La fiesta de pentecostés es una llamada concreta

¿Qué es lo que hoy tiene cerradas las puertas de tu corazón? Porque puedes seguir adelante por fuera y al mismo tiempo vivir encerrado por dentro. Hay personas que trabajan, sonríen, cumplen responsabilidades, pero en el fondo viven llenas de miedo, ansiedad, heridas o cansancio espiritual. Poco a poco perdieron la paz y se acostumbraron a sobrevivir interiormente.

Así estaban los discípulos en la tarde del Día de la Resurrección con las puertas atrancadas, llenos de miedo, sin esperanza. Y entonces sucede algo impresionante. Jesús resucitado entra en medio de ellos y les dice, la paz esté con ustedes.

No llega reclamando, llega devolviendo la paz porque Cristo sabe que un corazón dominado por el miedo termina paralizado. Incluso hoy sabemos que el miedo constante desgasta la mente, agota emocionalmente y apaga la capacidad de confiar y amar.

Por eso lo primero que hace Jesús es sanar el interior de sus discípulos. Y enseguida realiza un gesto muy significativo. Sopla sobre ellos y les dice, reciban el Espíritu Santo.

Aquí está el centro de la fiesta que celebramos hoy, la fiesta de Pentecostés. El Espíritu Santo no es una energía, no es un símbolo, no es solamente una emoción religiosa que se siente por momentos. El Espíritu Santo es Dios mismo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

El credo que recitamos todos los domingos en misa dice de Él que es Señor y Dador de Vida, que procede del Padre y del Hijo y que con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y gloria. El Espíritu Santo es el amor eterno del Padre y del Hijo que viene a habitar en el alma humana. ¿Qué grande es esto? Dios no quiere quedarse fuera de tu vida, quiere vivir dentro de ti.

Por eso el Espíritu Santo ilumina la oscuridad interior, fortalece la fe cansada, rompe las cadenas del pecado, consuele la tristeza y devuelve al corazón la capacidad de amar a Dios. La iglesia en el himno que proclama el día de hoy en la misa dice de Él que es Dulce Huespe del Alma. Descanso en el trabajo, consuelo en el llanto, luz que penetra las almas.

Y sin embargo, siendo tan grande, muchas veces sigue siendo el gran desconocido. Hablas mucho con tus preocupaciones, hablas mucho con tus miedos, hablas mucho contigo mismo, pero quizás hace mucho que no hablas con el Espíritu Santo, y tal vez por eso tu fe se ha ido enfriando, porque sin el Espíritu Santo la oración se vuelve rutina, el alma pierde fuerza y el corazón termina vacío. La fiesta de Pentecostés es para ti una llamada concreta.

Deja de vivir encerrado, deja de alimentar solamente tus angustias, deja de conformarte con una fe superficial, invoca al Espíritu Santo todos los días, háblale, pídele luz, pídele fortaleza, pídele que vuelva a encender en ti el amor de Dios.

Y esta semana, haz algo muy concreto. Cada mañana, antes de comenzar tus actividades, di lentamente, ven Espíritu Santo, llena mi corazón del amor de Dios, y busca unos minutos de silencio para escuchar a Dios y abrirle el corazón.

Porque cuando el Espíritu Santo entra verdaderamente en una persona, la oscuridad comienza a retroceder, la paz vuelve al alma y la vida deja de ser solamente cansancio para convertirse nuevamente en camino hacia Dios.

Ven, oh Espíritu Santo, entra en mi corazón, rompe mis miedos, enciende mi fe, y no permitas nunca que me aparte del amor de Dios.

¡Feliz Domingo de Pentecostés! ¡Dios te bendiga!

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