia enseñó en el pasado.
Pascua sin ascensión
En su prédica a la audiencia general sobre la Resurrección, León continúa con su tema predilecto: un Cristo que salva a todos por el simple hecho de existir. Repite que «cada día es Pascua», que «ninguna realidad contingente nos satisface» y que la Resurrección es «la noticia más hermosa y sobrecogedora de la historia». Sin embargo, el resultado no es el júbilo por la victoria sobre el pecado, sino un consuelo existencial para las angustias del hombre moderno.
Cuando la Cruz se convierte simplemente en «Camino de Luz», deja de ser rescate y se transforma en emoción. El Cristo de León no vence; acompaña. La Resurrección ya no vindica la verdad; relativiza la tragedia. Se nos dice que la «proclamación pascual» es «cuidado y sanación», no arrepentimiento y conversión.
El mensaje es puro Teilhard: Cristo como proceso, no como Persona; la salvación como optimismo cósmico, no como justicia divina. Si «todos los días son Pascua», entonces ningún día requiere Viernes Santo.
La sinodalidad como ecumenismo, el ecumenismo como sinodalidad
El discurso de León XIII ante el comité ecuménico europeo ofrece la síntesis más explícita de su teología: “En la Iglesia católica, el camino sinodal es ecuménico, así como el camino ecuménico es sinodal”. Con esa sola frase, las fronteras de la Iglesia se disuelven por completo.
Elogia la revisión de la Carta Ecuménica como una «visión compartida sobre los desafíos contemporáneos», calificándola de «esfuerzo sinodal de caminar juntos». En este contexto, el Concilio de Nicea no es un modelo de claridad dogmática, sino un marco para «encontrarse y orar con los líderes de las Iglesias» para celebrar a «Jesucristo como nuestra esperanza». ¿Esperanza en qué? No en la conversión, sino en la coexistencia.
La verdadera confesión nicena, consubstantialem Patri, ha sido sustituida por un minimalismo ecuménico. La nueva “ortodoxia” es simplemente “diálogo”. Y el diálogo, por definición, nunca termina.
Una nueva eclesiología en miniatura
Incluso la carta, aparentemente rutinaria, que confirma la elección del arzobispo mayor greco-católico rumano, lleva la misma esencia. León reza para que «promueva la comunión y la misión» y «prospere recordando a los muchos mártires». Sin embargo, los mártires a quienes invoca murieron antes que someterse al cisma. Hoy, a sus sucesores se les insta a honrar la unidad con esos mismos cismáticos en nombre de la fraternidad.
Toda la estructura de la autoridad posconciliar existe ahora para afirmar su propia inclusividad. Cada confirmación episcopal, cada comité sinodal, cada apretón de manos intereclesial; cada uno es un sacramento de la nueva eclesiología, donde la verdad se reduce a la experiencia de la comunión.
Las Hermanas del Espíritu de 1968
Finalmente, el discurso de León XIII a las Religiosas de Jesús y María y a las Hermanas Scalabrinianas completa el panorama. En él, celebra su «valentía para buscar el rostro de Dios en nuestros hermanos y hermanas necesitados» y las invita a dejarse guiar por «Rut» y «los discípulos de Emaús» en su discernimiento. El antiguo lenguaje de clausura y contemplación ha desaparecido. Ya no son esposas de Cristo, sino trabajadoras sociales con hábito.
Leo advierte contra la «seguridad», los insta a «aventurarse por nuevos caminos» y cita la definición de santidad de Francisco como «buscar el rostro de Dios en los demás». Es la teología de la trascendencia horizontal: lo divino revelado en el prójimo, no adorado en el sagrario. Incluso la oración se funcionaliza; «las revelaciones del Capítulo se obtienen de rodillas», dice, pero la oración está al servicio del proceso, no al revés.
Es la espiritualidad perfecta para una Iglesia que ha convertido la santidad en un seminario de gestión.
Conclusión: El Evangelio según Leo
En todos estos textos, el patrón es inconfundible. El seminarista, el obispo, la monja y el ecumenista reciben el mismo mandato: escuchar, discernir, caminar juntos. La Iglesia moderna ya no predica «arrepentíos y creed»; ahora predica «reflexionad y compartid».
La teología de León XIII sobre la formación, la resurrección y la unidad gira en torno a un dogma central: que la Iglesia debe evolucionar mediante el diálogo perpetuo. Es el anticatolicismo de una reforma educada: suave en el tono, total en el efecto. La Revolución se completa cuando los fieles la confunden con fidelidad.

Por CHRIS JACKSON.
VIERNES 7 DE NOVIEMBRE DE 2025.
HIRETHINEXILE.

