La Fe no negocia con el miedo: la Eucaristía se enfrentó al océano y evitó un desastre en Colombia

ACN

En el corazón del Pacífico colombiano, una ciudad conserva el recuerdo de un terremoto, un tsunami pronosticado como devastador y un acto sacerdotal que se convirtió en un hito.

Más de un siglo después, este acontecimiento sigue alimentando la fe de un pueblo para quien la Eucaristía sigue siendo refugio y fuente de esperanza ante las fuerzas de la naturaleza.

La diócesis colombiana de Tumaco celebróel 120 aniversario de un acontecimiento que ocupa un lugar central en la memoria religiosa local: el milagro eucarístico de Tumaco, ocurrido en 1906 y que desde entonces se ha transmitido como signo de la protección divina otorgada a esta ciudad de la costa del Pacífico.

  • El 31 de enero de 1906, un violento terremoto azotó una vasta región del Pacífico, afectando especialmente a Colombia y Ecuador.
  • En Tumaco, el sismo desencadenó un fenómeno particularmente temido por las poblaciones costeras: la repentina retirada de las aguas, presagio de la inminente llegada de un tsunami.
  • Rápidamente, el temor a una ola destructora se extendió entre los habitantes, conscientes de que la ciudad podría quedar completamente sumergida.
  • En este clima de extrema ansiedad, gran parte de la población se reunió en la iglesia para orar, mientras el mar continuaba bajando de forma alarmante.
  • Según relatos conservados por la tradición local y eclesiástica, dos sacerdotes, el padre Gerardo y el padre Julián, tomaron entonces una decisión extraordinaria.
  • Provistos de un copón con el Santísimo Sacramento, abandonaron la iglesia y se dirigieron hacia la orilla, frente al océano amenazante.
  • Este gesto, realizado con un espíritu de fe y total entrega a Dios, fue percibido por los fieles como una súplica suprema, poniendo la ciudad bajo la protección de Cristo presente en la Eucaristía.

Aunque la ola parecía inminente, testigos informaron que perdió fuerza repentinamente, se detuvo o se dispersó antes de llegar a la ciudad. Por lo tanto, Tumaco se salvó, a diferencia de otras zonas de la costa del Pacífico que sufrieron graves daños.

Esta inexplicable detención del tsunami,
atribuida
a la exposición del Santísimo Sacramento,
se conoce como
el Milagro Eucarístico de Tumaco.

No se trata de un milagro eucarístico en el sentido estricto de una transformación visible de la Hostia, sino de un evento en el que la Eucaristía es el centro de una intervención considerada milagrosa por la fe del pueblo.

La Iglesia, prudente en su discernimiento, reconoce sobre todo su valor espiritual y pastoral, profundamente arraigado en la piedad popular local.

  • Durante la misa solemne celebrada con motivo de este aniversario, el obispo diocesano, Franklin Misael Betancourt, recordó la importancia de este evento para los fieles de hoy, declarando que conmemoramos el día en que el Padre Gerardo y el Padre Julián salieron con Jesús Eucaristía para enfrentar la terrible ola que amenazaba con destruir este territorio.
  • Las numerosas reacciones de los fieles, tanto locales como en redes sociales, a menudo reducidas a un simple pero ferviente «Amén», dan testimonio de la vitalidad de esta devoción.
  • Para los tumaqueños, el copón frente al océano sigue siendo la imagen de una fe que no se ha doblegado ante el miedo y de una ciudad que, desde hace más de un siglo, se siente bajo la protección de Dios a través del misterio de la Eucaristía.

Esta deliberada muestra de fe
ante el peligro,
evoca directamente
un episodio específico
de la historia cristiana:
la Batalla de Lepanto.

  • El 7 de octubre de 1571, mientras las flotas cristiana y otomana se enfrentaban en el Mediterráneo, el Papa Pío V ordenó procesiones públicas y el rezo solemne del Rosario en Roma.
  • La oración de la Iglesia se hizo así pública, justo cuando se decidía el resultado de una batalla considerada decisiva para la cristiandad, con la convicción de que la victoria solo podía venir de Dios. En ambos casos, la muestra no es teatral ni supersticiosa.
  • Es un acto de confesión pública, casi litúrgica, mediante el cual la Iglesia expone lo que más aprecia: Cristo verdaderamente presente en la Eucaristía en Tumaco y la oración eclesial unánime en Lepanto, ante lo que amenaza con abrumarla.

Esta ostentación
se convierte así en un lenguaje:
el de una fe que no se esconde,
que no negocia con el miedo
y que acepta hacerse visible,
precisamente,
en el momento en que todo parece perdido.

Tumaco y Lepanto se unen así en esta audacia espiritual, mostrando a Dios en el corazón del peligro, no para constreñirlo, sino para proclamar que, incluso cuando la historia parece escapar al hombre, permanece en manos de Dios.

Por QUENTIN FINELLI.

SÁBADO 7 DE FEBRERO DE 2026.

TCH.

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