La gran epopeya de los Cristeros: fe, resistencia y martirio

ACN

Cada 20 de noviembre, los católicos en México celebran la memoria de los mártires cristeros, haciendo eco de la beatificación realizada ese mismo día en 2005 por Benedicto XVI, mientras que el 21 de mayo se conmemora la canonización de veinticinco mártires por Juan Pablo II.

Estas dos fechas, que se han convertido en hitos litúrgicos, honran a quienes derramaron su sangre entre 1926 y 1929 para defender la libertad de la Iglesia.

Con el estallido de la Guerra Cristera en 1926 en México, el país se sumió en uno de los conflictos religiosos y sociales más significativos de su historia contemporánea.

Para comprender la magnitud de esta rebelión, es preciso remontarse a una larga historia de tensiones entre el Estado mexicano y la Iglesia católica.

Desde el fin del Porfiriato (la dictadura de Díaz), las corrientes anticatólicas, alimentadas por la ideología liberal y ciertos legados de la Revolución francesa, resurgieron con fuerza.

Durante la Revolución mexicana, se produjeron numerosos actos de violencia contra la Iglesia, mientras que la Constitución de 1917 estableció un marco legal sumamente restrictivo.

El clima se deterioró aún más cuando un ataque contra la imagen de la Virgen de Guadalupe en noviembre de 1920 indignó profundamente a los fieles y cristalizó el temor a un proyecto destinado a desarraigar la herencia espiritual transmitida desde la época hispánica.

Esta evolución política se ve matizada por una interpretación religiosa de la historia, compartida por muchos católicos mexicanos.

Muchos consideran la riqueza espiritual heredada de España como uno de los mayores tesoros de la nación y ven la defensa de la Iglesia como un acto de fidelidad a las raíces mismas de México. Desde esta perspectiva, algunos autores han presentado la Guerra Cristera como una de esas grandes luchas en las que el pueblo mexicano se alzó para defender su fe, con el mismo valor que los héroes bíblicos o los guerreros cristianos de la antigüedad.

El punto de inflexión decisivo se produjo en 1926 con la promulgación de la Ley Calles, que reforzó la aplicación del artículo 130 de la Constitución. Esta ley impuso estrictas normas al culto religioso, limitó el número de sacerdotes, prohibió el uso de vestimenta religiosa fuera de las iglesias y reforzó el control estatal sobre la educación religiosa.

En algunos estados, como Tabasco, las medidas se intensificaron al máximo.

Ante este endurecimiento del control, la Iglesia mexicana intentó inicialmente una resistencia pacífica.

Una petición con dos millones de firmas exigía la revisión de la ley, pero el gobierno se negó. Se organizó un boicot económico y, posteriormente, los obispos suspendieron el culto público a partir del 31 de julio de 1926.

Los fieles llenaron las iglesias para recibir los sacramentos antes de su cierre.

Cuando los agentes del gobierno llegaron para confiscar las iglesias, la indignación popular provocó enfrentamientos espontáneos.

Fue en estos actos de resistencia inmediata donde nació el espíritu cristero, un deseo de afirmar que la fe forma parte de la profunda identidad de México. Varias historias de la historia cristera ilustran este fervor.

Se cuenta, por ejemplo, que en la sierra de Colima, el general Dionisio Eduardo Ochoa galvanizó a los voluntarios recordándoles la necesidad de defender la libertad religiosa, y que una valiente mujer le aseguró que ningún hombre del pueblo faltaría a la batalla. Tales escenas, heroicas o legendarias, reflejan la dimensión espiritual que inspiró a miles de mexicanos.

La insurrección comenzó de forma desorganizada entre agosto y diciembre de 1926, con decenas de levantamientos locales.

Los cristeros solían estar mal armados y entrenados, pero su determinación compensaba la falta de recursos.

  • En 1927, el movimiento cobró impulso.
  • La encíclica Íñiquis Afligido, publicada por Pío XI, denunciaba la persecución de la Iglesia mexicana y ofrecía apoyo moral a los fieles.
  • A partir de entonces, el levantamiento se extendió por Jalisco, Michoacán, Zacatecas y muchas otras regiones.
  • Grupos de hombres, a veces acompañados por mujeres y adolescentes, se lanzaron a la batalla con el único deseo de defender los derechos de la Iglesia.
  • Algunos obispos, conscientes de que se habían agotado los medios pacíficos, reconocieron la legitimidad moral de un último acto de resistencia.

El movimiento cobró cohesión cuando el general Enrique Gorostieta asumió el mando en 1927. A pesar del armamento moderno del ejército federal, la guerrilla logró una serie de éxitos, gracias a su movilidad, conocimiento del terreno y el profundo apoyo de la población local. Las mujeres de las Brigadas Santa Juana de Arco se volvieron indispensables, proporcionando suministros, servicios de mensajería clandestina y discreción logística.

En algunas zonas, los cristeros controlaban casi todo el territorio:

  • El ejército gubernamental respondió implementando una política de reconcentración, que implicó el desplazamiento de la población rural,
  • la quema de cosechas,
  • la destrucción de aldeas y
  • la privación de todo apoyo material a los rebeldes.

Esta estrategia causó un inmenso sufrimiento y numerosas bajas civiles. El fin de la guerra se anunció en 1929. Estados Unidos facilitó la mediación y la Iglesia accedió a negociar.

Los acuerdos del 21 de junio de 1929
permitieron
la reanudación del culto público,
pero no consultaron
a los cristeros,
lo que provocó un profundo resentimiento
entre los católicos.
Varios líderes insurgentes
fueron asesinados
tras los acuerdos.

Tras la guerra, se instauró un frágil modus vivendi , pero la memoria de los mártires se erigió como el legado más perdurable del conflicto. Muchos sacerdotes y laicos, algunos muy jóvenes, fueron asesinados por seguir practicando su fe. Sus historias se convirtieron en símbolos de fidelidad cristiana, y algunas fueron reconocidas oficialmente por la Iglesia.

Los mártires de la Guerra Cristera se dividen en dos grupos principales reconocidos por la Iglesia Católica.

El primero, canonizado el 21 de mayo de 2000 por Juan Pablo II, está compuesto por veintidós sacerdotes y tres laicos. Ellos son:

Cristóbal Magallanes Jara, Román Adame Rosales, Rodrigo Aguilar Alemán, Julio Álvarez Mendoza, Luis Batis Sáinz, Agustín Cortés Caloca, Mateo Correa Magallanes, Atilano Cruz Alvarado, Miguel de la Mora, Pedro Ramírez Esqueda, Margarito Flores García, José Isabel Flores Varela, David Galván Bermuda, Salvador Lara Puente, Pierre de Jésus Maldonado, Jesús Méndez Montoya, Manuel Morales, Justino Orona Madrigal, Sabas Reyes Salazar, José María Robles Hurtado, David Roldán Lara, Toribio Romo González, Jenaro Sánchez Delgadillo, Tranquilino Ubiarco Robles y David Uribe Velasco.

El segundo grupo, beatificado el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara por el cardenal José Saraiva Martins en nombre de Benedicto XVI, está integrado por:

José Anacleto González Flores y sus compañeros José Dionisio Luis Padilla Gómez, Jorge Ramón Vargas González, Ramón Vicente Vargas González, José Luciano Ezequiel Huerta Gutiérrez, J. Salvador Huerta Gutiérrez, Miguel Gómez Loza, Luis Magaña Servín, José Sánchez del Río, José Trinidad Rangel, Andrés Solá Molist, Leonardo Pérez y Darío Acosta Zurita.

Estos mártires, cuyas festividades se celebran el 21 de mayo y el 20 de noviembre, encarnan una fidelidad que muchos mexicanos consideran íntimamente ligada al alma espiritual de su nación. Su testimonio ha inspirado una vasta producción literaria, cinematográfica, canciones tradicionales mexicanas y una rica historiografía.

La Guerra Cristera se presenta, por lo tanto, no solo como un episodio trágico de la historia de México, sino también como un momento en que la fe y la dignidad de un pueblo se expresaron con singular fuerza.

Para quienes se reconocen en esta herencia, el espíritu cristero permanece vivo y sigue resonando en estas palabras que cruzaron las montañas y los valles del país:

¡ Viva Cristo Rey, viva Santa María de Guadalupe!

Por THIERRY BURTIN.

JUEVES 20 DE NOVIEMBRE DE 2025.

TCH.

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