La raza humana, tras rebelarse desafortunadamente contra Dios, creador y dador de dones sobrenaturales, por envidia de Lucifer, se dividió en dos bandos diferentes y hostiles:
- Uno lucha incesantemente por el triunfo de la verdad y el bien,
- Y el otro por el triunfo del mal y el error.
El primero es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo; y quien desee pertenecer a ella con sincero afecto y como corresponde a la salvación, debe servir a Dios y a su Hijo Unigénito con toda su mente y corazón.
El segundo es el reino de Satanás, y sus súbditos son aquellos que, siguiendo los ejemplos fatales de su líder y de nuestros progenitores comunes, se niegan a obedecer la ley eterna y divina, y emprenden muchas cosas sin respeto por Dios, muchas de ellas en contra de Él.
Estos dos reinos.
Agustín vio y describió con gran agudeza algo semejante a dos ciudades que con leyes opuestas van hacia fines opuestos, y rastreó el principio generador de ambas con estas breves y profundas palabras:
Dos ciudades nacieron de dos amores: la terrena del amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, la celestial del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo (De Civit. Dei, lib. XIV, c. 17)”.

P. LEÓN XIII.
De la Carta Encíclica
«Humanum Genus ”
del 20 de abril de 1884.

